pista de caballos cruza el sendero peatonal; un niño cojo, señor Sylvester, que no pudo apartarse de nuestro camino; pobre además, con una chaqueta raída que parecía empeorarlo todo.
Ona se encogió de hombros, de un blanco níveo, en un gesto que parecía poner esto en duda.
—¿Lo lastimaste mucho? —preguntó ella, con una muestra de interés; no la suficiente, sin embargo, como para mermar su curiosidad por la forma de una de sus uñas.
—No sé decirlo; le hirieron en el bracito, y cuando fui a levantarlo, se echó hacia atrás en mi regazo y se quejó hasta que pensé que se me iba a romper el corazón. Pero eso no fue lo peor que pasó.
Mientras nos apresurábamos por el sendero en busca del padre del niño, nos salió al encuentro una mujer envuelta en una capa negra cuyos largos y grasientos pliegues parecían el símbolo de su propia depravación inconfesable. Su mirada al encontrarse con el niño que se retorcía de dolor a mis pies me heló el corazón. Era más que maligna, era verdaderamente diabólica.
—¿Está herido? —preguntó, y parecía como si se regocijara con la pregunta; era evidente que ansiaba oír que lo estaba, que ansiaba que le dijeran que iba a morir; y cuando le pregunté si era su madre, rompió en una carcajada que pareció oscurecer la luz del día.
—¡Su madre! ¡Ah, sí, nos parecemos, a que sí! —exclamó, señalando con un gesto burlón que daba miedo ver, primero hacia los ojos de él, que eran muy azules y hermosos, y luego hacia los suyos propios, tan oscuros como los hacían los malos pensamientos. Nunca vi nada tan espantoso.