Caminando por los senderos rosados del jardín de la higuera, sentado en la sombra azulada de la arboleda de la contemplación, lavando sus extremidades a diario en el baño del arrepentimiento, sacrificando en la penumbra del bosque de mangos, con sus gestos de perfecta decencia, siendo el amor y la alegría de todos, aún le faltaba toda alegría en el corazón. Sueños y pensamientos inquietos acudían a su mente, fluyendo del agua del río, centelleando desde las estrellas de la noche, derritiéndose a partir de los rayos del sol, sueños acudían a él e inquietud del alma, exhalando vapores de los sacrificios, exhalando aliento de los versos del Rig-Veda, infiltrándose en él, gota a gota, de las enseñanzas de los viejos brahmanes.
Siddhartha había empezado a albergar descontento en su interior, había empezado a sentir que el amor de su padre y el amor de su madre, y también el amor de su amigo, Govinda, no le traerían alegría por los siglos de los siglos, no lo cuidarían, no lo alimentarían, no lo saciarían.
Había empezado a sospechar que su venerable padre y sus otros maestros, que los sabios brahmanes ya le habían revelado lo mayor y mejor de su sabiduría, que ya habían llenado su vaso expectante con su riqueza, y el vaso no estaba lleno, el espíritu no estaba contento, el alma no estaba en calma, el corazón no estaba satisfecho.
Las abluciones eran buenas, pero eran agua, no lavaban el pecado, no sanaban la sed del espíritu, no mitigaban el miedo en su corazón. Los sacrificios y la invocación de los dioses eran excelentes, ¿pero acaso era eso todo? ¿Daban los sacrificios una fortuna dichosa? ¿Y qué hay de los dioses? ¿Había sido realmente Prajapati quien había creado el mundo? ¿No había sido el Atman, Él, el único, el singular? ¿Acaso los dioses no eran creaciones, creados como tú y como yo, sujetos al tiempo, mortales? ¿Era por tanto bueno, era correcto, tenía sentido y era la ocupación más