año; me acuerdo porque tuve que usar perlas con mi brocado de granate —suspiró con capricho—. Y papá vino la semana siguiente, después de que me habías dado el dinero para un par nuevo. Tengo razones para recordarlo, porque ni un solo dólar me dejó.
—¡Ona! —exclamó su esposo, retrocediendo con una sorpresa incontrolable, mientras sus ojos se dirigían inquisitivamente hacia sus orejas, en las que brillaban resplandecientes dos magníficos diamantes.
—¡Oh! —exclamó, levantando apenas una mano nívea hacia aquellos adornos relucientes, mientras un leve sonrojo, de cuya existencia él a veces había dudado, barría su rostro despreocupado.
“Pude conseguirlos a tiempo; pero durante dos meses enteros tuve que pasar sin diamantes”.
Ella no dijo que había empeñado sus joyas de boda para completar la cantidad que necesitaba, pero tal