—El señor Sylvester tiene un asunto urgente entre manos hoy —dijo su tía—. Me lo crucé saliendo justo cuando bajaba.
Su mirada se demoró en Paula al decir esto, y de no haber sido por los criados, sin duda habría dado voz a alguna otra expresión sobre el asunto, pues le había impresionado mucho la apariencia del señor Sylvester y la expresión triste, firme y casi altiva de su mirada, al cruzarse con la de ella en su apresurada conversación.
—Es un hombre muy ocupado —replicó Paula con sencillez, y guardó silencio, asaltada por un terror secreto que no habría sabido explicar.
De pronto se levantó; había encontrado un sobre debajo de su plato, dirigido a ella. Era abultado y evidentemente contenía una llave.
Apresurándose tras los visillos de la ventana, la abrió. La llave correspondía a aquel estudio secreto suyo en lo alto de la casa, en el que nunca se había visto entrar a nadie más que a él, y las palabras que la envolvían eran estas:
“Si no le doy ninguna orden en contrario, y si no regreso antes de las siete de esta tarde, vaya a la habitación de la cual esta es la llave, abra mi escritorio y lea lo que he preparado para sus ojos. « E. S. »”