No era, pues, quimera de un cerebro sobreexcitado esta visión de una fachada que me venía obsesionando, sino el recuerdo claro de una morada real que había visto en mi anterior viaje por esta calle.
¿Pero por qué precisamente esta fachada y no otra; qué había en ella para causar tal impresión?
Mirándolo, no pude precisarlo, pero después de que hubimos pasado, algo, no sabría decir qué, me trajo a la memoria otro recuerdo, insignificante en sí mismo, pero al fin y al cabo un eslabón de la cadena que tarde o temprano estaba destinado a sacarme del laberinto en el que me había tropezado.
Era meramente esto: que mientras cabalgaba por las calles aquella mañana memorable, buscando aquella marca en el bordillo de la acera de la que tanto esperaba, había dado con un lugar donde el pavimento había sido recién lavado.
Con ese inconsciente funcionamiento del cerebro que nos es familiar, miré un momento la acera, cubierta aún por el agua que se le había arrojado, y luego lancé una rápida ojeada a la casa.
Esa mirada, explíquesela como se quiera, abarcó la escena que tenía ante sí del mismo modo en que la cámara capta la impresión de un parecido, y aunque al instante siguiente hube olvidado todo el suceso, bastó un determinado curso de pensamiento o tal vez un cierto estado de emoción para revivirlo de nuevo.
Una noble causa para un acto de cerebración inconsciente, dirán ustedes, un pavimento recién lavado: Le jeu ne faut pas la chandelle. Y así lo pensé también yo, o lo habría pensado de no haber estado tan interesado