Cierto desorden se había infiltrado sin duda en el curso de los elementos, destruyendo su benéfica influencia.
El viento, príncipe del aire, bramaba por su reino, azotando el mar hasta enfurecerlo y sometiendo a la tierra rebelde a una especie de obediencia.
El Dios envía sus plagas de ira desde lo alto, de hambre y pestilencia en hordas mueren. De nuevo, en venganza de su furia, cae sobre sus grandes huestes y rompe sus murallas tambaleantes; detiene sus armadas en la llanura del océano, y anega su fuerza con montañas del abismo.
Su poder mortal sacudió a los prósperos países del sur, y aun durante el invierno, nosotros, en nuestro refugio norteño, empezamos a temblar bajo sus funestas consecuencias.
Injusta es esa fábula que otorga la superioridad al sol sobre el viento.
¿Quién no ha visto la tierra luminosa, la atmósfera balsámica y la naturaleza radiante volverse sombrías, frías y desapacibles, cuando el viento adormecido ha despertado en el oriente?
O bien, cuando las nubes parduscas velan densamente el cielo, mientras se vierten inagotables cataratas de lluvia hasta que, al negarse la tierra húmeda a absorber la humedad superabundante, esta yace en charcos sobre la superficie; cuando la antorcha del día parece un meteoro a punto de apagarse; ¿quién no ha visto surgir al norte agitador de nubes, aparecer el azul veteado y abrirse pronto un claro entre los vapores a favor del viento, a través del cual brilla el azul brillante?
Las nubes se vuelven tenues; se forma un arco que se alza continuamente hacia arriba, hasta que, al desvelarse la bóveda universal, el sol vierte sus rayos, reanimados y alimentados por la brisa.
¡Poderoso eres entonces, oh viento, para reinar entronizado por encima de todos los demás lugartenientes del poder de la naturaleza; ya vengas destruyendo desde el este, o preñado de vida elemental desde el oeste; a ti te obedecen las nubes; el sol te está subordinado; ¡el océano sin orillas es tu esclavo!
Arrasas la tierra, y los robles, fruto de siglos de crecimiento, sucumben ante tu hacha invisible; la ventisca se esparce por los pináculos de los Alpes, la avalancha truena por sus valles.
Posees las llaves de la helada, y puedes primero encadenar y luego liberar los arroyos; bajo tu apacible gobierno nacen los brotes y las hojas, florecen acunados por ti.
¿Por qué aúllas así, oh viento? Día y noche durante cuatro largos meses tus rugidos no han cesado: las orillas del mar están sembradas de naufragios, su superficie acogedora de quillas se ha vuelto intransimible, la tierra ha despojado su belleza en obediencia a tu mandato; el frágil globo ya no se atreve a surcar el aire agitado; tus ministros, las nubes, inundan la tierra con lluvia; los ríos abandonan sus cauces; el torrente salvaje arranca el sendero de la montaña; llanura y bosque, y frondoso valle son despojados de su encanto; nuestras propias ciudades son devastadas por ti. ¡Ay, qué será de nosostros? Parece como si las olas gigantescas del océano, y los vastos brazos del mar, estuvieran a punto de arrancar la isla de raíces profundas de su centro; y arrojarla, en ruina y naufragio, sobre los campos del Atlántico.
¿Qué somos, los habitantes de este globo, los menores entre los muchos que pueblan el espacio infinito? Nuestras mentes abarca el infinito; el mecanismo visible de nuestro ser está sujeto al más simple accidente. Día a día nos vemos obligados a creer esto. Aquel a quien un arañazo ha desorganizado, aquel que desaparece de la vida aparente bajo la influencia de la agencia hostil que obra a nuestro alrededor, tenía las mismas facultades que yo; yo también estoy sujeto a las mismas leyes. Ante todo esto, nos llamamos señores de la creación, dominadores de los elementos, amos de la vida y de la muerte, y alegamos como excusa de esta arrogancia que, aunque el individuo sea destruido, el hombre continúa por siempre.
Así, perdiendo nuestra identidad, aquello de lo que somos principalmente conscientes, nos gloriamos en la continuidad de nuestra especie y aprendemos a considerar la muerte sin terror. Pero cuando una nación entera se convierte en víctima de los poderes destructivos de agentes exteriores, entonces en verdad el hombre se reduce a la insignificancia, siente que su derecho a la vida es precario y que su herencia en la tierra ha sido cortada.
Recuerdo que, tras haber presenciado los efectos destructivos de un incendio, ni siquiera podía contemplar uno pequeño en una estufa sin sentir una sensación de temor.
Las llamas ascendentes se habían arrollado en torno al edificio, a medida que este caía y era destruido. Se insinuaban en las sustancias que las rodeaban, y los impedimentos a su avance cedían ante su contacto.
- ¿Podríamos tomar partes integrantes de este poder y no estar sujetos a su funcionamiento?
- ¿Podríamos domesticar al cachorro de esta fiera y no temer su crecimiento y madurez?
Así empezamos a sentir, respecto a la muerte de múltiples rostros desatada sobre los distritos elegidos de nuestra hermosa morada, y sobre todo, respecto a la peste. Temíamos la llegada del verano.
Las naciones fronterizas con los países ya infectados comenzaron a elaborar planes serios para mantener mejor alejado al enemigo. Nosotros, un pueblo comercial, nos vimos obligados a tomar tales planes en consideración, y la cuestión del contagio se convirtió en objeto de un serio debate.
Se demostró que la peste no era lo que comúnmente se llama contagiosa, como la escarlatina o la ya extinta viruela. Se le llamó epidemia. Pero la gran cuestión seguía sin resolverse acerca de cómo se generaba y aumentaba esta epidemia. Si el contagio dependía del aire, el aire era susceptible de contagiarse. Como por ejemplo, una fiebre tifoidea ha sido traída por barcos a una ciudad portuaria; sin embargo, las mismas personas que la trajeron allí eran incapaces de transmitirla en una ciudad con una ubicación más afortunada. Pero ¿cómo vamos a juzgar los aires y dictaminar —en una ciudad así la peste morirá estéril; en otra, la naturaleza le ha preparado una cosecha abundante? Del mismo modo, los individuos pueden escapar noventa y nueve veces y recibir el golpe mortal a la centésima; porque los cuerpos a veces están en condiciones de rechazar el contagio de la enfermedad y otras, ávidos de absorberlo. Estas reflexiones hicieron dudar a nuestros legisladores antes de poder decidir sobre las leyes que debían promulgarse. El mal era tan extenso, tan violento e irremediable, que ningún cuidado, ninguna prevención podía considerarse superflua, ya que incluso añadía una oportunidad para nuestra salvación.
Eran cuestiones de prudencia; no había una necesidad inmediata de una advertencia apremiante. Inglaterra aún estaba a salvo. Francia, Alemania, Italia y España se interponían, murallas todavía sin brecha, entre nosotros y la peste. Ciertamente nuestras naves eran juguete de los vientos y las olas, tal como Gulliver lo era de los brobdingnagianos; pero nosotros, en nuestra morada estable, no podíamos sufrir daño alguno en la vida o en los miembros a causa de estas erupciones de la naturaleza. No podíamos temer, y no temíamos. Con todo, un sentimiento de temor reverencial, un sentimiento de asombro sin aliento, un doloroso sentido de la degradación de la humanidad, se instaló en todos los corazones. La naturaleza, nuestra madre y nuestra amiga, nos había fruncido elño en actitud amenazante. Nos demostró claramente que, aunque nos permitía dictarle leyes y someter sus poderes aparentes, bastaba con que moviera un solo dedo para hacernos temblar. Podía tomar nuestro globo, bordeado de montañas, ceñido por la atmósfera, que contenía la condición de nuestro ser y todo lo que la mente del hombre podía inventar o su fuerza alcanzar; podía tomar la esfera en su mano y arrojarla al espacio, donde la vida sería absorbida, y el hombre y todos sus esfuerzos aniquilados para siempre.
Estas especulaciones menudeaban entre nosotros; sin embargo, no por ello dejamos de proseguir con nuestras ocupaciones cotidianas y con nuestros planes, cuya realización exigía el transcurso de muchos años.
¡Ninguna voz se dejó oír para ordenarnos que nos detuviéramos! Cuando empezamos a sentir las desgracias extranjeras a través de los canales del comercio, nos dispusimos a aplicar remedios.
- Se abrieron suscripciones para los emigrantes y para los comerciantes arruinados por la quiebra del comercio.
El espíritu inglés despertó con plena actividad y, como siempre lo había hecho, se dispuso a resistir el mal y a ocupar la brecha que la naturaleza enfermiza había permitido que el caos y la muerte abrieran en los límites y diques que hasta entonces los habían mantenido alejados.
Al comenzar el verano, empezamos a sentir que los estragos que habían tenido lugar en países lejanos eran mayores de lo que al principio habíamos sospechado.
- Quito fue destruido por un terremoto.
- México quedó devastado por los efectos combinados de tormenta, pestilencia y hambre.
Multitudes de emigrantes inundaron el oeste de Europa; y nuestra isla se había convertido en el refugio de miles.
Mientras tanto, Ryland había sido elegido Protector. Había buscado este cargo con avidez, con la idea de volcar todas sus fuerzas en la supresión de las clases privilegiadas de nuestra comunidad. Sus medidas se vieron frustradas y sus planes interrumpidos por este nuevo estado de cosas.
Muchos de los extranjeros estaban totalmente desamparados; y su número creciente acabó por impedir el recurso a los modos habituales de socorro. El comercio se detuvo debido a la interrupción del intercambio de cargamentos que habitualmente realizábamos con América, la India, Egipto y Grecia. Se produjo una ruptura repentina en la rutina de nuestras vidas.
En vano nuestro Protector y sus partidarios intentaron ocultar esta verdad; en vano, día tras día, fijó un plazo para el debate de las nuevas leyes relativas al rango y los privilegios hereditarios; en vano se esforzó por presentar el mal como parcial y temporal.
Estos desastres afectaron a tantos corazones y, a través de los diversos canales del comercio, penetraron tan por completo en cada clase y división de la comunidad, que por necesidad se convirtieron en la cuestión principal del Estado, en los temas principales a los que debíamos volcar nuestra atención.
¿Puede ser verdad, se preguntaban el uno al otro con asombro y consternación, que países enteros sean devastados, naciones enteras aniquiladas, por estos desórdenes de la naturaleza?
Las vastas ciudades de América, las fértiles llanuras del Indostán, las populosas moradas de los chinos, están amenazadas de total ruina. Donde antes las atareadas multitudes se congregaban por placer o por lucro, ahora solo se oye el eco del lamento y la miseria. El aire está envenenado, y cada ser humano inhala la muerte, aun cuando en la juventud y la salud, sus esperanzas estén en flor.
Trajimos a la memoria la peste de 1348, cuando se calculó que un tercio de la humanidad había sido destruido. Por entonces la Europa occidental seguía sin infectarse; ¿lo estaría siempre?
O, sí, lo haría—¡Compatriotas, no temáis!
En las selvas aún vírgenes de América, ¡qué extrañeza causa que, entre sus otros destructores gigantes, deba contarse la peste! Es de antiguo oriunda de Oriente, hermana del tornado, del terremoto y del simún. Hija del sol y cria de los trópicos, expiraría en estos climas. Bebe la sangre oscura del habitante del sur, pero jamás se regala con el celta de pálido rostro. Si por acaso algún asiático abatido llega entre nosotros, la peste muere con él, inconclusa e inofensiva.
Lloremos por nuestros hermanos, aunque jamás podamos experimentar su reverso. Lamentémonos y ayudemos a los hijos del jardín de la tierra. Hace poco envidiábamos sus moradas, sus bosquecillos perfumados, sus llanuras fértiles y su abundante hermosura. Pero en esta vida mortal los extremos siempre se emparejan; la espina crece con la rosa, el árbol del veneno y la canela mezclan sus ramas.
- Persia, con sus telas de oro, sus salas de mármol y su infinita riqueza, es ahora una tumba.
- La tienda del árabe ha caído en las arenas, y su caballo pisotea la tierra sin brida ni silla.
- La voz de la lamentación llena el valle de Cachemira; sus hondonadas y bosques, sus fuentes frescas y jardines de rosas están contaminados por los muertos; en Circasia y Georgia el espíritu de la belleza llora sobre la ruina de su templo predilecto: la forma de la mujer.
Nuestras propias aflicciones, aunque fueron ocasionadas por la ficticia reciprocidad del comercio, aumentaron en la debida proporción.
- Banqueros, comerciantes y fabricantes, cuyo comercio dependía de las exportaciones y el intercambio de riqueza, quebraron.
- Tales cosas, cuando ocurren de forma aislada, afectan solo a las partes directamente implicadas; pero la prosperidad de la nación se vio sacudida ahora por frecuentes y cuantiosas pérdidas.
- Familias criadas en la opulencia y el lujo se vieron reducidas a la mendicidad.
El mismísimo estado de paz del que nos gloriábamos era perjudicial; no había medios para emplear a los ociosos, ni para enviar fuera del país a ningún excedente de población. Incluso la fuente de las colonias se había secado, pues en Nueva Holanda, la Tierra de Van Diemen y el Cabo de Buena Esperanza hacía estragos la peste.
¡Oh, si hubiera algún frasco medicinal para purgar la naturaleza malsana y devolver a la tierra su salud acostumbrada!
Ryland era un hombre de gran intelecto y de decisiones rápidas y sensatas en el curso habitual de las cosas, pero se quedó atónito ante la multitud de males que se acumulaban a nuestro alrededor.
¿Debía gravar los intereses de los terratenientes para ayudar a nuestra población comercial? Para hacer esto, debía ganarse el favor de los principales propietarios de tierras, la nobleza del país, y estos eran sus enemigos declarados; tenía que conciliarlos abandonando su proyecto favorito de igualación; tenía que confirmarles sus derechos señoriales; tenía que vender sus preciados planes para el bien permanente de su país a cambio de un alivio temporal.
No debía aspirar más al querido objeto de su ambición; deponiendo las armas, tenía que renunciar al fin último de sus esfuerzos en aras de objetivos presentes.
Vino a Windsor a consultarnos. Cada día se sumaba a sus dificultades; la llegada de nuevos barcos con emigrantes, el cese total del comercio, la multitud hambrienta que se agolpaba en torno al palacio del Protectorado, eran circunstancias con las que no se podía jugar.
El golpe fue dado; la aristocracia obtuvo todo lo que deseaba, y suscribió un proyecto de ley por doce meses, que imponía un gravamen del veinte por ciento sobre todos los catastros del país.
La calma quedó restablecida en la metrópoli y en las ciudades pobladas, antes llevadas a la desesperación; y volvimos a considerar las calamidades distantes, preguntándonos si el futuro traería algún alivio a sus excesos.
Era agosto; así que cabía pocas esperanzas de alivio durante los calores. Por el contrario, la enfermedad ganó virulencia, mientras la hambruna hacía su labor habitual. Miles murieron sin lamento; pues junto al cadáver aún caliente yacía estirado el doliente, enmudecido por la muerte.
El dieciocho de este mes llegó a Londres la noticia de que la peste estaba en Francia e Italia. Estas nuevas se cuchicheaban al principio por la ciudad; pero nadie se atrevía a expresar en voz alta la terrible noticia que helaba el alma. Cuando alguien se encontraba con un amigo en la calle, se limitaba a exclamar mientras se apresuraba: «¡Ya lo sabes!», mientras que el otro, con una exclamación de miedo y horror, respondía: «¿Qué va a ser de nosotros?». Por fin se mencionó en los periódicos. El párrafo iba insertado en un lugar poco visible: «Lamentamos afirmar que ya no cabe duda de que la peste se ha introducido en Llivorna, Génova y Marsella». No le siguió ninguna palabra de comentario; cada lector hizo el suyo, lleno de temor. Éramos como el hombre que oye que su casa se está quemando y, sin embargo, se apresura por las calles, llevado por la esperanza oculta de que sea un error, hasta que dobla la esquina y ve su techo protector envuelto en llamas. Antes había sido un rumor; pero ahora, en palabras indelebles, en una letra clara e innegable, la verdad salió a la luz. La modestia de su ubicación la hacía aún más llamativa: las minúsculas letras crecían de forma gigantesca ante la mirada atónita del miedo; parecían grabadas con una pluma de hierro, impresas por el fuego, tejidas en las nubes, estampadas en la mismísima fachada del universo.
Los ingleses, ya fueran viajeros o residentes, llegaron a raudales en un gran torrente de reflujo hacia su propio país; y con ellos, multitudes de italianos y españoles. Nuestra pequeña isla se llenó hasta reventar.
Al principio apareció una cantidad inusual de moneda con los emigrantes; pero esta gente no tenía medios para recuperar lo que gastaba entre nosotros. Con el avance del verano y el aumento del mal, los alquileres quedaron sin pagar y sus remesas fallaron.
Era imposible ver a estas multitudes de criaturas desdichadas y moribundas, antaño mimadas por el lujo, y no tender una mano para salvarlas. Tal como a finales del siglo XVIII los ingleses abrieron sus despensas hospitalarias para socorrer a los expulsados de sus hogares por la revolución política, ahora tampoco se rezagaron a la hora de brindar ayuda a las víctimas de una calamidad mucho más extensa.
Teníamos muchos amigos extranjeros a los que buscamos con ansiedad y a quienes rescatamos de la penuria más terrible. Nuestro castillo se convirtió en un asilo para los desdichados. Una pequeña población ocupaba sus salas. Los ingresos de su dueño, que siempre habían hallado un modo de gasto afín a su naturaleza generosa, ahora se administraban con mayor parsimonia para que pudieran abarcar un sector más amplio de utilidad.
Sin embargo, no era el dinero —salvo de forma parcial—, sino los bienes de primera necesidad, lo que empezó a escasear. Era difícil hallar un remedio inmediato. El habitual de las importaciones estaba totalmente cortado. Ante esta emergencia, para alimentar a la misma gente a la que habíamos dado refugio, nos vimos obligados a ceder al arado y al azadón nuestros jardines y parques.
El ganado disminuyó notablemente en el país debido a los efectos de la gran demanda en el mercado. Incluso los pobres ciervos, nuestros protegidos astados, tuvieron que caer por el bien de pensionistas más dignos. El trabajo necesario para someter las tierras a este tipo de cultivo dio empleo y alimento a los desterrados de las mermadas fábricas.
Adrian no se conformó solo con los esfuerzos que podía realizar en relación con sus propias posesiones. Se dirigió a los ricos del país; presentó propuestas en el parlamento poco aptas para complacer a los pudientes, pero sus ruegos fervientes y su benévola elocuencia resultaron irresistibles.
Ceder sus zonas de recreo a los agricultores y disminuir sensiblemente el número de caballos mantenidos por motivos de lujo en todo el país eran medidas obvias, pero desagradables. Con todo, sea en honor de los ingleses registrado que, aunque la aversión natural les hizo demorarse un tiempo, cuando la miseria de sus semejantes se hizo patente, una generosidad entusiasta inspiró sus decretos.
Los más ostentosos fueron a menudo los primeros en desprenderse de sus caprichos. Como es común en las comunidades, se impuso una moda. Las damas de la alta sociedad del país se habrían considerado deshonradas si hubieran disfrutado ahora de lo que antes llamaban una necesidad: la comodidad de un carruaje. Sillas de manos, como en la antigüedad, y palanquines indios fueron introducidos para los enfermos; pero, por lo demás, no era inusual ver a mujeres de rango ir a pie a los lugares de moda.
Era más común que todos los que poseían propiedades territoriales se retirasen a sus haciendas, acompañados por hordas enteras de indigentes, para derribar sus bosques a fin de erigir viviendas temporales y repartir sus parques, parterres y jardines de flores entre las familias necesitadas. Muchas de estas personas, de alta alcurnia en sus propios países, cavaban ahora la tierra con la azada en mano.
Finalmente se consideró necesario frenar el espíritu de sacrificio y recordar a aquellos cuya generosidad rayaba en el despilfarro que, hasta que el estado actual de cosas se volviera permanente —lo cual no era probable—, era un error llevar el cambio tan lejos como para dificultar una reacción. La experiencia demostraba que en uno o dos años la pestilencia cesaría; convenía que mientras tanto no hubiéramos destruido nuestras buenas razas de caballos, ni alterado por completo la fisonomía de la parte ornamental del país.
Puede imaginarse que las cosas se hallaban verdaderamente en mal estado antes de que este espíritu de benevolencia pudiera haber echado raíces tan hondas.
La infección se había propagado ahora por las provincias meridionales de Francia. Pero aquel país poseía tantos recursos en materia de agricultura, que la avalancha de población de una de sus partes a otra, y su incremento mediante la emigración extranjera, se sintió menos que entre nosotros.
El pánico cundido pareció causar más daño que la enfermedad y sus concomitantes naturales.
El invierno fue aclamado como un médico general e infalible. Los bosques oscurecidos y los ríos crecidos, las neblinas vespertinas y las heladas matutinas, fueron recibidos con gratitud.
Los efectos del frío purificador se sintieron de inmediato; y las listas de mortalidad pública se redujeron cada semana.
Muchos de nuestros visitantes nos abandonaron: aquellos cuyos hogares estaban muy al sur, huyeron encantados de nuestro invierno norteño y buscaron su tierra natal, seguros de la abundancia aun después de su terrible visita.
Volvimos a respirar. Lo que traería el verano venidero, no lo sabíamos; pero los meses presentes eran nuestros, y nuestras esperanzas de un cese de la pestilencia eran altas.