santamente. Más querida que mi propia alma para mí, la tendréis como a vuestra vida, Frente a la astucia de la supuesta amistad y la fuerza de la abierta discordia”. “La guardaremos”, gritaron con firmeza; y con tan solo otra mirada Al anhelo y la desesperación en el rostro de su joven esposa, El valiente Beaufort pasó ante ellos por el pasillo y atravesó la puerta, Y una sombra vino a posarse donde antes resplandecía la luz del sol. Ocho largos meses esperó la esposa joven, atisbando desde su cámara nupcial El regreso de su esposo por la penumbra del valle boscoso. Ocho largos meses los hijos de Germain recorrieron los terraplenes y la muralla, Con las manos en sus alabardas listos para el llamado de combate. Entonces llegó un sonido de trompetas resonando valle abajo, Y una docena de estandartes flotantes iluminaron el bosque con su fulgor, Y la novia se alzó como la aurora cuando siente cercana la luz del sol, Y su sonrisa fue como un arco iris centelleando en un cielo neblinoso. Mas el mayor de los hijos de Germain, alzando la voz desde la muralla, Gritó: “¡Es la llamada de un desconocido y no la de Sir Beaufort! ¿No tenéis acaso ningún pretendiente desdeñado o pariente con un corazón Lo bastante vil para buscar su venganza en la afilada punta del dardo?”. “Está Sassard de las Montañas”, respondió ella sin doblez, “Mientras me casaba en el presbiterio, él se burlaba en el pasillo; Y mis doncellas dicen que juró allí que, a pesar de mi promesa jurada, Me verían todavía en su castillo sobre la colina de Morency”.
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XXIII. El Poema
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