Luego, con un toque de sus modales habituales y formales destinados a hacerla volver en sí: «¿Te gusta estudiar, Paula?».
En un instante sus ojos brillaron.
—Me gusta con creces; me alimenta. El conocimiento también tiene sus horizontes —añadió con una mirada socarrona, la primera que él había visto en su hasta entonces serio semblante—. Jamás dejaré de reconocer los portales que revela ni el país de las maravillas que abre a toda mirada inquisitiva.
—Hasta la geometría —se arriesgó a decir, más deseoso de sondear esta nueva y joven mente de lo que jamás lo había estado de tantear las opiniones de los hombres más notables de la época.
«Hasta la geometría», sonrió ella. «A buen seguro que sus portales son de formas algo metódicas, sin dar margen a la fantasía, pero de sus triángulos y círculos han nacido las grandezas de la arquitectura, y erguido en el umbral de sus leyes exactas y cálculos imperturbables, veo a un ángel con una vara de oro en la mano, midiendo los cielos».
—Hasta una piedra le habla a un poeta —dijo el señor Sylvester echándole una ojeada a la señorita Belinda.
—Pero Paula no es poeta —respondió esa dama con estricta e imparcial honestidad—. Jamás ha escrito un verso que yo sepa. ¿Has escrito tú, niña?
“No, tía, preferiría encierrar un rayo de sol caído o intentar atrapar la brisa que alza mi cabello o besa mi mejilla”.
—Ya ve —continuó el señor Sylvester, sin dejar de mirar a la señorita Belinda.