experimentado en la hora de su iluminación —no era otra cosa que esto mismo lo que él había ido ahora a experimentar, lo que ahora empezaba a experimentar.
Ahora tenía que experimentar su propio ser.
Es verdad que hacía ya mucho tiempo que sabía que su ser era Atman, que en su esencia poseía las mismas características eternas que Brahman. Pero nunca había encontrado realmente este ser, porque había querido atraparlo en la red del pensamiento.
Dado que el cuerpo no era en absoluto el ser, ni tampoco el espectáculo de los sentidos, tampoco lo era el pensamiento, ni la mente racional, ni la sabiduría aprendida, ni la destreza aprendida para sacar conclusiones y desarrollar pensamientos previos en otros nuevos.
No, este mundo del pensamiento seguía estando también en este lado, y nada se podía lograr matando al ser casual de los sentidos, si por otra parte se engordaba al ser casual de los pensamientos y del saber aprendido.
Ambos, tanto los pensamientos como los sentidos, eran cosas hermosas; el significado último se ocultaba detrás de ambos; a ambos había que escucharles, con ambos había que jugar; a ninguno de los dos había que despreciarlo ni sobreestimarlo, y de ambos había que percibir con atención las voces secretas de la verdad más íntima.
Él no quería esforzarse por nada, excepto por lo que la voz le ordenaba esforzarse, no detenerse en nada, excepto donde la voz le aconsejara hacerlo. ¿Por qué Gotama, en aquel entonces, en la hora de entre todas las horas, se había sentado bajo la higuera sagrada, donde lo alcanzó la iluminación? Había escuchado una voz, una voz en su propio corazón,