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El hijo del brahmán

alta hacer ofrendas a los dioses? ¿Para quiénes si no debían hacerse ofrendas, a quién más debía adorarse sino a Él, al único, al Atman?

¿Y dónde se encontraba el Atman, dónde residía, dónde latía su corazón eterno, dónde si no en el propio ser, en su parte más íntima, en su parte indestructible, que cada uno llevaba dentro de sí?

Pero ¿dónde, dónde estaba este yo, esta parte más íntima, esta última parte? No era carne ni hueso, no era ni pensamiento ni conciencia, así enseñaban los más sabios. Entonces, ¿dónde, dónde estaba?

Para llegar a este lugar, al ser, a mí mismo, al Atman, ¿había acaso otro camino que valiera la pena buscar? ¡Ay!, ¡y nadie mostraba este camino, nadie lo conocía, ni el padre, ni los maestros y sabios, ni los santos cantos de sacrificio!

Lo sabían todo, los brahmanes y sus libros sagrados, lo sabían todo, se habían ocupado de todo y de más que de todo, de la creación del mundo, del origen de la palabra, de los alimentos, del inspirar, del espirar, de la disposición de los sentidos, de los actos de los dioses, sabían infinitamente mucho⁠—pero ¿era valioso saber todo esto, si no se conocía esa única y sola cosa, lo más importante, lo únicamente importante?

Ciertamente, muchos versos de los libros sagrados, en particular en los Upanishades del Samaveda, hablaban de esta cosa íntima y última, versos maravillosos. «Tu alma es el mundo entero» estaba escrito allí, y estaba escrito que el hombre en su sueño, en su sueño profundo, se encontraría con su parte más íntima y residiría en el Atman. Había una sabiduría maravillosa en estos versos; todo el conocimiento de los más sabios se había reunido aquí en palabras mágicas, puras como la miel recogida por las abejas. No, no había que menospreciar la tremenda cantidad de iluminación que yacía aquí recogida y preservada por innumerables generaciones de sabios brahmanes.—Pero ¿dónde estaban los brahmanes, dónde los sacerdotes, dónde los hombres sabios o

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