quedaba más que el silencio y una tediosa espera a que los demás reconocieran su miseria y hablaran.
Mientras tanto, ¿cómo le iba a su queridísima amiga y confidente, Paula?
La mañana, como ya he declarado, era luminosa y excepcionalmente hermosa. La luz del sol llenaba el aire y la frescura invigoraba la brisa. Cicely era ciega a todo ello, pero al asomarse Paula a su ventana antes de bajar, un observador atento habría podido percibir que la serenidad del cielo despejado se reflejaba en sus ojos radiantes, que la paz aleteaba sobre su alma y gobernaba su tierno espíritu.
Había mantenido una larga conversación con la señorita Belinda, había rezado, había dormido y se había levantado con un amor consagrado en el corazón por el hombre que era a la vez la admiración de sus ojos y la fuente de sus pensamientos más profundos y sus deseos más salvajes.