El hombre Cummins
“¡Oh, día y noche, pero esto es maravillosamente extraño!”
“Encerrado en una medida inmensa de contento.”
Aún brillaban las luces en los salones del señor Stuyvesant, a pesar de que ya se habían ido los invitados que poco antes se habían reunido allí para presenciar la boda de Paula, la querida amiga de Cicely.
A un extremo de la habitación se hallaban el señor Sylvester y Bertram; el primero contemplaba con ojos de novio la delicada figura vestida de blanco de Paula, que acababa de salir del apartamento en compañía de Cicely.
—No tengo más que un motivo de pesar —dijo el señor Sylvester cuando la puerta se cerró—: me habría gustado que tú y Cicely hubierais participado de nuestra alegría y recibido la bendición del ministro en el mismo momento que nosotros.
—Sí —dijo Bertram con un breve suspiro—. Pero llegará a su debido tiempo. No puede ser sino que nuestros esfuerzos terminen por tener éxito. Acabo de tener una nueva idea: la de poner al sereno tras la pista de Hopgood. Son viejos amigos y él debería conocer todos los demás escondrijos y posibles lugares donde ocultarse del otro.
—Si Fanning hubiera podido ayudarnos, nos lo habría dicho hace mucho tiempo. Sabe que Hopgood ha desaparecido y que estamos dispuestos a pagar bien por cualquier información relacionada con él.