—¿Qué le parece a usted? —inquirió aquella señora—. Oh, ¿lo de tocar del señor Mandeville? Pido perdón, Sylvester es el nombre por el que supongo que ahora desea que le llamen. ¿A que es magnífico? —continuó divagando con el mismo tono mientras ocultaba cautelosamente un inoportuno bostezo de su boca rosada tras los pliegues de su etéreo pañuelo—. El señor Turner dice que el vacío que ha dejado usted en el mundo musical al cambiar la sala de conciertos por el escritorio jamás podrá repararse —prosiguió, supuestamente dirigiéndose a su sobrino, aunque no miraba hacia él, ya que en ese instante estaba ocupada en dejarse caer en su sillón favorito.
—Me alegra —respondió Bertram cortésmente con una sonrisa franca— haber contado con la aprobación de un crítico tan culto como el señor Turner. Confieso que de vez en cuando me produce una punzada —comentó a su tío por encima del hombro— pensar que jamás volveré a evocar esas miradas de deleite desinteresado que a veces he descubierto en los rostros de algunos de los presentes en mi público.
Y recayó sin pausa en un himno solemne, exactamente lo opuesto a los tonos vibrantes con los que antes los había complacido.
—¡Ahora estamos en un templo! —susurró Paula, reprimiendo el repentino interés y la curiosidad que las últimas palabras de este joven habían despertado. Y el asombro que se apoderó de su rostro era la interpretación más adecuada para aquellos nobles sonidos que el único hombre cansado de corazón en aquella habitación podría haber encontrado.
—Tengo algo que decirte, Ona —comentó el señor Sylvester poco después, cuando, terminada la música, todos se sentaron para una charla final junto al fuego—. He recibido la noticia de que los directores del Banco de Madison me han elegido hoy su presidente. Pensé que te gustaría saberlo esta noche.