Con la entrada de Bertram, sus temores tomaron forma absoluta. El señor Sylvester no iba a volver a cenar.
Desde entonces y hasta las siete, estuvo sentada con la mano en el corazón, esperando. Al dar las siete el reloj, se levantó y, trayendo una vela de su habitación, subió lentamente.
—Espérame —le había dicho a la tía Belinda—, pues mucho temo que habré de necesitar tus cuidados a la bajada.
¿Qué tendrá un misterio, por trivial que sea, que estremece el corazón con una vaga expectativa al menor levantamiento de la cortina que lo oculta?
Mientras Paula se detenía ante la puerta, que jamás, que ella supiera, se había abierto para dar paso a ninguna otra forma que no fuera la del señor Sylvester, era consciente de una agitación totalmente distinta de la que hasta entonces la había afligido.
Toda la curiosidad pasada de Ona acerca de esta habitación, junto con sus artimañas para satisfacer dicha curiosidad, acudieron a la mente de Paula con pasmosa nitidez. Era como si la blanca mano de aquella esposa muerta se hubiera extendido desde las sombras para retenerla.
La vela tembló en su mano y ella retrocedió inconscientemente. Pero al momento siguiente, el pensamiento del señor Sylvester infundió calor y determinación en su ser, y empujando apresuradamente la llave en la cerradura, abrió la puerta de un empujón y cruzó el umbral.
Su primer movimiento fue de sorpresa. En todos sus sueños sobre el aspecto posible de esta habitación, nunca la había imaginado así.
Sencilla, tosca y hogareña, de altos muros desornamentados, suelo descubierto, mobiliario limitado