presencia del otro. No incurrieron en ninguna otra conversación de carácter secreto o íntimo, y cuando al dar las diez el reloj, el señor Robert Holt se levantó para marchar, su hermano le siguió sin ninguna objeción, adelantándose incluso en su partida y limitando su despedida a una breve presión fraternal de la blanca mano de Jacqueline.
“Pero mucho se puede transmitir con una presión, o eso comencé a pensar al oír la baja risa que brotó de los labios de Jacqueline mientras se giraba para subir a su habitación; y si yo hubiera sido su madre—
“Pero eso no es lo que usted quiere oír. Bastante es que no la seguí, que ni siquiera puse al coronel Japha al corriente de mis temores, que en realidad no hice nada más que quedarme desvelado, rezando y preguntándome qué debía hacer. Se había dicho tan poco; se había hecho tan poco. Una palabra, una frase entre ellos, el intercambio de un par de canciones, y... ¿Qué otra cosa que pudiera comunicar a otro?
Pasó una semana, dos semanas, y su expresión de felicidad obstinada no se desvaneció.
Se vio inundada de recados de su aceptado amante, cuya letra había llegado a distinguir para entonces, pero ni uno solo, que yo supiera, procedente de ninguna otra fuente; sin embargo, sus pasos revoloteaban ligeros por la casa, y su figura poseía en cada movimiento una espléndida gracia que revelaba un espíritu instalado en un profundo júbilo o en una serena determinación.
Sentía la impenetrabilidad de una esperanza secretamente acariciada cada vez que la miraba. Si no hubiera sabido lo contrario, habría dicho que su futuro matrimonio se había convertido para ella en un sueño de delicia insondable.
¿De dónde venía entonces este éxtasis? ¿Mediante qué comunicación nació esta esperanza secreta? No podía adivinarlo, solo podía mirar y esperar.