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nydus/The Last ManPublic
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XI

Después de estos acontecimientos, pasó mucho tiempo antes de que lográramos alcanzar cierto grado de serenidad.

Una tempestad moral había naufragado nuestra embarcación, ricamente cargada, y nosotros, restos de la mermada tripulación, estábamos consternados por las pérdidas y los cambios que habíamos sufrido.

Idris amaba apasionadamente a su hermano y mal podía soportar una ausencia cuya duración era incierta; su compañía me era cara y necesaria —yo había continuado con deleite mis elegidas ocupaciones literarias bajo su tutela y asistencia—; su apacible filosofía, su razón infalible y su amistad entusiasta eran el mejor ingrediente, el espíritu exaltado de nuestro círculo; incluso los niños lamentaban amargamente la pérdida de su amable compañero de juegos.

Un dolor más profundo agobiaba a Perdita. A pesar del resentimiento, día y noche se imaginaba las fatigas y los peligros de los errantes. Raymond ausente, luchando contra las dificultades, privado del poder y el rango del Protectorado, expuesto a los peligros de la guerra, se convirtió en objeto de un ansioso interés; no es que sintiera inclinación alguna por llamarlo de nuevo, si tal llamamiento implicaba un retorno a su unión anterior. Semejante retorno le parecía imposible; y mientras lo creía así, y con angustia lamentaba que así tuviera que ser, seguía enfadada e impaciente con aquel que causaba su desdicha.

Estas perplejidades y pesares la llevaban a mojar su almohada con lágrimas nocturnas, y a reducir su cuerpo y su mente a la sombra de lo que había sido.

  • Buscaba la soledad y nos evitaba cuando, con alegría y afecto desenfrenado, nos reuníamos en círculo familiar.
  • Sus únicos pasatiempos eran la meditación solitaria, los deambulares interminables y la música solemne.
  • Descuidaba incluso a su hijo; cerrando su corazón a toda ternura, se volvió esquiva conmigo, su primer y leal amigo.

No podía verla así perdida, sin esforzarme por remediar el mal —remediable sabía que era, si al fin lograba que se reconciliara con Raymond—. Antes de que él se marchara, utilicé todos los argumentos, toda la persuasión para inducirla a detener su viaje. Ella respondió a los primeros con un torrente de lágrimas, diciéndome que, para dejarse persuadir, la vida y los bienes de la vida eran un pago mezquino. No le faltaba voluntad, sino capacidad; una y otra vez declaró que le sería tan fácil encadenar el mar, poner riendas a los rumbos invisibles del viento, como tomar la verdad por falsedad, el engaño por honestidad, la comunión desalmada por amor sincero y confiado. Respondió a mis razonamientos más brevemente, declarando con desdén que la razón era suya; y, hasta que yo pudiera persuadirla de que el pasado podía no haberse hecho, de que la madurez podía regresar a la cuna y de que todo lo que fue podía volverse como si nunca hubiera existido, era inútil asegurarle que no se había producido ningún cambio real en su destino. Y así, con orgullo severo, permitió que él se fuera, aunque se le desgarraran las mismísimas fibras del corazón al cumplir el acto que le arrancaba todo lo que hacía valiosa la vida.

Para cambiar de aires por ella, y aun por nosotros mismos, desquiciados todos por la nube que se había abalernado sobre nosotros, persuadí a mis dos restantes compañeros de que sería mejor que nos ausentáramos por un tiempo de Windsor.

Visitamos el norte de Inglaterra, mi Ulswater natal, y nos detuvimos en parajes queridos por mil asociaciones. Alargamos nuestro viaje hasta Escocia, para ver el lago Katrine y el lago Lomond; de allí cruzamos a Irlanda y pasamos varias semanas en los alrededores de Killarney.

El cambio de escenario surtió efecto en gran medida como esperaba; tras un año de ausencia, Perdita regresó a Windsor en un estado de ánimo más apacible y dócil. La primera visión de este lugar la desquició por un tiempo. Aquí cada rincón rebosaba de asociaciones que ahora se habían vuelto amargas. Los claros del bosque, los valles de helechos y las laderas cubiertas de césped, el campo cultivado y alegre que se extiende en torno al sendero plateado del viejo Támesis, toda la tierra, el aire y el agua entonaban una sola voz coral, inspirada por la memoria, henchida de lánguido pesar.

Pero mi ensayo para conducirla a una visión más sensata de su propia situación no terminó ahí.

Perdita aún carecía en gran medida de educación. Cuando abandonó por primera vez su vida campesina y residió con la elegante y culta Evadne, el único talento que llegó a perfeccionar fue el de la pintura, para el cual tenía una inclinación que rozaba casi el genio.

Esto la había tenido ocupada en su cabaña solitaria, cuando dejó la protección de su amiga griega. Su paleta y su caballete yacían ahora abandonados a un lado; si intentaba pintar, un tropel de recuerdos hacía que le temblara la mano y se le llenaran los ojos de lágrimas. Con esta ocupación abandonó casi todas las demás, y su mente se consumía a sí misma hasta rozar la locura.

Por mi parte, desde que Adrián me había sacado por primera vez de mi agreste desierto para llevarme a su propio paraíso de orden y belleza, me había casado con la literatura.

Me sentía convencido de que, por mucho que hubiera sido en tiempos pasados, en la etapa actual del mundo, las facultades de ningún hombre podían desarrollarse, ni los principios morales de ningún hombre ampliarse y liberalizarse, sin un vasto conocimiento de los libros.

Para mí ocupaban el lugar de una carrera activa, de la ambición y de esos estímulos palpables necesarios para la multitud.

La comparación de opiniones filosóficas, el estudio de hechos históricos, la adquisición de lenguas, eran a la vez mi recreación y el serio objetivo de mi vida.

Me volví autor yo mismo. Mis producciones, sin embargo, eran bastante modestas; se limitaban a la biografía de personajes históricos favoritos, especialmente aquellos que creía calumniados, o sobre los cuales pendían la oscuridad y la duda.

A medida que aumentaba mi labor como autor, adquirí nuevas simpatías y placeres. Encontré un nuevo y valioso lazo que me unía a mis semejantes; mi perspectiva se amplió, y las inclinaciones y capacidades de todos los seres humanos se volvieron profundamente interesantes para mí.

Se ha llamado a los reyes los padres de su pueblo. De repente, me convertí, por decirlo así, en el padre de toda la humanidad. La posteridad pasó a ser mi heredera. Mis pensamientos eran gemas destinadas a enriquecer el tesoro de las posesiones intelectuales del hombre; cada sentimiento era un precioso regalo que les otorgaba.

Que no se atribuyan estas aspiraciones a la vanidad. No se expresaban con palabras, ni siquiera tomaban forma en mi propia mente; pero llenaban mi alma, exaltando mis pensamientos, encendiendo un destello de entusiasmo, y me sacaban del sendero oscuro por el que antes caminaba, para llevarme a la brillante carretera de la humanidad iluminada por el sol del mediodía, convirtiéndome, en ciudadano del mundo, en un candidato a honores inmortales, en un ferviente aspirante a la alabanza y la simpatía de mis prójimos.

Nadie ciertamente disfrutó jamás de los placeres de la composición con mayor intensidad que yo.

Si dejaba los bosques, la música solemne de las ramas que se agitaban y el majestuoso templo de la naturaleza, buscaba los vastos salones del Castillo, contemplaba la vasta y fértil Inglaterra, extendida bajo nuestro monte real, y escuchaba mientras tanto inspiradores acordes musicales.

En tales momentos, armonías solemnes o aires que conmovían el espíritu daban alas a mis rezagados pensamientos, permitiéndoles, según creía, penetrar el último velo de la naturaleza y de su Dios, y desplegar la más alta belleza en expresión visible para el entendimiento de los hombres.

Mientras la música continuaba, mis ideas parecían abandonar su morada mortal; sacudían sus piniones e iniciaban un vuelo, navegando sobre la corriente apacible del pensamiento, llenando la creación de una nueva gloria y despertando imágenes sublimes que de otro modo habrían dormido sin voz.

Entonces me apresuraba hacia mi escritorio, tejía la recién hallada red de la mente en una textura firme y colores brillantes, dejando la confección del material para un momento más sereno.

Pero este relato, que bien podría pertenecer a una época anterior de mi vida tanto como al momento presente, me desvía mucho del camino.

Fue el placer que hallaba en la literatura, la disciplina mental que vi nacer de ella, lo que me impulsó a guiar a Perdita hacia las mismas ocupaciones.

Comencé con mano ligera y suave seducción; primero despertando su curiosidad, y luego satisfaciéndola de tal manera que pudiera hacerla, al mismo tiempo que olvidaba a medias sus penas en la ocupación, hallar en las horas siguientes una reacción de benevolencia y tolerancia.

La actividad intelectual, aunque no estaba dirigida hacia los libros, siempre había sido el rasgo distintivo de mi hermana. Se había manifestado desde su temprana juventud, llevándola a entregarse a la meditación solitaria entre sus montañas natales, haciéndola formar innumerables combinaciones a partir de objetos comunes, y dotando a sus percepciones de firmeza y a su ordenamiento de rapidez.

El amor había llegado, como la vara del maestro-profeta, para devorar cualquier inclinación menor. El amor había duplicado todas sus excelencias y coronado su genio con una diadema. ¿Iba a dejar de amar?

Quitad los colores y el aroma a la rosa, convertid el dulce alimento de la leche materna en hiel y veneno; con la misma facilidad podríais destetar a Perdita del amor.

Lloró la pérdida de Raymond con una angustia que desterró toda sonrisa de sus labios y surcó de tristes líneas su frente de belleza.

Pero cada día parecía cambiar la naturaleza de su sufrimiento, y cada hora sucesiva la obligaba a alterar (si se me permite llamarlo así) el corte de las vestiduras de luto de su alma.

Durante un tiempo, la música fue capaz de satisfacer los anhelos de su hambre mental, y sus pensamientos melancólicos se renovaban en cada cambio de tonalidad y variaban con cada alteración de la melodía.

Mi educación la había impulsado primero hacia los libros; y, si la música hubiese sido el alimento del dolor, las obras de los sabios se convirtieron en su medicina.

La adquisición de lenguas desconocidas era una ocupación demasiado tediosa para alguien que refería cada expresión al universo interior, y que no leía, como hacen muchos, con el solo fin de matar el tiempo; sino que se interpelaba continuamente a sí misma y a su autor, moldeando cada idea de mil maneras, con el ardiente deseo de descubrir la verdad en cada frase.

Buscaba mejorar su entendimiento; mecánicamente, su corazón y su carácter se fueron volviendo tiernos y apacibles bajo esta benigna disciplina.

Al cabo de un tiempo descubrió que, en medio de todos sus conocimientos recién adquiridos, su propio carácter, que antes imaginaba comprender a la perfección, se había convertido en la primera de las terrae incognitae, los páramos sin sendbos de un país que carecía de mapa.

De manera errada y extraña, comenzó la tarea del autoexamen con la autocondena. Y luego, de nuevo, cobró conciencia de sus propias excelencias, y empezó a ponderar con balanzas más justas los matices del bien y del mal.

Yo, que deseaba más allá de las palabras devolverla a la felicidad que aún estaba en su poder disfrutar, observaba con ansiedad el resultado de estos procedimientos internos.

Pero el hombre es un animal extraño. No podemos calcular sus fuerzas como las de una máquina; y, aunque un impulso tire con una fuerza de cuarenta caballos de vapor de lo que parece dispuesto a ceder ante uno, sin embargo, a despecho de todo cálculo, el movimiento no se efectúa. Ni el dolor, ni la filosofía, ni el amor pudieron hacer que Perdita pensara con indulgencia en la deserción de Raymond.

Ahora encontraba placer en mi compañía; hacia Idris sentía y mostraba una plena y afectuosa conciencia de su valía; devolvió a su hijo con creces su ternura y solicitud. Pero yo podía descubrir, en medio de todas sus quejas, un profundo resentimiento hacia Raymond y un duradero sentimiento de ofensa, que me arrancaba la esperanza cuando más cerca parecía de su cumplimiento. Entre otras dolorosas restricciones, había provocado que entre nosotros se estableciera la norma de no mencionar jamás el nombre de Raymond en su presencia. Se negaba a leer cualquier comunicación procedente de Grecia, pidiéndome tan solo que le dijera cuándo llegaba alguna y si los errantes se encontraban bien.

Era curioso que incluso la pequeña Clara observara esta ley hacia su madre. Esta encantadora niña tenía casi ocho años. Antaño había sido una criatura alegre, fantasiosa, pero jovial y aniñada. Tras la marcha de su padre, el pensamiento quedó grabado en su joven frente. Los niños, inaptos en el lenguaje, rara vez encuentran palabras para expresar sus pensamientos, ni sabríamos decir de qué manera los últimos acontecimientos se habían impreso en su mente. Pero sin duda había hecho profundas observaciones mientras contemplaba en silencio los cambios que ocurrían a su alrededor. Nunca mencionaba a su padre ante Perdita, parecía medio asustada cuando me hablaba de él y, aunque intenté hacerla hablar sobre el tema y disipar la melancolía que pendía sobre sus ideas acerca de él, no lo conseguí. Con todo, cada día de correo extranjero aguardaba la llegada de las cartas —conocía el matasellos— y me observaba mientras leía. A menudo la sorprendía estudiando detenidamente la sección de noticias de Grecia en el periódico.

No hay espectáculo más doloroso que el de la precoz preocupación en los niños, y era particularmente perceptible en alguien cuyo carácter había sido hasta entonces alegre.

Sin embargo, había tanta dulzura y docilidad en Clara que despertaba admiración; y si los estados de ánimo están diseñados para pintar de belleza las mejillas y dotar de gracia a los movimientos, sin duda sus meditaciones debían de ser celestiales, ya que cada rasgo estaba moldeado en hermosura y sus movimientos eran más armoniosos que los elegantes brincos de los cervatillos de su bosque natal.

A veces reprendía a Perdita por su reserva, pero ella rechazaba mis consejos, mientras la sensibilidad de su hija despertaba en ella una ternura aún más apasionada.

Tras el transcurso de más de un año, Adrian regresó de Grecia.

Cuando nuestros exiliados habían llegado por primera vez, existía una tregua entre los turcos y los griegos; una tregua que era como el sueño para el cuerpo mortal, señal de renovada actividad al despertar.

Con los numerosos soldados de Asia, con todos los pertrechos de guerra, barcos y máquinas militares que la riqueza y el poder podían costear, los turcos decidieron aplastar de inmediato a un enemigo que, avanzando paso a paso, desde su bastión en el Peloponeso se había adueñado de Tracia y Macedonia, y había conducido sus ejércitos hasta las puertas mismas de Constantinopla, mientras sus amplias relaciones comerciales hacían que toda nación europea tuviera un interés en su éxito.

Grecia se preparó para una resistencia vigorosa; se levantó como un solo hombre y las mujeres, sacrificando sus costosos adornos, pertrecharon a sus hijos para la guerra y les ordenaron vencer o morir con el espíritu de la madre espartana.

El talento y el valor de Raymond eran muy estimados entre los griegos. Nacido en Atenas, esa ciudad lo reclamaba como propio y, al otorgarle el mando de su división particular en el ejército, solo el comandante en jefe poseía un poder superior. Se le contaba entre sus ciudadanos, su nombre fue añadido a la lista de los héroes griegos. Su juicio, su actividad y su valor consumado justificaron su elección.

El conde de Windsor se alistó como voluntario bajo las órdenes de su amigo.

—Está bien —dijo Adrián—, parlotear sobre la guerra en estas placenteras sombras, y con mucho malgastado aceite hacer alarde de regocijo, porque muchos miles de nuestros semejantes abandonan con dolor este dulce aire y la tierra natal.

No se me sospechará de ser adverso a la causa griega; conozco y siento su necesidad; es, por encima de cualquier otra, una causa justa. La he defendido con mi espada, y estaba dispuesto a que mi espíritu exhalara su último aliento en su defensa; la libertad vale más que la vida, y los griegos hacen bien en defender su privilegio hasta la muerte.

Pero no nos engañemos. Los turcos son hombres; cada fibra, cada miembro es tan sensible como el nuestro, y cada espasmo, ya sea mental o corporal, es sentido tan verdaderamente en el corazón o en el cerebro de un turco como en el de un griego.

The last action at which I was present was the taking of ⸻.

The Turks resisted to the last, the garrison perished on the ramparts, and we entered by assault. Every breathing creature within the walls was massacred.

Think you, amidst the shrieks of violated innocence and helpless infancy, I did not feel in every nerve the cry of a fellow being?

They were men and women, the sufferers, before they were Muhammadans, and when they rise turbanless from the grave, in what except their good or evil actions will they be the better or worse than we?

Dos soldados se disputaban a una muchacha, cuyo rico vestido y extrema belleza despertaron los apetitos brutales de aquellos desgraciados que, quizá hombres buenos en el seno de sus familias, se habían visto convertidos por la furia del momento en males encarnados.

Un anciano de barba plateada, decrépito y calvo, que bien podría ser su abuelo, se interpuso para salvarla; el hacha de combate de uno de ellos le partió el cráneo.

Me précipité en su defensa, pero la rabia los había vuelto ciegos y sordos; no distinguieron mi atuendo cristiano ni prestaron atención a mis palabras —las palabras eran armas romanas por entonces, pues mientras la guerra clamaba «estragos» y el asesinato respondía con eco propicio, cómo podía yo—

¿Detener la marea de males, aliviando la injuria Con el suave trato de una elocuencia balsámica?

Uno de los tipos, enfurecido por mi intervención, me dio un bayonetazo en el costado, y caí sin sentido.

“Esta herida probablemente acortará mi vida, tras haber destrozado un cuerpo de por sí endeble. Pero estoy conforme con morir.

He aprendido en Grecia que un hombre, más o menos, tiene poca importancia mientras queden cuerpos humanos para llenar las filas mermadas de la soldadesca; y que la identidad de un individuo puede pasarse por alto, con tal de que la lista de revista contenga sus efectivos completos.

Todo esto tiene un efecto diferente en Raymond. Él es capaz de contemplar el ideal de la guerra, mientras que yo solo percibo sus realidades. Es un soldado, un general. Puede influir en los perros de presa sedientos de sangre, mientras que yo resisto vanamente sus inclinaciones. La causa es simple. Burke ha dicho que, «en todos los cuerpos, aquellos que han de mandar deben también, en un grado considerable, obedecer». Yo no puedo obedecer; pues no simpatizo con sus sueños de masacre y gloria; obedecer y mandar en una carrera semejante es la tendencia natural de la mente de Raymond.

Él siempre triunfa, y promete al mismo tiempo, mientras adquiere gran nombre y posición para sí mismo, asegurar la libertad, y probablemente un imperio extendido, para los griegos”.

El espíritu de Perdita no se vio conmovido por este relato. Él, pensaba, puede ser grande y feliz sin mí. ¡Ojalá yo también tuviera una carrera! ¡Ojalá pudiera cargar una nave inédita con todas mis esperanzas, energías y deseos, y lanzarla al océano de la vida —con rumbo a algún punto alcanzable, con la ambición o el placer al timón!

Pero vientos adversos me detienen en la orilla; como Ulises, me siento a la orilla del agua y lloro. Pero mis manos sin fuerza no pueden ni talar los árboles, ni alisar los tablones. Bajo la influencia de estos melancólicos pensamientos, se enamoró más que nunca de la tristeza.

Sin embargo, la presencia de Adrian hizo algo de bien; de inmediato quebrantó la ley del silencio guardada en torno a Raymond. Al principio ella se estremeció ante el sonido desacostumbrado; pronto se acostumbró a él y llegó a amarlo, y escuchaba con avidez el relato de sus hazañas. Clara también se despojó de su reserva; Adrian y ella habían sido antiguos compañeros de juegos; y ahora, mientras caminaban o cabalgaban juntos, él cedía a sus sinceros ruegos y repetía, por centésima vez, algún cuento sobre la valentía, la munificencia o la justicia de su padre.

Cada barca por su parte traía noticias estimulantes desde Grecia.

La presencia de un amigo en sus ejércitos y consejos nos hizo adentrarnos en los detalles con entusiasmo; y una breve carta de vez en cuando de Raymond nos decía cuán absorto estaba en los intereses de su país adoptivo.

Los griegos sentían un gran apego por sus actividades comerciales, y se habrían conformado con sus conquistas actuales de no ser porque los turcos los incitaron con la invasión.

Los patriotas salieron victoriosos; se inculcó un espíritu de conquista; y ya contemplaban Constantinopla como suya.

Raymond ascendía perpetuamente en la estima de ellos; pero un hombre ostentaba un mando superior al suyo en sus ejércitos.

Destacó por su conducta y elección de posición en una batalla librada en las llanuras de Tracia, a orillas del Hebro, que iba a decidir el destino del islam.

Los mahometanos fueron derrotados y expulsados por completo del territorio al oeste de este río.

La batalla fue sanguinaria, la pérdida de los turcos Aparentemente irreparable; los griegos, al perder a un solo hombre, olvidaron a la multitud sin nombre esparcida sobre el campo ensangrentado, y dejaron de enorgullecerse de una victoria que les costó… a Raymond.

En la batalla de Makri había dirigido la carga de caballería y perseguido a los fugitivos hasta las mismas orillas del Hebro.

Su caballo favorito fue hallado pastando junto a la orilla del tranquilo río. Se planteó la duda de si habría caído entre los no reconocidos; pero ningún adorno roto ni arreo manchado traicionaron su destino.

Se sospechaba que los turcos, sabedores de tener en su poder a un cautivo tan ilustre, habían decidido satisfacer su crueldad antes que su avaricia y, temerosos de la intervención de Inglaterra, habían tomado la determinación de ocultar para siempre el asesinato a sangre fría del soldado a quien más odiaban y temían en los escuadrones de su enemigo.

Raymond no fue olvidado en Inglaterra. Su abdicación del Protectorado había causado una sensación sin ejemplo; y, cuando su magnífico y varonil sistema se contrastaba con las miras estrechas de los políticos sucesivos, el período de su elevación se recordaba con tristeza.

La perpetua recurrencia de su nombre, unida a los testimonios más honorables, en las gacetas griegas, mantuvo vivo el interés que había suscitado. Parecía el hijo predilecto de la fortuna, y su pérdida prematura eclipsó al mundo y dejó ver al resto de la humanidad con un brillo disminuido.

Se aferraron con avidez a la esperanza albergada de que aún pudiera estar vivo. Se instó a su ministro en Constantinopla a hacer las averiguaciones necesarias y, si se comprobaba su existencia, a exigir su liberación. Era de esperar que sus esfuerzos tuvieran éxito y que, aunque ahora prisionero, juguete de la crueldad y blanco del odio, fuera rescatado del peligro y devuelto a la felicidad, el poder y el honor que merecía.

El efecto de esta noticia sobre mi hermana fue sorprendente. Ni por un momento dio crédito a la historia de su muerte; decidió al instante ir a Grecia. Las razones y la persuasión fueron inútiles con ella; no toleraría ningún impedimento ni ninguna demora.

Puede sostenerse como una verdad que, si el argumento o la súplica logran apartar a alguien de un propósito desesperado, cuyo motivo y fin dependen únicamente de la fuerza de los afectos, entonces es correcto apartarlo así, puesto que su docilidad demuestra que ni el motivo ni el fin tenían la fuerza suficiente para llevarlos a través de los obstáculos propios de su empresa.

Si, por el contrario, son inmunes a la exhortación, esta misma firmeza es un presagio de éxito; y se convierte en el deber de quienes los aman, ayudar a allanar los obstáculos en su camino.

Tales sentimientos animaban a nuestro pequeño círculo. Al ver a Perdita inamovible, consultamos sobre los mejores medios para secundar su propósito. No podía ir sola a un país donde no tenía amigos, donde tal vez llegaría solo para enterarse de la terrible noticia que debía abrumarla de dolor y remordimiento. Adrián, cuya salud siempre había sido delicada, sufría ahora un agravamiento considerable en sus padecimientos debido a las secuelas de su herida. Ibris no soportaba dejarlo en tal estado; ni tampoco era correcto abandonar o llevar con nosotros a una familia pequeña a un viaje de esta índole. Decidí al fin acompañar a Perdita. La separación de mi Ibris fue dolorosa, pero la necesidad nos reconcilió con ella hasta cierto punto: la necesidad y la esperanza de salvar a Raymond, y devolvérselo de nuevo a la felicidad y a Perdita.

No debía haber demora. Dos días después de tomar nuestra decisión, partimos hacia Portsmouth y nos embarcamos. Era la temporada de mayo, el clima apacible; se nos prometió un viaje próspero. Albergaré las más fervientes esperanzas, embarcados en el inmenso océano, vimos con deleite la costa británica que se alejaba, y con las alas del deseo superamos en velocidad a nuestras bien desplegadas velas hacia el Sur. Las ligeras olas rizadas nos impulsaban y el viejo océano sonrió ante el cargamento de amor y esperanza confiado a su cuidado; acarició suavemente sus llanuras tempestuosas y el camino quedó allanado para nosotros. Día y noche el viento en popa dio un impulso constante a nuestra quilla; ni la brisa recia, ni la arena traicionera, ni la roca destructiva interpusieron obstáculo alguno entre mi hermana y la tierra que iba a devolverla a su primer amor,

El confesor de su amado corazón⁠—un corazón dentro de aquel corazón.

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