veinticinco de febrero, hace dos años?
—«No», dije, con gran sorpresa, pues todo su rostro estaba sofocado por la expectación. «¿Qué hubo en aquel día para que yo deba recordarlo?». Sonrió e inclinó su rostro más cerca del mío. «¿No recuerda una pequeña charla que mantuvo en un modesto figón de la calle Dey con un caballero de voz resonante a quien se vio obligado a decirle constantemente “¡chist!”?». Me quedé mirando al hombre, como podéis suponer, con cierta idea de que se trataba de un lunático errante. «Jamás he tomado una comida en ningún figón de la calle Dey», declaré, haciendo ademán de llamar a un camarero para que se nos acercara. El hombre, al observarlo, se volvió rápidamente hacia mi persona. «¿Cree usted que me importa un bledo un alboroto tan insignificante como ese?», preguntó, señalando al hombre de complexión más bien ligera a quien había llamado en mi auxilio, mientras estudiaba disimuladamente mi rostro para observar el efecto de sus palabras.
Me estremecí. No pude evitarlo; el uso de una expresión casi exclusiva mía me aseguró que aquel hombre me conocía mejor de lo que suponía. Involuntariamente hice un gesto para que el camarero se retirara y me volví hacia el hombre con una mirada inquisitiva.
—«Pensé que le parecería interesante escucharme», dijo, sonriendo con el aire de alguien que tiene o cree tenerte atrapado. Luego, de repente,
—Es usted un hombre rico, ¿no es así? Un hombre orgulloso y honrado. Ocupa un puesto de confianza y se le considera digno de él; ¿cómo le gustaría que la gente supiera que una vez cometió una jugarreta mezquina y sucia; que esas manos blancas que ahora manejan fondos tan cuantiosos, en el pasado se sabe que metieron la mano en esos mismos fondos un poco más de la cuenta; que,