El papelito permaneció sobre la mesa sin abrir.
Aquella noche, mientras Paula yacía dormida sobre su almohada, un sonido recorrió la casa. Fue como un grito rápido e irreprimible de desolación, y la pobre niña, al oírlo, se estremeció, pensando que la habían llamado por su nombre.
Pero cuando escuchó, todo estaba en silencio, y creyendo que había soñado, volvió el rostro hacia la almohada, y murmurando suavemente el nombre que le era más querido en todo el mundo, cayó de nuevo en un apacible sueño.
Pero aquel cuya voz había lanzado aquel grito en la lúgubre vacuidad de los grandes salones de abajo, no dormía.