regresó, había muerto, se había descompuesto, se había dispersado como polvo, había saboreado la sombría embriaguez del ciclo, aguardaba con una nueva sed, como un cazador en el desfiladero, el lugar donde pudiera escapar del ciclo, donde comenzaba el fin de las causas, una eternidad sin sufrimiento. Mató sus sentidos, mató su memoria, se deslizó fuera de su yo hacia miles de otras formas, fue un animal, fue carroña, fue piedra, fue madera, fue agua, y despertaba cada vez para volver a encontrar su viejo yo, el sol o la luna brillaban, volvía a ser su yo, giraba en el ciclo, sentía sed, vencía la sed, sentía una nueva sed.
Siddhartha aprendió mucho cuando estuvo con los samanas, muchos caminos que se alejaban del yo aprendió a andar.
Anduvo el camino de la abnegación por medio del dolor, mediante el sufrimiento voluntario y la superación del dolor, el hambre, la sed, el cansancio.
Anduvo el camino de la abnegación por medio de la meditación, imaginando la mente vacía de toda concepción.
Estos y otros caminos aprendió a andar, mil veces abandonó su yo, durante horas y días permaneció en el no-yo.
Pero aunque los caminos se alejaban del yo, su final, sin embargo, conducía siempre de nuevo al yo.
Aunque Siddhartha huyó del yo mil veces, permaneció en la nada, permaneció en el animal, en la piedra, el retorno era inevitable, ineludible era la hora en que se encontraba de nuevo a la luz del sol o de la luna, en la sombra o en la lluvia, y era otra vez su yo y Siddhartha, y sentía de nuevo la agonía del ciclo que le había sido impuesto.
A su lado vivía Govinda, su sombra, caminaba por los mismos senderos, realizaba los mismos esfuerzos. Raras veces se hablaban