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nydus/The Last ManPublic
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Índice

Capítulo X

Así de tristes y desordenados eran los pensamientos de mi pobre hermana, cuando tuvo la certeza de la infidelidad de Raymond. Todas sus virtudes y todos sus defectos tendían a hacer el golpe incurable. Su afecto por mí, su hermano, por Adrian y por Idris, estaba supeditado, por decirlo así, a la pasión reinante de su corazón; incluso su ternura maternal tomaba la mitad de su fuerza del deleite que encontraba al descubrir los rasgos y la expresión de Raymond en el rostro de la criatura. Había sido reservada y hasta severa en su infancia; pero el amor había suavizado las asperezas de su carácter, y su unión con Raymond había hecho que sus talentos y afectos se desplegaran; traicionados los unos y perdidos los otros, volvió en cierto modo a su antigua disposición. El orgullo concentrado de su naturaleza, olvidado durante su dichoso sueño, despertó y con su aguijón de víbora le atravesó el corazón; su humildad de espíritu acrecentó el poder del veneno; se había sentido exaltada a sus propios ojos mientras se vio distinguida por su amor: ¿qué valor tenía ella ahora que él la despojaba de esa distinción? Había estado orgullosa de haberlo conquistado y conservado; pero otra se lo había ganado, y su exultación era tan fría como una brasa apagada por el agua.

Nosotros, ya retirados, permanecimos mucho tiempo en la ignorancia de su desgracia.

Poco después del festival, ella había mandado a buscar a su hijo, y entonces pareció habernos olvidado. Adrian observó un cambio durante una visita que les hizo después; pero no pudo calibrar su alcance ni adivinar la causa.

Aún aparecían en público juntos y vivían bajo el mismo techo. Raymond era tan cortés como de costumbre, aunque había en ocasiones una altivez involuntaria, o una brusquedad dolorosa en sus modales, que alarmaba a su tierno amigo; su frente no estaba nublada, pero el desdén se asomaba a sus labios y su voz era áspera.

Perdita era toda amabilidad y atención con su esposo; pero estaba callada y tristísima más allá de las palabras. Había adelgazado y en palidecido; y sus ojos se llenaban a menudo de lágrimas. A veces miraba a Raymond, como si dijera: «¡Que tenga que ser así!». En otras, su rostro expresaba: «Aun así, haré todo lo posible por hacerte feliz».

Pero Adrian leía con incertidumbre los rasgos de su rostro y podía equivocarse. Clara estaba siempre con ella, y parecía sentirse más a gusto cuando, en un rincón oscuro, podía sentarse tomando la mano de su hijo, silenciosa y solitaria. Aun así, Adrian era incapaz de adivinar la verdad; les suplicó que nos visitaran en Windsor, y ellos prometieron ir durante el mes siguiente.

Era mayo cuando llegaron: la estación había adornado los árboles del bosque con hojas, y sus senderos con mil flores. Tuvimos aviso de su intención el día anterior; y, temprano por la mañana, Perdita llegó con su hija.

Raymond no tardaría en seguirlas, dijo; lo habían retenido algunos asuntos. Según el relato de Adrian, yo había esperado encontrarla triste; pero, por el contrario, parecía de lo más animada: es verdad que había adelgazado, tenía los ojos algo hundidos y las mejillas cavadas, aunque teñidas de un brillante rubor.

Estaba encantada de vernos; acarició a nuestros hijos, alabó su crecimiento y mejora; Clara también se alegró de reencontrarse con su joven amigo Alfred; se iniciaron toda clase de juegos infantiles, a los que Perdita se sumó. Nos contagió su alegría y, mientras nos divertíamos en la Terraza del Castillo, parecía que no se habría podido reunir un grupo más feliz y menos abrumado por las preocupaciones.

«Esto es mejor, mamá —dijo Clara—, que estar en ese Londres sombrío, donde a menudo lloras y nunca rías como ahora».⁠—«Calla, pequeña tonta —respondió su madre—, y recuerda que cualquiera que mencione a Londres será castigado con una hora de silencio».

Poco después llegó Raymond. No se unió como de costumbre al espíritu juguetón de los demás; sino que, entablando conversación con Adrian y conmigo, poco a poco nos alejamos de nuestros compañeros, y solo Idris y Perdita se quedaron con los niños.

Raymond habló de sus nuevas construcciones; de su plan para una institución destinada a una mejor educación de los pobres; como de costumbre, Adrian y él entablaron una discusión, y el tiempo pasó desapercibido.

Nos reunimos de nuevo hacia el anochecer, e insistió Perdita en que recurriésemos a la música. Quería, según dijo, darnos una muestra de su nueva destreza; pues desde que estaba en Londres se había dedicado a la música, y cantaba sin mucha potencia, pero con gran dulzura.

No se nos permitió elegir ninguna melodía que no fuera alegre; y todas las óperas de Mozart fueron llamadas a filas, para que escogiéramos las más estimulantes de sus arias.

Entre los demás atributos transcendentales de la música de Mozart, posee, más que ninguna otra, el de parecer brotar del corazón; uno penetra en las pasiones expresadas por él, y se transporta de dolor, alegría, ira o confusión, según él, el dueño de nuestra alma, elige inspirar.

Durante algún tiempo se mantuvo el espíritu de hilaridad; pero, a la postre, Perdita se apartó del piano, pues Raymond se había unido al trío de «Taci ingiusto core», de Don Giovanni, cuyo pícaro ruego se vio suavizado por él hasta convertirse en ternura, y estremeció su corazón con recuerdos de un pasado mudado; era la misma voz, el mismo tono, los idénticos sonidos y palabras que a menudo antes ella había recibido como el homenaje del amor hacia ella⁠—ya no era eso; y esta concordancia de sonido con su disonancia de expresión la penetró de pesar y desesperación.

Poco después, Idris, que estaba al arpa, se volvió hacia aquella aria apasionada y doliente de Fígaro, «Porgi, amor, qualche ristoro», en la que la abandonada Condesa lamenta el cambio del infiel Almaviva. El alma de la tierno dolor exhala en esta melodía; y la dulce voz de Idris, sostenida por los acordes fúnebres de su instrumento, acentuaba la expresión de las palabras. Durante la patética súplica con la que concluye, un sollozo ahogado llamó nuestra atención hacia Perdita; el cese de la música la devolvió a la realidad, se apresuró a salir del salón; la seguí.

Al principio pareció desear rehuirme; y luego, cediendo a mis fervientes preguntas, se arrojó a mi cuello y lloró desconsoladamente: —Una vez más —exclamó—, una vez más sobre tu amistoso pecho, mi amado hermano, puede la perdida Perdita desahogar sus penas. Me había impuesto una ley de silencio y durante meses la he cumplido. Hago mal en llorar ahora, y peor aún en poner palabras a mi dolor. ¡No hablaré! ¡Baste para ti saber que soy miserable; baste para ti saber que el velo pintado de la vida está desgarrado, que me siento para siempre envuelta en tinieblas y penumbra, que el dolor es mi hermana y el lamento eterno mi compañero!

Me esforcé por consolarla; ¡no la interrogué!, sino que la acaricié, le aseguré mi más profundo afecto y mi intenso interés en los avatares de su fortuna:⁠—“Palabras queridas —exclamó—, expresiones de amor que llegan a mis oídos como los acordes recordados de una música olvidada que me fuera cara. Son vanas, lo sé; cuán vanas en su intento de calmarme o consolarme. Queridísimo Lionel, no puedes imaginar lo que he sufrido durante estos largos meses. He leído acerca de los dolientes de antaño, que se vestían con sayal, esparcían ceniza sobre sus cabezas, comían su pan mezclado con cenizas y fijaban su morada en las cumbres desoladas de las montañas, reprochando en voz alta al cielo y a la tierra sus desgracias. ¡Por qué esto es el colmo del lujo del dolor! así uno podría continuar día tras día ideando nuevas extravagancias, regodeándose en la parafernalia de la aflicción, desposado con todos los atavios de la desesperación. Ay, debo ocultar para siempre la desdicha que me consume. Debo tejer un velo de deslumbrante falsedad para ocultar mi pena de los ojos vulgares, alisar mi frente y pintar mis labios con sonrisas engañosas;⁠—incluso en la soledad no me atrevo a pensar cuán perdida estoy, no sea que enloquezca y delire”.

Las lágrimas y la agitación de mi pobre hermana la habían dejado incapaz de regresar al círculo que habíamos dejado; así que la persuadí de que me dejara llevarla a dar un paseo en coche por el parque; y, durante el trayecto, la induje a confíarme la historia de su infelicidad, imaginando que hablar de ello aligeraría su carga y teniendo la certeza de que, si existía un remedio, este sería hallado y asegurado para ella.

Habían transcurrido varias semanas desde el festival del aniversario, y le había sido imposible calmar su mente, o someter sus pensamientos a un curso regular.

A veces se reprochaba a sí misma el tomarse demasiado a pecho aquello que muchos considerarían un mal imaginario; pero este no era un asunto para la razón; e, ignorante como era de los motivos y la verdadera conducta de Raymond, las cosas adquirían para ella una apariencia aún peor de lo que la realidad justificaba.

Rara vez estaba en el palacio; nunca, a menos que tuviera la seguridad de que sus deberes públicos le impedirían quedarse a solas con Perdita.

Casi nunca se dirigían la palabra, evitando cualquier explicación, pues cada uno temía cualquier comunicación que el otro pudiera hacer.

De repente, sin embargo, los modales de Raymond cambiaron; parecía desear encontrar oportunidades para propiciar el retorno a la bondad y la intimidad con mi hermana. La marea de amor hacia ella parecía fluir de nuevo; jamás podía olvidar cómo en otro tiempo se había entregado a ella, haciendo de su persona el santuario y el cofre donde depositar cada pensamiento y cada sentimiento. La vergüenza parecía retenerlo; aun así, era evidente que deseaba restablecer la confianza y el afecto.

Desde el momento en que Perdita se hubo recuperado lo suficiente como para trazar un plan de acción, había ideado uno, que ahora se disponía a seguir.

Recibió estas muestras de amor renaciente con gentileza; no esquivó su compañía; pero se esforzó por interponer una barrera en el camino del trato familiar o de la dolorosa discusión, que un orgullo y una vergüenza mezclados impidieron que Raymond sorteara.

Empezó al fin a dar muestras de una impaciencia airada, y Perdita se dio cuenta de que el método que había adoptado no podía continuar; tenía que explicarse con él; no encontraba el valor para hablar⁠—y escribió lo siguiente:⁠—

“Lea esta carta con paciencia, se lo ruego. No contendrá reproches. El reproche es en verdad una palabra vana: pues, ¿de qué habría de reprocharle?

“Permítame explicarle mis sentimientos hasta cierto punto; sin eso, ambos andaremos a tientas en la oscuridad, malinterpretándonos el uno al otro; desviándonos del sendero que puede conducirnos, al menos a uno de nosotros, a un modo de vida más favorable que el que cualquiera de los dos ha llevado durante las últimas semanas.

“Lo amé⁠—lo amo⁠—ni la ira ni el orgullo dictan estas líneas; sino un sentimiento que va más allá, más profundo y más inalterable que ambos. Mis afectos están heridos; es imposible sanarlos:⁠—cese entonces el vano intento, si es que hacia ahí tienden sus esfuerzos. ¡Perdón! ¡Regreso! ¡Palabras vanas son estas! Perdono el dolor que soporto; pero el camino hollado no se puede desandar.

“El afecto común podría haberse conformado con los usos comunes. Creí que usted leía mi corazón y conocía su devoción, su inalienable fidelidad hacia usted. Nunca amé a nadie más que a usted. Usted vino como la imagen encarnada de mis sueños más queridos. La alabanza de los hombres, el poder y las altas aspiraciones acompañaron su carrera. El amor hacia usted envolvió el mundo para mí en una luz encantada; ya no era la tierra la que pisaba⁠—la tierra, madre común, que solo produce una repetición trillada y gastada de objetos y circunstancias viejos y ajados. Vivía en un templo glorificado por el más intenso sentido de devoción y éxtasis; caminaba, siendo un ser consagrado, contemplando únicamente su poder, su excelencia;

«La flor se ha desvanecido de mi vida»⁠—no hay mañana para esta noche que todo lo envuelve; no hay renacer para el sol poniente del amor. En aquellos días el resto del mundo no era nada para mí: todos los demás hombres⁠—nunca consideré ni sentí lo que eran; ni lo miré a usted como a uno de ellos. Separado de ellos; exaltado en mi corazón; único dueño de mis afectos; único objeto de mis esperanzas, la mejor mitad de mí misma.

“Ah, Raymond, ¿no fuimos felices? ¿Brilló el sol para alguien que pudiera disfrutar de su luz con una dicha más pura e intensa? No fue⁠—no es una infidelidad común de la que me lamento. Es la desunión de un todo que no puede tener partes; es la indiferencia con la que se ha despojado del manto de elección con el que para mí fue investido, y se ha convertido en uno más entre la multitud. No sueñe con alterar esto. ¿No es el amor una divinidad, porque es inmortal? ¿Acaso no me aparecía santificada, aun para mí misma, porque este amor tenía por templo mi corazón? Lo he mirado mientras dormía, conmovida hasta las lágrimas al llenarse mi mente con la idea de que todo lo que poseía yacía acunado en esos rasgos idolatrados, pero mortales, ante mí. Sin embargo, aun entonces, he reprimido temores acuciantes con un solo pensamiento; no temería a la muerte, pues las emociones que nos unían debían ser inmortales.

“Y ahora no temo a la muerte. Me complacería cerrar los ojos para no volver a abrirlos jamás. Y, sin embargo, la temo; así como temo a todas las cosas; pues en cualquier estado del ser unido por la cadena de la memoria a este, la felicidad no regresaría⁠—incluso en el Paraíso, debo sentir que su amor fue menos duradero que los latidos mortales de mi frágil corazón, cada uno de cuyos pulsos marca el tiempo audiblemente,

No⁠—no⁠—¡infeliz de mí!; ¡pues para el amor extinto no hay resurrección!

“Sin embargo, lo amo. Aún hoy, y para siempre, contribuiría con todo lo que poseo para su bienestar. Por causa de un mundo chismoso; por el bien de mi⁠—de nuestra hija, permanecería a su lado, Raymond, compartiría sus fortunas, participaría de sus consejos. ¿Ha de ser así? Ya no somos amantes; ni puedo llamarme amiga de nadie; puesto que, perdida como estoy, no me queda ningún pensamiento que sustraer de mi propio y apesadumbrado ser que me absorbe. ¡Pero me complacerá verlo todos los días!; escuchar la voz pública que lo alienta; mantener vivo su amor paternal por nuestra niña; oír su voz; saber que estoy cerca de usted, aunque ya no sea mío.

“Si desea romper las cadenas que nos atan, diga una sola palabra y se hará⁠—cargaré con toda la culpa ante los ojos del mundo, de dureza o falta de afecto.

“Sin embargo, como he dicho, me complacería más, al menos por el presente, vivir bajo el mismo techo con usted. Cuando la fiebre de mi joven vida se extinga; cuando la vejez apacible dome al buitre que me devora, la amistad podrá llegar, estando muertos el amor y la esperanza. ¿Puede ser esto verdad? ¿Puede mi alma, unida inextricablemente a este marco perecedero, volverse letárgica y fría, así como este mecanismo sensitivo perderá la elasticidad de su juventud? Entonces, con ojos sin brillo, cabellos grises y frente arrugada, aunque ahora las palabras suenen huecas y sin sentido, entonces, tambaleándome al borde mismo del abismo, podré ser⁠— su afectuosa y fiel amiga,

La respuesta de Raymond fue breve. ¿Qué podía responderle en verdad a sus quejas, a sus pesares, de los cuales ella se rodeaba celosamente y con palidez, apartando cualquier idea de remedio?

«A pesar de tu amarga carta —escribió—, pues amarga debo llamarla, eres la persona más importante en mi consideración, y es tu felicidad lo que principalmente deseo consultar. Haz lo que te parezca mejor; y si puedes recibir satisfacción de un modo de vida con preferencia a otro, no dejes que yo sea ningún obstáculo. Preveo que el plan que trazas en tu carta no durará mucho; pero eres dueña de ti misma, y es mi sincero deseo contribuir a tu felicidad hasta donde me lo permitas».

—Raymond ha profetizado bien —dijo Perdita—; ¡ay, que así sea! Nuestro actual modo de vida no puede durar mucho, mas no seré yo la primera en proponer un cambio. Él ve en mí a alguien a quien ha agraviado incluso hasta la muerte; y no abrigo esperanza alguna en su bondad; ningún cambio podrá producirse jamás ni siquiera por medio de sus mejores intenciones. Tan pronto habría podido Cleopatra lucir como adorno el vinagre que contenía su perla disuelta, como yo conformarme con el amor que Raymond puede ofrecertextAppearance ahora.

Confieso que no vi su desgracia con los mismos ojos que Perdita. Al menos me figuraba que la herida podía sanar; y, si permanecían juntos, así sería. Me esforcé, por tanto, en calmar y suavizar su ánimo; y solo después de muchos intentos abandoné la tarea por impracticable.

Perdita me escuchó con impaciencia y respondió con cierta aspereza:⁠—¿Crees que alguno de tus argumentos es nuevo para mí? ¿O que mis propios deseos ardientes y mi profunda angustia no me los han sugerido mil veces, con mucha más vehemencia y sutileza de la que tú puedes poner en ellos? Lionel, no puedes entender lo que es el amor de una mujer.

En los días de felicidad me he repetido a menudo a mí misma, con corazón agradecido y espíritu jubiloso, todo lo que Raymond sacrificó por mí. Yo era una muchacha de la montaña pobre, inculta y desamparada, sacada de la nada por él.

Todo lo que poseía de los lujos de la vida provenía de él. Él me dio un nombre ilustre y una noble posición; el respeto del mundo reflejado desde su propia gloria: todo esto, unido a su amor eterno, me inspiró sentimientos hacia él similares a aquellos con los que consideramos al Dador de la vida.

Le di solo amor. Me consagré a él: imperfecta criatura como era, me impuse exigencias para poder llegar a ser digna de él.

Vigilé mi carácter impetuoso, reprimí mi ardiente impaciencia, discipliné mis pensamientos absorbentes, educándome hasta alcanzar la mejor perfección posible para que el fruto de mis esfuerzos fuera su felicidad.

No me atribuí ningún mérito por ello. Él lo merecía todo⁠—todo esfuerzo, toda devoción, todo sacrificio; habría escalado un empinado Alpes imposible de conquistar para arrancarle una flor que le agradara.

Estaba dispuesta a abandonaros a todos, mis amados y talentosos compañeros, y a vivir solo con él, para él. No podía haber hecho otra cosa, ni aunque lo hubiera deseado; pues si se dice que tenemos dos almas, él era mi alma superior, de la cual la otra era una esclava perpetua.

Una sola retribución me debía, aun la fidelidad. Me la gané; la merecía. ¿Por qué, por haber crecido en las montañas, sin alianzas con la nobleza y la riqueza, habrá de pensar en pagarme con un título y una posición vacíos? Que se los lleve de vuelta; sin su amor no significan nada para mi. Su único mérito a mis ojos era que eran suyos.

Así, con pasión, continuó Perdita. Cuando aludí a la cuestión de su separación definitiva, ella respondió:

«¡Que así sea! Algún día llegará el plazo; lo sé y lo siento. Pero en esto soy una cobarde. Esta compañía imperfecta y nuestra farsa de unión me son extrañamente caras. Es doloroso, lo reconozco, destructivo, impracticable. Mantiene una fiebre perpetua en mis venas; irrita mi herida incurable; está pleno de veneno. Sin embargo, debo aferrarme a él; tal vez me mate pronto y cumpla así una benéfica labor».

Entre tanto, Raymond se había quedado con Adrian e Idris. Era franco por naturaleza; la continua ausencia de Perdita y mía se volvió notable; y Raymond pronto halló alivio a la tensión de meses mediante una confianza abierta con sus dos amigos.

Les relató la situación en la que había hallado a Evadne. Al principio, por delicadeza hacia Adrian, ocultó su nombre; pero este se reveló en el curso de su relato, y el antiguo amante de ella escuchó con la más aguda agitación la historia de sus sufrimientos.

Idris había compartido la mala opinión que Perdita tenía de la griega; pero el relato de Raymond la ablandó y despertó su interés. La constancia, la fortaleza, incluso el desdichado e desordenado amor de Evadne, fueron motivo de admiración y piedad; sobre todo cuando, a partir del detalle de los acontecimientos del diecinueve de octubre, resultó evidente que ella prefería el sufrimiento y la muerte a cualquier solicitud, a sus ojos degradante, de la compasión y la ayuda de su amante.

Su conducta posterior no disminuyó este interés. Al principio, librada del hambre y de la tumba, vigilada por Raymond con la más tierna asiduidad, con esa sensación de reposo propia de la convalecencia, Evadne se entregó a una gratitud y un amor arrebatadores.

Pero la reflexión regresó con la salud. Le interrogó acerca de los motivos que habían ocasionado su crucial ausencia. Formuló sus preguntas con sutileza griega; extrajo sus conclusiones con la decisión y la firmeza propias de su carácter. No alcanzaba a adivinar que la brecha que ella había provocado entre Raymond y Perdita era ya irreparable; pero sabía que, bajo el sistema actual, esta se ensancharía cada día, y que su resultado debía ser destruir la felicidad de su amante e implantar los colmillos del remordimiento en su corazón.

Desde el momento en que percibió la línea de conducta correcta, resolvió adoptarla y separarse de Raymond para siempre.

Pasiones en conflicto, amor acariciado durante tanto tiempo y desengaño autoinfligido, le hacían considerar la muerte como el único refugio suficiente para su aflicción.

Pero los mismos sentimientos y opiniones que antes la habían retenido, actuaron con fuerza redoblada; pues sabía que la idea de que él había causado su muerte perseguiría a Raymond durante toda su vida, envenenando cada disfrute, nublando cada perspectiva.

Además, aunque la violencia de su angustia hacía que la vida le resultara aborrecible, aún no había producido ese sentido monótono y letárgico de miseria inmutable que por lo general provoca el suicidio.

  • Su energía de carácter la impulsaba a seguir combatiendo contra los males de la vida; incluso aquellos inherentes al amor sin esperanza se le presentaban más bien bajo la forma de un adversario al que debía vencer, que de un vencedor ante el cual tuviera que rendirse.
  • Además, conservaba recuerdos de ternura pasada que atesorar, sonrisas, palabras y hasta lágrimas que repasar, las cuales, aunque recordadas en el abandono y la tristeza, eran preferibles al olvido de la tumba.

Era imposible adivinar el alcance total de su plan. Su carta a Raymond no daba ninguna pista para descubrirla; le aseguraba que no corría peligro de carecer de los medios de subsistencia; le prometía en ella conservarse a salvo y algún día futuro tal vez presentarse ante él en una posición no indigna de ella. Luego le dio, con la elocuencia de la desesperación y de un amor inalterable, un último adiós.

Todas estas circunstancias fueron contadas ahora a Adrián e Idris.

Raymond lamentó entonces el mal sin remedio de su situación con Perdita. Declaró, a pesar de la dureza de ella, que incluso tachó de frialdad, que la amaba. Una vez había estado dispuesto, con la humildad de un penitente y el deber de un vasallo, a entregarse a ella; cediendo su propia alma a su tutela, para convertirse en su discípulo, su esclavo, su siervo.

Ella había rechazado estos ofrecimientos; y el tiempo para semejante sumisión desbordante, que debe fundarse en el amor y nutrirse de él, ya había pasado.

Aun así, todos sus deseos y esfuerzos se dirigían hacia la paz de ella, y su principal malestar surgía de la percepción de que se esforzaba en vano. Si ella iba a continuar inflexible en la línea de conducta que ahora seguía, tendrían que separarse.

Las combinaciones y ocurrencias de este insensato modo de relación lo enloquecían. Sin embargo, no proponía la separación. Le perseguía el temor de causar la muerte de uno u otro de los seres implicados en estos acontecimientos; y no lograba persuadirse a sí mismo de emprender la dirección del curso de los hechos, no fuera a ser que, ignorante del terreno que atravesaba, condujera a quienes iban unidos al carro hacia una ruina sin remedio.

Tras una discusión sobre este asunto, que duró varias horas, se despidió de sus amigos y regresó a la ciudad, reacio a encontrarse con Perdita ante nosotros, consciente, como todos debíamos estarlo, de los pensamientos que predominaban en la mente de ambos. Perdita se dispuso a seguirlo con su hijo. Idris intentó persuadirla para que se quedara. Mi pobre hermana miró al consejero con espanto. Sabía que Raymond había hablado con ella; ¿había instigado él esta petición?, ¿iba a ser este el preludio de su separación eterna? He dicho que los defectos de su carácter despertaron y cobraron fuerza debido a su posición antinatural. Miró con sospecha la invitación de Idris; me abrazó, como si estuviera a punto de verse privada también de mi cariño; llamándome su más que hermano, su único amigo, su última esperanza, me suplicó patéticamente que no dejara de amarla; y con una ansiedad creciente partió hacia Londres, el escenario y la causa de toda su desgracia.

Las escenas que siguieron la convencieron de que aún no había sondearon el oscuro abismo en el que se había precipitado.

Su infelicidad adoptaba cada día una forma nueva; cada día algún acontecimiento inesperado parecía cerrar, cuando en realidad impulsaba hacia adelante, la cadena de calamidades que ahora la abatía.

La pasión elegida del alma de Raymond era la ambición. La presteza de talento, la capacidad de comprender y guiar las disposiciones de los hombres, y un ferviente deseo de distinción fueron los despertadores y nodrizas de su ambición.

Pero otros ingredientes se mezclaban con estos y le impedían convertirse en el personaje calculador y determinado que por sí solo conforma a un héroe exitoso.

Era obstinado, mas no firme; benevolente en sus primeros impulsos; duro e imprudente al ser provocado. Por encima de todo, era despiadado e inflexible en la persecución de cualquier objeto de deseo, por ilegal que fuera.

El amor al placer y las más tiernas sensibilidades de nuestra naturaleza conformaban una parte destacada de su carácter, conquistando al conquistador; deteniéndolo en el momento de la posesión; barriendo la red de la ambición; haciéndole olvidar la fatiga de semanas en aras de un instante de complacencia con el objeto nuevo y real de sus deseos.

Obedeciendo a estos impulsos, se había convertido en esposo de Perdita; aguijoneado por ellos, se hallaba siendo amante de Evadne. Ahora las había perdido a ambas.

No le consolaba la ennoblecedora autocomplacencia que inspira la constancia, ni el voluptuoso sentimiento de abandono a una pasión prohibida, pero embriagadora.

Su corazón estaba agotado por los recientes acontecimientos; su goce de la vida había quedado destruido por el resentimiento de Perdita y la huida de Evadne; y la inflexibilidad de la primera puso el sello definitivo a la aniquilación de sus esperanzas.

Mientras su desunión permaneció en secreto, él acarició la esperanza de reavivar en su pecho la ternura del pasado; ahora que todos estábamos al tanto de estos acontecimientos, y que Perdita, al declarar sus propósitos a los demás, se había comprometido en cierto modo a cumplirlos, abandonó la idea de la reconciliación por considerarla inútil, y buscó únicamente, ya que era incapaz de influir en ella para que cambiara, reconciliarse con el estado actual de las cosas.

Hizo un juramento en contra del amor y de su cortejo de luchas, desengaños y remordimientos, y buscó en el mero goce sensual un remedio para los dañinos estragos de la pasión.

El degrado del carácter es el seguidor seguro de tales ocupaciones. Sin embargo, esta consecuencia no habría sido inmediatamente notable si Raymond hubiera continuado aplicándose a la ejecución de sus planes en beneficio público y al cumplimiento de sus deberes como Protector.

Pero, extremo en todas las cosas, entregado a las impresiones inmediatas, se adentró con ardor en esta nueva búsqueda del placer y siguió sin reflexión ni previsión las incongruentes intimidades ocasionadas por ella.

  • La sala del consejo fue abandonada; las multitudes que lo acompañaban como agentes de sus diversos proyectos fueron descuidadas.
  • La festividad, y aun el libertinaje, se convirtieron en la orden del día.

Perdita contempló con espanto el creciente desorden. Por un momento pensó que podía contener el torrente, y que se podía persuadir a Raymond para que entrara en razón con ella.⁠—¡Vana esperanza! El momento de su influencia había pasado. Él la escuchó con altivez, respondió con desdén; y si, a decir verdad, ella lograba despertar su conciencia, el único efecto era que él buscaba un opiáceo para el dolor en el jolgorio del olvido. Con la energía que le era natural, Perdita intentó entonces suplantarlo. Su unión, aún aparente, le permitía hacer mucho; pero ninguna mujer podría, a la postre, poner remedio a la creciente negligencia del Protector; quien, como si estuviera preso de un paroxismo de locura, pisoteara toda ceremonia, todo orden, todo deber, y se entregara al libertinaje.

Los informes de estos extraños acontecimientos llegaron a nuestros oídos, y no sabíamos qué método adoptar para devolver nuestro amigo a sí mismo y a su patria, cuando Perdita apareció de repente entre nosotros. Relató el avance de aquel lúgubre cambio y nos suplicó, tanto a Adrián como a mí, que fuéramos a Londres y tratáramos de remediar el creciente mal: —«Decidle —exclamó—, decidle a lord Raymond que mi presencia ya no le molestará más. Que no necesita sumergirse en esta disipación destructiva con el propósito de causarme repugnancia y obligarme a huir. Ese objetivo ya está cumplido; no volverá a verme nunca. Pero permitidme, es mi última súplica, permitidme que, en las alabanzas de sus compatriotas y en la prosperidad de Inglaterra, encuentre la justificación de la elección de mi juventud».

Durante nuestro trayecto hacia la ciudad, Adrián y yo discutimos y debatimos sobre la conducta de Raymond, y su alejamiento de las esperanzas de excelencia permanente que antes nos había dado motivos para albergar. Mi amigo y yo nos habíamos educado en la misma escuela, o más bien yo había sido su discípulo en la opinión de que la adhesión firme a los principios era el único camino hacia el honor; y la observancia incesante de las leyes de la utilidad general, el único objetivo consciente de la ambición humana. Pero, aunque ambos abrigábamos estas ideas, diferíamos en su aplicación. El resentimiento también añadía un aguijón a mi censura, y reprobé la conducta de Raymond en términos severos. Adrián fue más benigno, más considerado. Admitió que los principios que yo establecía eran los mejores; pero negó que fuesen los únicos. Citando el texto de que en la casa de mi padre hay muchas moradas, insistía en que los modos de volverse bueno o grande variaban tanto como las disposiciones de los hombres, de quienes se podía decir, como de las hojas del bosque, que no había dos iguales.

Llegamos a Londres cerca de las once de la noche. Conjeturábamos, a pesar de lo que habíamos oído, que encontraríamos a Raymond en St. Stephen’s: hacia allí nos dirigimos a toda prisa.

La sala estaba llena, pero no había Protector; y en los rostros de los líderes se manifestaba un descontento austero, así como un susurro y un parloteo atareado entre los subordinados, no menos ominoso.

Nos apresuramos al palacio del Protectorado. Encontramos a Raymond en su comedor con otros seis: la botella corría alegremente de mano en mano y había mermado considerablemente el juicio de uno u otro. Quien se sentaba cerca de Raymond contaba una historia que convulsionaba al resto con risas.

Raymond se sentó entre ellos, aunque, al tiempo que participaba del espíritu del momento, su dignidad natural nunca lo abandonaba. Estaba alegre, juguetón, fascinante, pero jamás, ni en sus ocurrencias más desaforadas, rebasaba la modestia de la naturaleza ni el respeto que se debía a sí mismo.

Aun así, confieso que, considerando la tarea que Raymond había asumido como Protector de Inglaterra y los cuidados a los que debía atender, me indignaba enormemente observar a los sujetos sin valor en los que desperdiciaba su tiempo y el espíritu jovial, por no decir ebrio, que parecía estar a punto de arrebatarle su mejor faceta.

Me quedé observando la escena, mientras Adrian se deslizaba como una sombra entre ellos y, con una palabra y una mirada de sobriedad, se esforzaba por restablecer el orden en la asamblea. Raymond expresó su alegría al verlo y declaró que debía unirse al festejo de la noche.

Esta acción de Adrián me provocó. Me indignaba que se sentara a la misma mesa con los compañeros de Raymond, hombres de costumbres depravadas, o más bien sin ninguna, la escoria del lujo aristocrático, la vergüenza de su país. —Te suplico, Adrián —exclamé—, que no cedas: únete más bien a mí en el empeño de apartar a lord Raymond de este escenario y devolverlo a otra compañía.

—Mi buen amigo —dijo Raymond—, este no es ni el momento ni el lugar para impartir una lección moral: créeme cuando te digo que mis diversiones y mis compañías no son tan malas como imaginas. No somos ni hipócritas ni necios; por lo demás, «¿Crees que por ser tú virtuoso, ya no va a haber más pan y cerveza?».

Me volví con enojo:

«Verney —dijo Adrián—, eres muy cínico: siéntate; o si no lo haces, tal vez, ya que no eres un visitante frecuente, lord Raymond te complazca y nos acompañe, tal como habíamos acordado previamente, al Parlamento».

Raymond lo miró fijamente; solo pudo leer benevolencia en sus suaves facciones; se volvió hacia mí, observando con desdén mi semblante huraño y severo. —Vamos —dijo Adrián—, he respondido por ti, permíteme cumplir mi compromiso. Ven con nosotros.⁠—Raymond hizo un movimiento inquieto y respondió lacónicamente:⁠—¡No iré!

La fiesta entretanto había terminado. Miraron los cuadros, pasearon por los demás aposentos, hablaron de billar y uno a uno se fueron esfumando.

Raymond se paseaba de un lado a otro de la habitación con aire irritado. Yo me quedé preparado para recibir y responder a sus reproches. Adrian se recostó contra la pared.

«Esto es infinitamente ridículo —exclamó—; si fuerais escolares, no podríais portaros de forma más insensata».

—No comprendéis —dijo Raymond—; esto no es más que parte de un sistema: un plan de tiranía al que jamás me someteré. Por ser Protector de Inglaterra, ¿he de ser el único esclavo en su imperio? ¿Mi privacidad invadida, mis acciones censuradas, mis amigos insultados? Pero me desharé de todo ello de una vez por todas. Sed testigos —y se quitó del pecho la estrella, insignia de su cargo, y la arrojó sobre la mesa—. ¡Renuncio a mi cargo, abdico de mi poder; que lo asuma quien quiera!

—Que lo asuma —exclamó Adrián—, aquel que pueda declararse a sí mismo, o a quien el mundo declare, vuestro superior. No existe en Inglaterra hombre con la presunción adecuada. Conócete a ti mismo, Raymond, y cesará tu indignación; tu satisfacción regresará. Hace unos meses, siempre que rezábamos por la prosperidad de nuestro país, o por la nuestra propia, rezábamos al mismo tiempo por la vida y el bienestar del Protector, como indisolublemente unidos a ella. Tus horas estaban dedicadas a nuestro beneficio, tu ambición era obtener nuestra alabanza. Decoraste nuestras ciudades con edificios, nos otorgaste establecimientos útiles, dotaste a la tierra de una fertilidad abundante. Los poderosos e injustos se acobardaban a los pies de tu tribunal, y los pobres y oprimidos se alzaban como flores despertadas por la aurora bajo la luz del sol de tu protección.

“¿Puedes extrañarte de que estemos todos consternados y de luto, cuando esto se ve cambiado? Pero, vamos, este ataque de melancolía ya ha pasado; reanuda tus funciones; tus partidarios te aclamarán; tus enemigos callarán; nuestro amor, honor y deber volverán a manifestarse hacia ti. Domínate, Raymond, y el mundo estará sujeto a ti”.

—Todo esto tendría mucho sentido si se dirigiera a otro —respondió Raymond, con mal humor—; apréndete tú la lección, y tú, el primer par del reino, podrás convertirte en su soberano. Tú, el bueno, el sabio, el justo, puedes gobernar todos los corazones. Pero advierto, demasiado pronto para mi propia felicidad, demasiado tarde para el bien de Inglaterra, que emprendí una tarea para la cual no estoy capacitado. No puedo gobernarme a mí mismo. Mis pasiones son mis dueñas; mi más pequeño impulso, mi tirano. ¿Crees que renuncié al Protectorado (y he renunciado a él) en un ataque de mal humor? Por el Dios que vive, juro no volver a tomar jamás ese cascabel; no volver a cargar jamás con el peso de la pena y la miseria, de las cuales ese es el signo visible.

“Una vez deseé ser rey. Fue en la flor de la juventud, en el orgullo de la necedad propia de los muchachos. Me conocí a mí mismo cuando lo renuncié. Lo renuncié para ganar —no importa qué—, pues eso también lo he perdido. Durante muchos meses me he sometido a esta majestad fingida—a esta solemne burla. No soy más su engaño. Seré libre.

“He perdido aquello que adornaba y dignificaba mi vida; aquello que me unía a los demás hombres. De nuevo soy un hombre solitario; y volveré a ser, como en mis primeros años, un errante, un soldado de fortuna. Amigos míos —pues siento que ustedes, Verney, son mis amigos—, no se esfuercen por quebrantar mi decisión.

Perdita, entregada a una fantasía, indiferente a lo que hay más allá del velo, cuya condición es en verdad falaz y ruin, me ha repudiado. Con ella era bastante lindo representar el papel de un soberano; y, así como en los recesos de su amado bosque interpretábamos mascaradas y nos imaginábamos pastores arcadios para complacer el capricho del momento, así estuve contento, más por el bien de Perdita que por el mío propio, de asumir el carácter de uno de los grandes de la tierra; de conducirla tras bambalinas de la grandeza, de variar su vida con un breve acto de magnificencia y poder.

Este debía ser el colorido; el amor y la confianza, la sustancia de nuestra existencia. Pero debemos vivir, no representar nuestras vidas; persiguiendo la sombra, perdí la realidad; ahora renuncio a ambas.

“Adrian, estoy a punto de regresar a Grecia, para volver a ser un soldado, tal vez un conquistador.

¿Me acompañarás?

Contemplarás nuevos paisajes; verás un pueblo nuevo; serás testigo de la poderosa lucha que allí se libra entre la civilización y la barbarie; contemplarás, y tal vez dirigirás, los esfuerzos de una población joven y vigorosa, por la libertad y el orden.

Ven conmigo. Te he esperado. He aguardado este momento; todo está preparado;⁠—¿me acompañarás?”

—Lo haré —respondió Adrián—. ¿Inmediatamente?

“Mañana, si le parece”.

—¡Reflexiona! —grité.

—¿Por qué? —preguntó Raymond⁠—. Mi querido amigo, no he hecho otra cosa que reflexionar sobre este paso durante todo el verano, y ten la seguridad de que Adrian ha condensado una era de reflexión en este pequeño momento. No me hables de reflexión; a partir de este instante la abjuro; este es mi único momento feliz en un largo intervalo de tiempo. Deben marcharme, Lionel⁠—; los dioses lo quieren, y debo hacerlo. No intentes privarme de mi compañero, el amigo del paria.

“Una palabra más acerca de la desconsiderada, de la injusta Perdita.

Durante un tiempo pensé que, al acechar un momento propicio, avivando las cenizas aún tibias, podría reavivar en ella la llama del amor. Hay en su interior más frialdad que en un fuego dejado por los gitanos en invierno, cuyas ascuas extintas están coronadas por una pirámide de nieve.

Luego, al esforzarme por violentar mi propia disposición, lo empeoré todo más que antes.

Aun así creo que el tiempo, e incluso la ausencia, pueden devolvérmela. Recuerda que todavía la amo, que mi mayor esperanza es que vuelva a ser mía.

Sé, aunque ella no lo sepa, cuán falso es el velo que ha extendido sobre la realidad; no te esfuerces en desgarrar este velo engañoso, sino retíralo gradualmente. Preséntale un espejo en el que pueda conocerse a sí misma; y, cuando sea una experta en esa ciencia tan necesaria como difícil, se extrañará de su error actual y se apresurará a devolverme lo que por derecho es mío: su perdón, sus buenos pensamientos, su amor”.

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