tuviera maña para ayudar a una en una emergencia, si es posible. Sarah es absolutamente la perdición de cualquier trozo de cinta que se encarga de manipular. Mira ese nudo de terciopelo negro de allí, por ejemplo; ¿no pensarías que una chica irlandesa inculta recién llegada del otro lado habría sabido hacerlo mejor que atarlo con la mitad del revés a la vista?
Con el hábito adquirido tiempo atrás de mirar hacia donde su dedo de marfil señalaba por casualidad, el grave hombre de mundo giró lentamente la cabeza, llena de las más graves preocupaciones y abrumada por el peso de innumerables responsabilidades, y examinó el racimo de lazos de terciopelo así señalado, con un fruncimiento mecánico de cejas.
—Le pago a Sarah veinticinco dólares al mes y ese es el resultado —prosiguió su esposa—. Ahora bien, si Paula...
—Paula no ha de venir aquí como doncella —interpuso rápidamente su marido, con un atisbo de color asomándose apenas un instante en su mejilla.
—Si Paula —siguió diciendo su esposa, sin hacer caso de la interrupción salvo para dirigirle una rápida mirada por encima del hombro de su propio reflejo en el espejo— tuviera el buen gusto en estos asuntos que otros miembros de nuestra familia y pudiera ingeniárselas para echarme una mano de vez en cuando, vaya, casi podría imaginarme que he recuperado a mi hermana menor, quien con su habilidad para hacer que una parezca presentable ante los ojos del mundo fue una auténtica bendición para nosotros en nuestro viejo hogar.
—No tengo ninguna duda de que a Paula se le podría enseñar a ser igual de eficiente —respondió su marido, conteniento con cuidado cualquier otra muestra de impaciencia—. Es lista, estoy seguro, y hacer lazos con las cintas no es un arte tan difícil, ¿verdad?