«No me ha preguntado qué fue del niño», pensó Paula, con una punzada de cierta sorpresa. «Esperaba que dijera: “¿No intentaremos ir a ver al pequeño, Paula?”, aunque solo fuera para permitirme explicar que el padre de la criatura no quiso decirme dónde vivían. Pero el asunto posterior le ha sacado evidentemente al niño de la cabeza. Y en verdad es solo natural que un hombre de negocios se interese más por un hecho como el que he relatado, que por el brazo esguinzado del “hijito” de una infeliz».
Y se volvió para ayudar a Ona, que se había levantado de su lecho y ahora estaba absorta en los intríngulis de un arreglo personal desacertadamente esmerado.
—¿Esos hombres no mencionaron ningún nombre? —preguntó de pronto aquella dama, mirando con una expresión de cuidadosa ansiedad el recogido de su nuca en el pequeño espejo de mano que sostenía por encima del hombro.
—No —dijo Paula, dejando caer una rosa roja entre los rizos rubios que estaba arreglando con tanto esmero—. Dijo expresamente que no sabía el nombre de la persona a la que aludía. Fue una conversación extraña para mí, ¿no crees? —comentó, feliz de haber interesado a su prima en algo que saliera de los dominios de la moda.
—No sé... sin duda... por supuesto... —respondió la señora Sylvester con cierta incoherencia—. ¿Crees que el rojo queda tan bien con este negro como habría quedado el malva? —continuó divagando en su tono más frívolo, mientras sacaba una caja de plumas.
Paula le dedicó una pequeña mirada melancólica de decepción y se decidió por la lavanda.
—Estoy obligada a verme bien esta noche, aunque no lo vuelva a hacer en la vida —dijo Ona. Todos iban a una recepción pública en la que se esperaba la presencia de un lord extranjero.