la importancia suprema que entonces concedisteis a su sumisión; y devolvédsela ahora a vuestra vez, sin ceder a la debilidad presente ni olvidar el peligro que una vez pendió sobre vosotros. Castigadlos como se merecen y enseñad a vuestros demás aliados con un ejemplo llamativo que la pena por la rebelión es la muerte. Que comprendan esto de una vez por todas y no tendréis que descuidar tan a menudo a vuestros enemigos mientras lucháis
Tales fueron las palabras de Cleón. Después de él, Diodoto, hijo de Eucrates, que también en la anterior asamblea se había opuesto con más firmeza a dar muerte a los mitileneos, tomó la palabra y habló así:
“No culpo a quienes han reabierto el caso de los mitileneos, ni apruebo las protestas que hemos escuchado contra el hecho de que se debatan frecuentemente cuestiones importantes. Pienso que las dos cosas más opuestas al buen consejo son la prisa y la pasión; la prisa suele ir de la mano de la necedad, la pasión con la grosería y la estrechez de miras. En cuanto al argumento de que la palabra no debe ser la exponente de la acción, quien lo emplea debe de estar desprovisto de sentido o ser un interesado: falto de sentido si cree posible tratar del porvenir incierto a través de cualquier otro medio; interesado si, deseando sacar adelante una medida vergonzosa y dudando de su capacidad para hablar bien en una causa perdida, piensa aterrorizar a sus oponentes y oyentes mediante una calumnia bien dirigida. Lo que resulta todavía más intolerable es acusar a un orador de hacer alarde de elocuencia para cobrar por ello. Si solo se imputara ignorancia, un orador fracasado podría retirarse con fama de honrado, si no de sabio; mientras que