La primera luz del día brilló en la habitación. El brahmán vio que a Siddhartha le temblaban suavemente las rodillas. En el rostro de Siddhartha no vio ningún temblor, sus ojos estaban fijos en un punto lejano. Entonces su padre comprendió que ni siquiera ahora Siddhartha vivía ya con él en su casa, que ya lo había abandonado.
El Padre tocó el hombro de Siddhartha.
—Irás —dijo—, al bosque y serás un samana. Cuando hayas hallado la bienaventuranza en el bosque, regresa entonces y enséñame a ser bienaventurado. Si hallas la desilusión, regresa y hagamos una vez más ofrendas a los dioses juntos. Ve ahora y besa a tu madre, dile a dónde vas. Pero para mí es hora de ir al río y realizar la primera ablución.
Apartó su mano del hombro de su hijo y salió. Siddhartha se tambaleó hacia un lado al intentar caminar. Recuperó el control de sus miembros, hizo una reverencia a su padre y fue con su madre para hacer lo que su padre le había dicho.
Mientras abandonaba lentamente, con las piernas rígidas y a la primera luz del día, el pueblo aún silencioso, una sombra se levantó cerca de la última choza, donde había estado agazapada, y se unió al peregrino: Govinda.
—Has venido —dijo Siddhartha y sonrió.
—He venido —dijo Govinda.