Me dirigí a Windsor, pero no con la intención de permanecer allí. Fui tan solo para obtener el consentimiento de Idris, y luego regresar y ocupar mi puesto junto a mi incomparable amigo; para compartir sus fatigas y salvarlo, si así hubiere de ser, a costa de mi vida. Con todo, temía presenciar la angustia que mi resolución pudiera suscitar en Idris. Le había jurado a mi propio corazón no enturbiar su rostro ni con un pesar pasajero, ¿y acaso iba a mostrarme reacio en la hora de mayor necesidad? Había comenzado mi viaje con ansiosa premura; ahora deseaba prolongarlo a lo largo de los días y los meses. Anhelaba evitar la necesidad de la acción; me esforzaba por huir del pensamiento —en vano—, el porvenir, como una oscura imagen en una fantasmagoría, se acercaba cada vez más, hasta abrazar la tierra entera en su sombra.
Una ligera circunstancia me indujo a alterar mi ruta habitual, y a regresar a casa por Egham y Bishopgate. Me bajé en la antigua morada de Perdita, su cabaña; y, enviando el carruaje por delante, decidí cruzar el parque a pie hasta el castillo. Este lugar, consagrado a los más dulces recuerdos, la casa abandonada y el jardín descuidado eran muy idóneos para alimentar mi melancolía.
En nuestros días más felices, Perdita había adornado su cabaña con toda la ayuda que el arte podía aportar a aquello que la naturaleza había elegido favorecer. Con ese mismo espíritu de exageración, a raíz de su separación de Raymond, había hecho que la descuidaran por completo. Ahora estaba en ruinas: los ciervos habían saltado las empalizadas rotas y reposaban entre las flores; la hierba crecía en el umbral, y la ventana oscilante, crujiendo al viento, daba señal de un abandono total.
El cielo era azul en lo alto, y el aire estaba impregnado de fragancia por las raras flores que crecían entre las malas hierbas. Los árboles se mecían por encima, despertando la melodía favorita de la naturaleza, pero el aspecto melancólico de los senderos ahogados y los arriates llenos de maleza empañaba incluso esta alegre escena veraniega.
El tiempo en que, con orgullosa y feliz seguridad, nos reuníamos en esta cabaña había pasado; pronto las horas presentes se unirían a las pretéritas, y las sombras de las futuras surgían oscuras y amenazantes del vientre del tiempo, su cuna y su atúd. Por primera vez en mi vida envidié el sueño de los muertos, y pensé con agrado en la cama de uno bajo el césped, donde el dolor y el miedo no tienen poder.
Crucé la brecha de la empalizada rota; sentí, al tiempo que los desdeñaba, los nudos en la garganta y las lágrimas; me adentré precipitadamente en las profundidades del bosque.
¡Oh muerte y mudanza, gobernantes de nuestra vida, dónde estáis para que pueda luchar cuerpo a cuerpo con vosotras! ¿Qué había en nuestra tranquilidad que despertara vuestra envidia, en nuestra felicidad, para que la destruyerais? Éramos felices, amantes y amados; el cuerno de Amaltea no contenía ninguna bendición que no se hubiera derramado sobre nosotros, mas, ¡ay!
la fortuna deidad barbara importuna, oy cadaver y ayer flor, no permanece jamas!
Mientras vagaba así meditando, pasaron junto a mí varios campesinos. Parecían absortos en sus propias preocupaciones, y algunas palabras de su conversación que llegaron a mis oídos me indujeron a acercarme y hacerles más preguntas.
Un grupo de personas que huía de Londres, como era frecuente en aquellos días, había remontado el Támpico en una barca. Nadie en Windsor quiso darles refugio; así que, avanzando un poco más, pasaron toda la noche en una choza abandonada cerca de Boulter’s Lock. Continuaron su camino a la mañana siguiente, dejando atrás a uno de sus compañeros, enfermo de peste.
Una vez difundida esta circunstancia, nadie se atrevía a acercarse a menos de media milla del vecindario infectado, y el desgraciado abandonado fue dejado a su suerte para luchar contra la enfermedad y la muerte en la soledad, lo mejor que pudo. La compasión me impulsó a darme prisa hacia la choza, con el propósito de averiguar su situación y atender a sus necesidades.
A medida que avanzaba, me encontré con grupos de campesinos que hablaban con fervor de este acontecimiento: por muy lejos que estuvieran del contagio temido, el miedo se reflejaba en todos los rostros.
Pasé junto a un grupo de estos alarmados lugareños, en un sendero que iba directo a la choza. Uno de ellos me detuvo y, suponiendo que yo ignoraba el suceso, me advirtió que no siguiera adelante, pues a poca distancia se encontraba una persona infectada.
—Lo sé —repliqué—, y voy a ver en qué estado se encuentra el pobre hombre.
Un murmullo de sorpresa y horror recorrió la asamblea. Continué:—«Este pobre desgraciado está abandonado, muriéndose, sin socorro; en estos tiempos infelices, Dios sabe cuán pronto cualquiera de nosotros, o todos nosotros, podamos encontrarnos en igual necesidad. Voy a hacer según me gustaría que hiciesen conmigo».
“Pero nunca podrás volver al Castillo—lady Idris—sus hijos—” fueron las palabras que, en un discurso confuso, llegaron a mis oídos.
«¿No sabéis, amigos míos —dije—, que el propio conde, ahora lord protector, visita a diario, no solo a los probablemente infectados por esta enfermedad, sino también los hospitales y lazaretos, acercándose e incluso tocando a los enfermos? Y sin embargo, jamás ha gozado de mejor salud. Os equivocaćis por completo en cuanto a la naturaleza de la peste; pero no temáis, no os pido a ninguno que me acompañéis, ni que me creáis, hasta que regrese sano y salvo de junto a mi paciente».
Así que los dejé y me apresuré a seguir. Pronto llegué a la choza: la puerta estaba entreabierta. Entré, y una sola mirada me aseguró que su anterior morador ya no existía; yacía sobre un montón de paja, frío y tieso; mientras una efluvios perniciosos llenaban la estancia, y varias manchas y marcas servían para mostrar la virulencia del trastorno.
Jamás antes había visto a alguien muerto por la peste. Mientras todas las mentes estaban consternadas por sus efectos, el anhelo de emociones fuertes nos había llevado a leer el relato de Defoe y las magistrales descripciones del autor de Arthur Mervyn. Los cuadros trazados en estos libros eran tan vívidos que nos parecía haber experimentado los resultados en ellos descritos.
Pero frías eran las sensaciones suscitadas por las palabras —por ardientes que fuesen— al describir la muerte y la miseria de miles, en comparación con lo que sentí al contemplar el cadáver de este infeliz desconocido. Esto era, en verdad, la peste.
Alzaba sus miembros rígidos, observaba la distorsión de su rostro y sus ojos pétreos devueltos a la insensibilidad. Mientras estaba así ocupado, un escalofrío de horror congeló mi sangre, haciendo que mi carne temblara y que se me pusieran los pelos de punta.
Medio demente, le hablé al muerto.
«Así que la peste te mató —murmuré—. ¿Cómo ocurrió esto? ¿Fue dolorosa la llegada? Tienes el aspecto de que el enemigo te hubiera torturado antes de asesinarte».
Y entonces me incorporé precipitadamente y huí de la choza, antes de que la naturaleza pudiera revocar sus leyes y de los labios del difunto brotaran palabras inorgánicas como respuesta.
Al regresar por el sendero, vi a lo lejos la misma muchedumbre de personas que había dejado. Se dispersaron apresuradamente en cuanto me vieron; mi aspecto agitado aumentaba su temor de acercarse a alguien que había cruzado el umbral del contagio.
A distancia de los hechos se sacan conclusiones que parecen infalibles, las cuales, sin embargo, al ser puestas a prueba por la realidad, se desvanecen como sueños irrisorios.
Yo me había burlado de los temores de mis compatriotas cuando se los contaban a otros; ahora que me afectaban de cerca, me detuve. Sentí que se había cruzado el Rubicón, y me convenía reflexionar bien sobre lo que debía hacer en este lado de la enfermedad y el peligro.
Según la superstición vulgar, mis ropas, mi persona, el aire que respiraba, llevaban en sí un peligro mortal para mí y para los demás. ¿Debía regresar al Castillo, con mi esposa y mis hijos, con esta mancha sobre mí? Ciertamente no si estuviera infectado; pero me sentía seguro de no estarlo —unas pocas horas determinarían la cuestión—, pasaría esas horas en el bosque, reflexionando sobre lo que estaba por venir y cuáles habrían de ser mis acciones futuras.
En el sentimiento que me comunicó la visión de alguien abatido por la peste, olvidé los acontecimientos que tan fuertemente me habían entusiasmado en Londres; nuevas y más dolorosas perspectivas se despejaron gradualmente de la niebla que hasta entonces las había ocultado. La cuestión ya no era si debía compartir las fatigas y el peligro de Adrian; sino de qué manera podría, en Windsor y sus alrededores, imitar la prudencia y el celo que, bajo su gobierno, produjeron orden y abundancia en Londres, y cómo, ahora que la peste se había extendido más ampliamente, podía asegurar la salud de mi propia familia.
Extendí la tierra entera como un mapa ante mí. Sobre ningún punto de su superficie pude poner el dedo y decir: aquí hay seguridad. En el sur, la enfermedad, virulenta e incurable, casi había aniquilado a la raza humana; la tormenta y la inundación, los vientos venenosos y las plagas colmaban la medida del sufrimiento. En el norte era peor: la escasa población declinaba gradualmente, y el hambre y la peste vigilaban a los supervivientes, quienes, desvalidos y débiles, estaban listos para caer como presa fácil en sus manos.
Reduje mi visión a Inglaterra. La metrópoli desbordada, el gran corazón de la poderosa Bretaña, estaba sin pulso. El comercio había cesado. Todo centro de ambición o placer estaba clausurado; las calles estaban cubiertas de hierba, las casas vacías; los pocos que por necesidad permanecían parecían ya marcados por la mancha de una peste inevitable. En las mayores ciudades manufactureras se representaba la misma tragedia a menor escala, pero aún más desastrosa. No había ningún Adrián que superintendiera y dirigiera, mientras bandadas enteras de pobres eran golpeadas y muertas. Con todo, no íbamos a morir todos. Ciertamente no; aunque diezmada, la raza humana continuaría, y la gran plaga se convertiría, en años venideros, en materia de historia y asombro. Sin duda, esta visita no tenía precedentes por su extensión; tanto más necesario era que trabajáramos duro para disputar su avance; antes los hombres habían salido por deporte a matar a sus millares y diez millares; pero ahora el hombre se había convertido en una criatura valiosa; la vida de uno solo de ellos valía más que los llamados tesoros de los reyes. Mirad su rostro dotado de pensamiento, sus miembros gráciles, su frente majestuosa, su mecanismo maravilloso; el tipo y modelo de esta máxima obra de Dios no ha de desecharse como un vaso roto; será preservado, y sus hijos y los hijos de sus hijos transmitirán el nombre y la forma del hombre hasta el fin de los tiempos.
Por encima de todo debo proteger a aquellos que la naturaleza y el destino confiaron a mi especial cuidado. Y ciertamente, si entre todas mis criaturas semejantes tuviera que elegir aquellas que pudieran erigirse en ejemplos de la grandeza y bondad del hombre, no podría escoger a otras que a aquellas unidas a mí por los lazos más sagrados. Algunos de entre la familia del hombre deben sobrevivir, y estos deberían estar entre los supervivientes; esa habría de ser mi tarea—para lograrla mi propia vida era un pequeño sacrificio. Allí pues, en ese castillo—en el castillo de Windsor, lugar de nacimiento de Idris y de mis nenes—, debía estar el puerto y refugio para la barca naufragada de la sociedad humana. Su bosque debía ser nuestro mundo—su jardín proporcionarnos alimento; dentro de sus muros establecería el trono sacudido de la salud. Yo era un paria y un vagabundo, cuando Adrián arrojó suavemente sobre mí la red plateada del amor y la civilización, y me encadenó inextricablemente a la compasión y la excelencia humanas. Yo era alguien que, aunque aspirante al bien y ferviente amante de la sabiduría, aún no figuraba en ninguna lista de mérito, cuando Idris, la de noble cuna, que era ella misma la personificación de todo lo divino en la mujer, ella que caminaba por la tierra como el sueño de un poeta, como una diosa esculpida dotada de sentido, o una santa pintada saliendo del lienzo—ella, la más digna, me eligió, y se me entregó a sí misma—un regalo invaluable.
Durante varias horas continué meditando así, hasta que el hambre y la fatiga me devolvieron al momento presente, señalado entonces por las largas sombras proyectadas por el sol poniente.
Había vagado hacia Bracknel, muy al oeste de Windsor. La sensación de perfecta salud de la que disfrutaba me aseguraba que estaba libre de contagio.
Recordaba que se había mantenido a Idris en la ignorancia de mis gestiones. Podía haber oído hablar de mi regreso de Londres y de mi visita a la esclusa de Boulter, lo cual, unido a mi prolongada ausencia, podría tender a alarmarla en gran medida.
Regresé a Windsor por el Paseo Largo (Long Walk) y, al atravesar la ciudad hacia el Castillo, lo encontré en un estado de agitación y zozobra.
“Es demasiado tarde para ser ambiciosos —dice sir Thomas Browne—. No podemos esperar vivir tanto tiempo en nuestros nombres como algunos lo han hecho en sus personas; un rostro de Jano no guarda proporción con el otro”.
Sobre este texto surgieron muchos fanáticos, que profetizaron que el fin de los tiempos había llegado. El espíritu de la superstición nació de los restos de nuestras esperanzas, y se representaron payasadas salvajes y peligrosas en el gran teatro, mientras el remanente de la futuridad se reducía a un punto ante los ojos de los pronosticadores.
Mujeres de espíritu débil murieron de miedo al escuchar sus denuncias; hombres de complexión robusta y aparente fuerza cayeron en la idiotez y la locura, atormentados por el pavor de la eternidad venidera.
Un hombre de este tipo estaba ahora desatando su elocuente desesperación entre los habitantes de Windsor. La escena de la mañana y mi visita a los muertos, que se habían divulgado, habían alarmado a la gente del campo, por lo que se habían convertido en instrumentos idóneos para ser manipulados por un maníaco.
El pobre infeliz había perdido a su joven esposa y a su encantador bebé a causa de la peste. Era un obrero mecánico y, al verse incapaz de atender al oficio que proveía a sus necesidades, el hambre vino a sumarse a sus otras desdichas. Abandonó la habitación que contenía a su mujer y a su hijo —esposa e hijo ya no más, sino «tierra muerta sobre la tierra»—, enloquecido por el hambre, la vigilia y el dolor; su fantasía enferma le hizo creerse enviado por el cielo para pregonar al mundo el fin de los tiempos. Entró en las iglesias y profetizó a las congregaciones su inminente traslado a las criptas de abajo. Apareció como el espíritu olvidado de la época en los teatros y ordenó a los espectadores que se fueran a casa a morir. Había sido capturado y encerrado; había escapado y vagado desde Londres por las ciudades vecinas y, con gestos frenéticos y palabras estremecedoras, reveló a cada cual sus miedos ocultos y dio voz a ese pensamiento silencioso que no se atrevían a articular. Se detuvo bajo la arcada del ayuntamiento de Windsor y, desde esa altura, arengó a una multitud temblorosa.
«¡Oíd, oh habitantes de la tierra! —exclamó—; ¡óyeme tú, Cielo todo lo ves, pero el más despiadado! ¡Óyeme también tú, oh corazón sacudido por la tempestad, que exhalas estas palabras, pero desfalleces bajo su significado! ¡La muerte está entre nosotros! ¡La tierra es hermosa y está adornada de flores, pero es nuestra tumba! Las nubes del cielo lloran por nosotros; el boato de las estrellas no es más que la luz de nuestras antorchas fúnebres. Ancianos, esperabais vivir aún unos pocos años en vuestro hogar de siempre, pero el contrato ha expirado, debéis mudaros; niños, nunca alcanzaréis la madurez, incluso ahora la pequeña fosa está cavada para vosotros; madres, estrechadlos en vuestros brazos, ¡una sola muerte os abraza!».
Con un estremecimiento, extendió las manos, con los ojos levantados que parecían salirse de las órbitas, mientras parecía seguir formas, para nosotros invisibles, en el aire dócil: «Allí están —exclamó—, ¡los muertos! Se levantan en sus mortajas y pasan en procesión silenciosa hacia la lejana tierra de su perdición; sus labios sin sangre no se mueven; sus miembros sombreados carecen de movimiento, mientras siguen deslizándose. ¡Venimos —exclamó, saltando hacia adelante—, a qué habríamos de esperar? Daos prisa, amigos míos, vestíos con el traje de corte de la muerte. La pestilencia os conducirá a su presencia. ¿Por qué tanto tiempo? Ellos, los buenos, los sabios y los amados, se han marchado antes. Madres, besad por última vez; esposos, protectores ya no más, ¡seguid al frente de las compañeras de vuestra muerte! ¡Venid, oh, venid!, mientras los seres queridos aún están a la vista, pues pronto se desvanecerán, y nunca, nunca volveremos a unirnos a ellos».
De tales desvaríos, pasaba repentinamente a la lucidez, y con palabras sobrias pero terribles, pintaba los horrores de la época; describía con minucioso detalle los efectos de la peste en el organismo humano y relataba desgarradoras historias sobre la ruptura de los afectos más queridos —el horror jadeante de la desesperación ante el lecho de muerte del último ser amado—, de modo que de la multitud brotaban gemidos e incluso alaridos. Un hombre en particular se detuvo al frente, con los ojos fijos en el profeta, la boca abierta, los miembros rígidos, mientras su rostro adoptaba diversos colores, amarillo, azul y verde, a causa de un miedo intenso. El maníaco captó su mirada y posó sus ojos en él —se ha oído hablar de la mirada de la serpiente de cascabel, que atrae a la víctima temblorosa hasta que cae en sus fauces—. El maníaco cobró compostura; su figura se estiró; la autoridad irradiaba de su semblante. Miró al campesino, que comenzó a temblar mientras seguía contemplándolo; le temblaban las rodillas; le chocateaban los dientes. Al fin cayó al suelo convulsionado. «Ese hombre tiene la peste», dijo el maníaco con calma. Un alarido brotó de los labios del infeliz; y entonces una repentina inmovilidad se apoderó de él; era evidente para todos que había muerto.
Gritos de horror llenaron el lugar—todos procuraron huir—en pocos minutos la plaza del mercado quedó vacía—el cadáver yacía en el suelo; y el maníaco, subyugado y exhausto, se sentó a su lado, apoyando su demacrada mejilla sobre su delgada mano. Pronto llegaron unas personas, enviadas por los magistrados, para retirar el cuerpo; el desdichado vio en cada una de ellas a un carcelero—huyó precipitadamente, mientras yo seguía adelante hacia el Castillo.
Death, cruel and relentless, had entered these beloved walls.
An old servant, who had nursed Idris in infancy, and who lived with us more on the footing of a revered relative than a domestic, had gone a few days before to visit a daughter, married, and settled in the neighbourhood of London. On the night of her return she sickened of the plague.
From the haughty and unbending nature of the Countess of Windsor, Idris had few tender filial associations with her. This good woman had stood in the place of a mother, and her very deficiencies of education and knowledge, by rendering her humble and defenceless, endeared her to us—she was the especial favourite of the children.
I found my poor girl, there is no exaggeration in the expression, wild with grief and dread. She hung over the patient in agony, which was not mitigated when her thoughts wandered towards her babes, for whom she feared infection. My arrival was like the newly discovered lamp of a lighthouse to sailors, who are weathering some dangerous point. She deposited her appalling doubts in my hands; she relied on my judgment, and was comforted by my participation in her sorrow.
Soon our poor nurse expired; and the anguish of suspense was changed to deep regret, which though at first more painful, yet yielded with greater readiness to my consolations. Sleep, the sovereign balm, at length steeped her tearful eyes in forgetfulness.
Ella dormía; y la quietud reinaba en el Castillo, cuyos habitantes yacían sumidos en el reposo. Yo estaba despierto, y durante las largas horas de la noche muerta, mis atareados pensamientos trabajaban en mi cerebro como diez mil ruedas de molino, rápidos, agudos, indomables. Todos dormían—toda Inglaterra dormía—; y desde mi ventana, que dominaba una amplia vista del campo iluminado por las estrellas, vi la tierra extendida en plácido descanso. Yo estaba despierto, vivo, mientras el hermano de la muerte se adueñaba de mi estirpe. ¿Y si el más poderoso de estos dioses fraternales llegara a obtener dominio sobre ella? El silencio de la medianoche, a decir verdad, aunque aparentemente sea una paradoja, zumbaba en mis oídos. La soledad se volvió intolerable—puse mi mano sobre el corazón latiente de Idris, incliné la cabeza para captar el sonido de su respiración, para asegurarme de que aún existía—; por un momento dudé si no debería despertarla; un horror tan afeminado recorrió todo mi cuerpo.—¡Gran Dios! ¿Sería así algún día? ¿Algún día, todo extinto excepto yo, caminaría solo por la tierra? ¿Eran estas voces de advertencia cuyo sentido inarticulado y oracular me imponía la creencia?
Yet I would not call them Voices of warning, that announce to us Only the inevitable. As the sun, Ere it is risen, sometimes paints its image In the atmosphere—so often do the spirits Of great events stride on before the events, And in today already walks tomorrow.