—Paula —exclamó ella—, Paula, ¿no conoces tu propio corazón?
—¿Quién lo hace? —replicó Paula; luego, en una súbita oleada de emoción, se arrojó una vez más al lado de su tía, diciendo—: Es para saberlo que te pido que me lleves lejos.
Y la señorita Belinda, mientras alisaba los rizos de su adorada, se vio obligada a reconocer para sus adentros que el tiempo tiene una manera de abrir, en el cauce de la vida, cauces imprevistos a cuya corriente debemos rendirnos por fuerza, o de lo contrario encallar sin remedio en los bajíos.