Codal
nydus/The Sword of DamoclesPublic
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IV. Searchings

No os interesará otra cosa que el resultado, que se salió algo de lo ordinario y puede, por lo tanto, escandalizaros. Pero debéis recordar que os hablo de asuntos que los jóvenes suelen guardarse para sí, y que cualquier cosa que hice, la llevé a cabo con un espíritu de respeto apenas un matiz menos coercitivo en su poder que el amor que era a la vez mi fuerza impulsora y mi constante desconcierto.

Para ir, pues, al grano, aquel mismo día iba a instalarse un piano en aquella casa, ya que el señor Preston había cediendo a las súplicas de su hija de tener un instrumento nuevo. Mi amigo iba a encargarse del traslado y, ante mi solicitud de permiso para ayudar en la operación, dio su consentimiento con absoluta confianza en que yo tenía razones buenas y suficientes para tan extraña petición, y fijó la hora en que debía reunirme con él en los almacenes.

Hel aquí, pues, a las dos y media de esa tarde, colaborando con mis propias manos en subir un piano por la escalinata de aquella casa que, cuatro horas antes, yo había considerado inalcanzable.

Ataviado con una blusa de obrero y con el pelo bien revuelto bajo una gorra burda que me disimulaba eficazmente, avancé con muy poco temor a ser descubierto. Y, sin embargo, apenas hube entrado en la casa y comprobado de un vistazo que el aspecto del vestíbulo coincidía con mi recuerdo, más bien vago, de aquel por el que me habían hecho pasar una semana antes, cuando me sobrecogió una repentina sensación de mi situación y, experimentando esa incómoda conciencia de auto delación que un rubor siempre le produce a un hombre, avancé tropezando bajo mi pesada carga, sintiendo como si mil ojos estuvieran fijos en mí y en mi querido secreto, en vez de los dos orbes perspicaces pero totalmente desprevenidos de la anciana matrona que nos examinaba desde lo alto de la barandilla.

“¡Ten cuidado ahí, vas a romper ese vidrio de un golpe!”

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