—Está bien, le avisaré cuando esté listo para la transferencia. Y ahora venga —dijo, cambiando su tono grave de negocios por el más ligero de la conversación social ordinaria—, olvide por media hora que ha descartado el nombre de Mandeville, y regálenos una aria o una sonata de Mendelssohn antes de que esas manos pierdan del todo su destreza.
—Pero las damas —inquirió el joven, lanzando una ojeada hacia el salón, donde la señora Sylvester le daba a Paula su primera lección de cerámica.
—Ah, es para ver cómo actuará el hechizo sobre mi tímida muchacha provinciana, que pido tal favor.
«¿Nunca ha oído a Mendelssohn?»
“Con tu interpretación, no”.
Sin más vacilación, el joven músico se dirigió al piano, el cual ocupaba un lugar opuesto al retrato de mi señora en aquella anómala habitación llamada por cortesía la biblioteca.
En otro instante, un acorde delicado y sonoro turbó el silencio de la larga perspectiva, y una de las canciones más exquisitas de Mendelssohn tembló en toda su deliciosa armonía por estos aposentos de suntuosidad sensual.
El señor Sylvester se había sentado en un lugar desde donde podía ver la lejana figura de Paula y, recostándose en su silla, aguardó su primera y sobresaltada reacción.
He was not disappointed. At the first note, he beheld her spirited head turn in a certain wondering surprise, followed presently by her whole quivering form, till he could perceive her face, upon which were the dawnings of a great delight, flush and pale by turns, until the climax of the melody being reached, she came slowly down the room, stretching