espesura de las opiniones, en la disputa sobre las palabras. Pues no puedo negar que mis palabras sobre el amor entran en contradicción, en una aparente contradicción, con las palabras de Gotama. Precisamente por esta razón desconfío tanto de las palabras, porque sé que esta contradicción es un engaño. Sé que estoy de acuerdo con Gotama. ¿Cómo no iba a conocer el amor él, que ha descubierto todos los elementos de la existencia humana en su transitoriedad, en su vacuidad, y que, sin embargo, ha amado tanto a los hombres como para dedicar una vida larga y laboriosa únicamente a ayudarles, a enseñarles! Incluso en él, incluso en tu gran maestro, prefiero la cosa por encima de las palabras, doy más importancia a sus actos y a su vida que a sus discursos, más a los gestos de su mano que a sus opiniones. No veo su grandeza en su discurso, no en sus pensamientos, sino únicamente en sus acciones, en su vida.
Durante mucho tiempo, los dos ancianos no dijeron nada. Entonces habló Govinda, mientras hacía una reverencia de despedida:
«Te doy las gracias, Siddhartha, por haberme comunicado algunos de tus pensamientos. Son pensamientos en parte extraños, no todos me han sido comprensibles al instante. Sea como fuere, te lo agradezco y te deseo que tengas días tranquilos».
(Pero en secreto pensaba para sus adentros: Este Siddhartha es una persona extraña, expresa pensamientos extraños, sus enseñanzas suenan necias. Muy diferente suenan las puras enseñanzas del Exaltado, más claras, más puras, más comprensibles; nada extraño, necio o tonto hay contenido en ellas. Pero diferentes de sus pensamientos me parecieron las manos y los pies de Siddhartha, sus ojos, su frente, su aliento, su sonrisa, su saludo, su andar. Nunca más, después de que nuestro excelso Gotama se haya unido