—Pero —exclamó, tan pálido ahora como había estado florido el momento antes—, ya no estoy en la policía y estás actuando de manera muy tonta y no te tengo paciencia.
Y se dirigía a la puerta, presumiblemente para sentarse en las escaleras, cuando con un tardío arrepentimiento lo agarró del brazo y dijo:
—Venga ya —una expresión que le había oído a la señora Kirkshaw—, no lo decía por ná lo que hablé. Vuelve, John; Constantia Maria no se encuentra bien, y si el señor Sylvester sube a verla, yo me escurriré y os dejaré solos.
Y con eso le dijo que era una buena esposa y que si le ocultaba algún secreto era solo porque era un hombre pobre. —La honradez y la prudencia son los únicos tesoros que poseo para evitar que los tres muramos de hambre. ¿Voy a desprender tan solo de una de ellas con el único fin de satisfacer tu curiosidad? —y, siendo una mujer de buen corazón, ella dijo que «no», aunque en su interior concluyó que la prudencia en su caso implicaba confiar primero en la esposa y desconfiar del resto del mundo después; y tomó sus futuras resoluciones en consecuencia.
—Vaya, Hopgood, parece usted preocupado; ¿quiere hablar conmigo?
El conserje contempló el rostro mudado y melancólico de su patrón, con una expresión en la que la sincera simpatía por su pena pugnaba con el respetuoso temor que la presencia del señor Sylvester era capaz de inspirar.
—Si le hace el favor —dijo, hablando muy bajito, pues más o menos empleados del banco iban y venían atareados—, Constantia Maria no se encuentra bien y lleva todo el día preguntando por el buen hombre, como insiste en llamarlo a usted, señor, con muchas disculpas por la confianza.