somos inferiores; y si hemos de practicar y llegar a igualarles, tendrá que transcurrir un tiempo. ¿En nuestro dinero? Ahí nos encontramos en una deficiencia mucho mayor. No lo tenemos en el tesoro público ni estamos dispuestos a aportarlo de nuestros fondos privados. Podría tal vez sentirse confianza en nuestra superioridad en infantería pesada y población, la cual nos permitirá invadir y devastar sus tierras. Pero los atenienses tienen muchas otras tierras en su imperio y pueden importar por mar lo que necesitan. Por otra parte, si hemos de intentar una insurrección de sus aliados, estos habrán de ser apoyados con una flota, siendo la mayoría de ellos isleños. ¿Cuál ha de ser, pues, nuestra guerra? Porque a menos que podamos vencerlos en el mar o arrebatarles las rentas que alimentan su armada, no cosecharemos sino desastres. Entretanto, nuestro honor quedará comprometido a seguir adelante, en particular si se cree que fuimos nosotros quienes iniciamos la contienda. Pues no nos dejemos deslumbrar jamás por la funesta esperanza de que la guerra termine pronto con la devastación de sus tierras. Temo más bien que se la leguemos como herencia a nuestros hijos; tan improbable es que el espíritu ateniense se esclavice a su tierra o que la experiencia ateniense se acobarde ante la guerra. > > «No es que os aconseje que seáis tan insensibles como para permitir que lesionen a vuestros aliados y os abstengáis de desenmascarar sus intrigas; pero sí os exhorto a que no toméis las armas de inmediato, sino a que enviéis embajadores a protestar ante ellos en un tono que no sugiera demasiado la guerra ni tampoco demasiada sumisión, y a que empleéis el intervalo en perfeccionar vuestros propios preparativos. Los medios
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III. Congreso de la Confederación del Peloponeso en Lacedaemon
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