Entonces habló el padre: «No le cuadra a un brahmán pronunciar palabras duras e iracundas. Mas la indignación mora en mi corazón. No deseo oír por segunda vez esta súplica de tu boca».
Lentamente, el brahmán se levantó; Siddhartha permaneció en silencio, con los brazos cruzados.
—¿Qué estás esperando? —preguntó el padre.
Dijo Siddhartha: «Ya lo sabes».
Indignado, el padre salió de la estancia; indignado, se fue a su cama y se acostó.
Pasada una hora, como el sueño no acudía a sus ojos, el brahmán se levantó, caminó de un lado a otro y salió de la casa. A través de la pequeña ventana de la estancia miró hacia el interior, y allí vio a Siddhartha de pie, con los brazos cruzados, sin moverse de su sitio. Su túnica brillante palidecía. Con el corazón lleno de ansiedad, el padre regresó a su lecho.
Pasada otra hora, como el sueño no acudía a sus ojos, el brahmán se puso en pie de nuevo, caminó de un lado a otro, salió de la casa y vio que la luna había ascendido.
Por la ventana de la habitación miró hacia el interior; allí estaba Siddhartha, sin moverse de su sitio, con los brazos cruzados y la luz de la luna reflejándose en sus pantorrillas desnudas.
Con preocupación en el corazón, el padre volvió a la cama.
Y volvió después de una hora, volvió después de dos horas, miró por la pequeña ventana, vio a Siddhartha de pie, a la luz de la luna, a la luz de las estrellas, en la oscuridad.