El final de la comida fue un alivio para todos. La señorita Belinda subió las escaleras, sacudiendo pensativamente su firme cabeza; el señor Sylvester volvió a sentarse con su periódico, y Paula avanzó hacia el delicado obsequio que aguardaba su inspección en la mesa de la biblioteca.
Pero a mitad de camino se detuvo. Una extraña timidez se había apoderado de ella. Con el señor Sylvester sentado allí, no se atrevía a acercarse a aquel delicado testimonio del cariño de otra persona. No sabía si lo deseaba. Sus ojos se deslizaron con vacilación hacia el suelo.
De pronto, el señor Sylvester habló:
—¿Por qué no miras tu bonito regalo, Paula?
Ella se estremeció, le dirigió una rápida mirada y avanzó apresuradamente hacia la mesa; pero apenas hubo llegado a ella, se detuvo, dio media vuelta y se precipitó a su lado. Él seguía leyendo, o aparentando leer, pero ella vio temblar su mano allí donde sostenía la hoja, aunque su rostro, de perfil