ya de por sí numerosa población de la ciudad, que el Ática resultó finalmente demasiado pequeña para contenerlos, y tuvieron que enviar colonias a Jonia.
Hay también otra circunstancia que contribuye no poco a mi convicción de la debilidad de los tiempos antiguos.
Antes de la guerra de Troya no hay indicios de ninguna acción común en la Hélade, ni tampoco de la vigencia universal del nombre; por el contrario, antes del tiempo de Helén, hijo de Deucalión, no existía tal denominación, sino que el país se conocía por los nombres de las diferentes tribus, en particular la de los pelasgos.
No fue hasta que Helén y sus hijos se hicieron fuertes en Ftiótide, y fueron invitados como aliados a las demás ciudades, que una a una adquirieron gradualmente de esta unión el nombre de helenos; aunque pasó mucho tiempo antes de que ese nombre pudiera imponerse a todos.
La mejor prueba de ello la proporciona Homero. Nacido mucho después de la guerra de Troya, en ninguna parte los llama a todos por ese nombre, ni de hecho a ninguno de ellos, excepto a los seguidores de Aquiles de Ftía, que fueron los helenos originales: en sus poemas se les llama dáanaos, argivos y aqueos.
Ni siquiera utiliza el término bárbaro, probablemente porque los helenos todavía no se habían distinguido del resto del mundo con una denominación distintiva.
Parece por consiguiente que las distintas comunidades helénicas, comprendiendo no sólo a aquellas que adquirieron por primera vez el nombre, ciudad por ciudad, a medida que fueron entendiéndose unas a otras, sino también a las que lo adoptaron después como el nombre de todo el pueblo, se vieron impedidas antes de la guerra de Troya, por su falta de fuerza y la ausencia de comercio mutuo, de desplegar cualquier acción colectiva.