¿No oyes el sonido precipitado de la tempestad que se acerca? ¿No contemplas cómo se abren las nubes y la destrucción lívida y terrible se derrama sobre la tierra asolada? ¿No ves caer el rayo, y te ensurdece el grito del cielo que sigue a su descenso? ¿No sientes que la tierra tiembla y se abre con agonizantes gemidos, mientras el aire está grávido de alaridos y lamentos —todo lo cual anuncia los últimos días del hombre? ¡No! ¡Ninguna de estas cosas acompañó nuestra caída! El aire balsámico de la primavera, exhalado del hogar ambrosíaco de la naturaleza, envolvió la hermosa tierra, la cual despertó como una joven madre dispuesta a sacar con orgullo a su hermosa prole al encuentro de su padre que tanto había tardado en ausentarse. Los brotes adornaban los árboles, las flores engalanaban el suelo: las ramas oscuras, hinchadas con jugos oportunos, se abrieron en hojas, y el follaje abigarrado de la primavera, meciéndose y cantando en la brisa, se regocijaba en la calidez genial del empíreo despejado: los arroyos corrían murmurando, el mar carecía de olas, y los promontorios que se asomaban sobre él se reflejaban en las aguas placidas; las aves despertaban en los bosques, mientras que abundante alimento para el hombre y la bestia brotaba de la tierra oscura. ¿Dónde estaban el dolor y el mal? No en el aire tranquilo ni en el océano ondulante; no en los bosques ni en los campos fértiles, ni entre las aves que hacían resonar los bosques con su canto, ni en los animales que, en medio de la abundancia, se recostaban bajo la luz del sol. Nuestra enemiga, como la Calamidad de Homero, pisó nuestros corazones, y ningún sonido repitió el eco de sus pasos—
Con males yerra la tierra y yerra el mar, las plagas nuestra frágil vida asedian, por día, por noche, a vuelo errante vuelven, mudas—pues voz el sabio numen les negó.
Una vez el hombre fue el predilecto del Creador, como cantó el salmista real:
“Le has hecho un poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Lo hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies”.
Una vez fue así; ¿es ahora el hombre el señor de la creación? Míralo—¡ja! ¡Veo a la plaga! Ella ha investido su forma, se ha encarnado en su carne, se ha entrelazado con su ser y ciega sus ojos que buscan el cielo.
Túmbate, oh hombre, sobre la tierra cubierta de flores; renuncia a toda pretensión sobre tu herencia; todo lo que podrás llegar a poseer de ella es la pequeña celda que los muertos reclaman.
La plaga es la compañera de la primavera, de la luz del sol y de la abundancia. Ya no luchamos contra ella. Hemos olvidado lo que hacíamos cuando ella no estaba.
Antaño las flotas surcaban las gigantescas olas del océano entre el Indo y el Polo en busca de artículos de lujo insignificantes. Los hombres emprendían viajes peligrosos para adueñarse de las espléndidas natias de la tierra: gemas y oro. El trabajo humano se desperdiciaba; la vida humana se reducía a nada.
Ahora lo único que codiciamos es la vida; que este autómata de carne, con sus articulaciones y resortes en orden, cumpla sus funciones; que esta morada del alma sea capaz de contener a su morador. Nuestras mentes, que antes se extendían por innumerables esferas y un sinfín de combinaciones de pensamiento, se atrincheran ahora tras este muro de carne, ansiosas únicamente por preservar su bienestar. Ciertamente estábamos ya bastante degradados.
Al principio, el aumento de la enfermedad en primavera trajo consigo más trabajo para aquellos de nosotros que, aún con vida, dedicábamos nuestro tiempo y nuestros pensamientos a nuestros semejantes. Armamos de valor nuestro espíritu para la tarea:
“en medio de la desesperación realizamos las tareas de la esperanza”.
Salimos con el propósito de disputar el terreno a nuestro enemigo. Auxiliamos a los enfermos y consolamos a los afligidos; apartándonos de la multitud de muertos hacia los escasos sobrevivientes, con una energía de deseo que parecía un poder, les ordenamos que vivieran. La peste reinaba soberana entretanto, y se burlaba de nosotros con desprecio.
¿Ha observado alguno de vosotros, lectores míos, las ruinas de un hormiguero inmediatamente después de su destrucción? Al principio parece totalmente desierto de sus antiguos habitantes; al poco rato se ve a una hormiga forcejeando entre la tierra removida; reaparecen de dos en dos y de tres en tres, corriendo de aquí para allá en busca de sus compañeros perdidos.
Tales éramos nosotros sobre la tierra, preguntándonos estupefactos por los efectos de la peste. Nuestras moradas vacías permanecían, pero los moradores habían sido congregados en las sombras de la tumba.
A medida que se perdían las reglas del orden y la presión de las leyes, algunos comenzaron con vacilación y asombro a transgredir los usos acostumbrados de la sociedad.
Los palacios fueron abandonados, y el pobre se atrevió por fin, sin reprensión, a irrumpir en los espléndidos aposentos, cuyos muebles y decoraciones mismos eran un mundo desconocido para él.
Se descubrió que, aunque al principio la paralización de toda circulación de bienes había reducido a una pobreza repentina y espantosa a quienes antes se sustentaban de las necesidades ficticias de la sociedad, sin embargo, cuando los límites de la propiedad privada fueron derribados, los productos del trabajo humano existentes en ese momento eran más, mucho más de lo que la diezmada generación podría consumir jamás.
Para algunos entre los pobres esto fue motivo de júbilo.
Éramos todos iguales ahora; suntuosas viviendas, alfompras lujosas y camas de plumón, estaban al alcance de todos. Carruajes y caballos, jardines, cuadros, estatuas y bibliotecas principescas, había de todo ello hasta el hastío; y no había nada que impidiera a cada cual adueñarse de su parte.
Éramos todos iguales ahora; pero cerca de allí aguardaba una igualdad aún más niveladora, un estado donde la belleza, la fuerza y la sabiduría serían tan vanas como la riqueza y el linaje. La tumba se abría bajo los pies de todos nosotros, y su perspectiva impedía que ninguno disfrutara de la holgura y la abundancia que de forma tan imponente se nos presentaban.
Aun así, el color no se marchitaba en las mejillas de mis niños; y Clara crecía en años y estatura, inmaculada por la enfermedad. No teníamos motivos para creer que el emplazamiento del Castillo de Windsor fuera particularmente saludable, pues muchas otras familias habían perecido bajo su techo; vivíamos, por tanto, sin ninguna precaución especial; pero vivíamos, al parecer, a salvo. Si Idris se volvía delgada y pálida, era la ansiedad la que ocasionaba el cambio; una ansiedad que yo no podía aliviar de ningún modo. Ella nunca se quejaba, pero el sueño y el apetito huyeron de su lado, una fiebre lenta devoraba sus venas, su color era febril y a menudo lloraba en secreto; lúgubres pronósticos, la zozobra y el terror angustioso consumían el principio vital en su interior. Yo no podía dejar de percibir este cambio. A menudo deseaba haberle permitido seguir su propio camino y entregarse a aquellas labores en favor del bienestar de los demás que habrían podido distraer sus pensamientos. Pero ya era demasiado tarde. Además de que, con la raza humana casi extinta, todos nuestros afanes tocaban a su fin, ella estaba demasiado débil; la tumba, por llamarla así, o más bien la vida hiperactiva en su interior —que, al igual que con Adrian, consumía el aceite vital en las primeras horas de la mañana—, privaba de fuerza a sus extremidades. Por la noche, cuando podía dejarme sin ser vista, deambulaba por la casa o se inclinaba sobre los lechos de sus hijos; y durante el día caía en un sueño agitado, mientras sus murmullos y sobresaltos delataban los sueños inquietos que la atormentaban. A medida que este estado de desdicha se hacía más acentuado y, a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, más evidente, me esforcé, aunque en vano, por despertar en ella valor y esperanza. No podía extrañarme de la vehemencia de su zozobra; su alma entera era pura ternura; confiaba en verdad en que no me sobreviviría si yo me convertía en presa de la inmensa calamidad, y este pensamiento a veces la aliviaba. Habíamos transitado durante muchos años por el camino de la vida de la mano, y aún así enlazados podríamos adentrarnos en las sombras de la muerte; pero sus hijos, sus hijos encantadores, juguetones y llenos de vida —seres surgidos de su propio costado amado, porciones de su propio ser, depositarios de nuestros amores—, incluso si nosotros moríamos, sería un consuelo saber que ellos recorrían el curso habitual del hombre. Pero no sería así; jóvenes y floridos como eran, morirían, y de las esperanzas de la madurez, del orgulloso nombre de la hombría alcanzada, quedarían truncados para siempre. A menudo, con afecto maternal, se había figurado los méritos y talentos de ellos desplegados en el gran escenario de la vida. ¡Ay de estos últimos días! El mundo había envejecido, y todos sus habitantes compartían esa decrepitud. ¿Para qué hablar de infancia, madurez y vejez? Todos éramos copartícipes por igual de las últimas agonías de una naturaleza ajada por el tiempo. Llegados al mismo punto de la edad del mundo —no había diferencia entre nosotros—, los nombres de padre y hijo habían perdido su significado; los muchachos y las muchachas se hallaban ahora al mismo nivel que los hombres. Todo esto era cierto; mas no por ello resultaba menos doloroso asumir la amarga advertencia.
¿Dónde podíamos volver la mirada sin hallar una desolación preñada de la terrible lección del ejemplo? Los campos habían quedado sin cultivar, las malas hierbas y las flores chillonas brotaban; o bien, donde unos pocos trigales mostraban señales de las esperanzas vivas del labrador, la labor se había abandonado a mitad de camino, el mayoral había muerto junto al arado; los caballos habían abandonado el surco y ningún sembrador se había acercado a los muertos; el ganado, sin cuidado, deambulaba por los campos y los caminos; los apacibles habitantes del corral, privados de su alimento diario, se habían vuelto montaraces; los corderitos nacían en los jardines de flores, y la vaca se estabulaba en la sala de recreo. Enfermiza y escasa, la gente del campo ni salía a sembrar ni a cosechar; sino que vagaba por los prados o yacía bajo los setos, cuando el clima inclemente no los obligaba a guarecerse bajo el techo más cercano. Muchos de los que quedaban se aislaban; algunos habían almacenado provisiones que debían evitar la necesidad de abandonar sus hogares; algunos abandonaron a esposa e hijo, y se imaginaron que aseguraban su salvación en la más absoluta soledad. Tal había sido el plan de Ryland, y fue hallado muerto y medio devorado por los insectos, en una casa a muchas millas de cualquier otra, con montones de comida acumulada en inútil superfluidad. Otros hicieron largos viajes para reunirse con aquellos a quienes amaban, y llegaron para hallarlos muertos.
Londres no contenía más de mil habitantes; y este número disminuía continuamente. La mayoría de ellos eran campesinos venidos en busca de un cambio; los londinenses habían buscado el campo. La ajetreada parte oriental de la ciudad estaba en silencio, o a lo sumo solo se veía dónde, la mitad por codicia, la mitad por curiosidad, los almacenes habían sido más saqueados que expoliados: fardos de ricos productos de la India, chales valiosos, joyas y especias, desempacados, alfombraban los suelos. En algunos lugares, el dueño había montado guardia sobre sus reservas hasta el último momento, y había muerto ante las puertas trancadas. Los macizos portones de las iglesias oscilaban chirriantes sobre sus goznes; y unos pocos yacían muertos en el pavimento. La infeliz mujer, desamorada víctima de la vulgar brutalidad, había vagado hasta el tocador de la belleza aristocrática y, ataviada con ropajes de esplendor, había muerto ante el espejo que reflejaba solo para ella su aspecto alterado. Mujeres cuyos delicados pies apenas habían tocado la tierra en su lujo, habían huido despavoridas y horrorizadas de sus hogares, hasta que, perdiéndose en las sórdidas calles de la metrópoli, habían muerto en el umbral de la pobreza. El corazón se enfermaba ante la variedad de miseria presentada; y, al ver una muestra de este sombrío cambio, a mi alma le dolía el miedo de lo que pudiera sobrevenirle a mi amada Idris y a mis nenes. ¿Habían de encontrarse, sobreviviendo a Adrian y a mí, sin protectores en el mundo? Hasta entonces solo la mente había sufrido—; ¿podía posponer para siempre el momento en que el delicado cuerpo y los frágiles nervios de mi hija de la prosperidad, la criatura mimada de la alcurnia y la riqueza, que era mi compañera, fueran invadidos por el hambre, las privaciones y la enfermedad? ¡Mejor morir de un golpe—, mejor clavar un puñal en su pecho, aún no tocado por la sombría adversidad, y luego volver a envainarlo en el mío! Pero no; en tiempos de miseria debemos luchar contra nuestros destinos y esforzarnos por no ser vencidos por ellos. No me rendiría, sino que hasta el último aliento defendería resueltamente a mis seres queridos contra el dolor y la pena; y si al fin era vencida, no sería sin gloria. Yo permanecía en la brecha, resistiendo al enemigo—el enemigo impalpable e invisible que tanto tiempo nos había asediado—; hasta entonces no había abierto ninguna brecha: debía ser mi tarea velar para que no lo hiciera socavando en secreto, estallando dentro del umbral mismo del templo del amor, en cuyo altar me sacrificaba a diario. El hambre de la Muerte se veía ahora más agudizada por la merma de su alimento; ¿o era que antes, siendo muchos los supervivientes, los muertos se contaban con menos avidez? Ahora cada vida era una gema, cada forma humana que respiraba tenía un valor mucho, ¡oh!, mucho mayor que la más sutil imaginería de piedra esculpida; y la disminución diaria, qué digo, por hora, visible en nuestro número, visitaba el corazón con una náusea de miseria. Este verano extinguió nuestras esperanzas, la nave de la sociedad naufragó y la balsa destrozada que llevaba a los pocos supervivientes sobre el mar de la miseria estaba hendida y sacudida por la tempestad. El hombre existía de dos en dos y de tres en tres; el hombre, el individuo que podía dormir, despertar y realizar funciones animales; pero el hombre, débil en sí mismo, aunque más poderoso en números congregados que el viento o el océano; el hombre, el domador de los elementos, el señor de la naturaleza creada, el igual a los semidioses, ya no existía.
¡Adiós a la escena patriótica, al amor por la libertad y al merecido galardón de la virtuosa aspiración!—¡adiós al concurrido senado, vibrante con los consejos de los sabios, cuyas leyes eran más agudas que la hoja de espada templada en Damasco!—¡adiós a la pompa real y a la parafernalia guerrera; las coronas están en el polvo, y quienes las llevaban yacen en sus tumbas!—¡adiós al deseo de gobernada autoridad y a la esperanza de victoria; a la ambición desmedida, al apetito de alabanza y al anhelo por el sufragio de sus semejantes!
¡Las naciones ya no existen! Ningún senado sesiona en consejo por los muertos; ningunos vástagos de una dinastía venerada por el tiempo jadean por gobernar a los habitantes de un osario; la mano del general está fría, y el soldado tiene su tumba cavada a destiempo en sus campos nativos, deshonrado, aunque en su juventud. El mercado está vacío, el candidato al favor popular no halla a nadie a quien representar.
¡A las cámaras de estado pintadas, adiós!—¡A la algarabía de medianoche y a la jadeante emulación de la belleza, a los costosos vestidos y festejos de cumpleaños, al título y a la coronilla dorada, adiós!
Adiós a los gigantescos poderes del hombre—al saber que podía guiar la barca de gran calado a través de las aguas opuestas de un océano sin orillas—, a la ciencia que dirigía el globo de seda por el aire sin caminos—, al poder capaz de poner una barrera a las poderosas aguas y poner en movimiento ruedas, vigas y vasta maquinaria, ¡que podía partir rocas de granito o mármol y hacer llanos los montes!
Adiós a las artes—a la elocuencia, que es para la mente humana como los vientos para el mar, que lo agitan y luego lo aquietan;—adiós a la poesía y a la profunda filosofía, pues la imaginación del hombre es fría, y su mente inquisitiva ya no puede explayarse sobre las maravillas de la vida, porque «¡no hay obra, ni traza, ni ciencia, ni sabiduría en el sepulcro al cual vas!»;—a la graciosa arquitectura, que en su perfecta proporción trascendía las rudas formas de la naturaleza, al calado gótico y al macizo conjunto sarraceno, al estruendoso arco y a la gloriosa cúpula, a la columna estriada con su capitel, corintio, jónico o dórico, al peristilo y al bello entablamento, ¡cuya armonía de forma es a la vista como la concordia musical al oído!—¡adiós a la escultura, donde el mármol puro se burla de la carne humana, y en la plástica expresión de las excelencias entresacadas de la forma humana, resplandece el dios!—adiós a la pintura, al sentimiento laborioso y al profundo conocimiento de la mente del artista en el lienzo retratado—a las escenas paradisíacas, donde los árboles son siempre primaverales, y el aire ambrosíaco descansa en perpetuo fulgor:—a la forma estamponada de la tempestad, y al más salvaje alboroto de la naturaleza universal encajonado en el estrecho marco, ¡oh, adiós! ¡Adiós a la música y al son del canto; a las nupcias de los instrumentos, donde la concordia de lo suave y lo áspero se une en dulce armonía, y da alas a los oyentes jadeantes, para trepar por ellas al cielo y aprender los placeres ocultos de los eternos!—¡Adiós al muy transitado escenario; una tragedia más verdadera se representa en el amplio escenario del mundo, que avergüenza al dolor mimético: a la alta comedia, y al bajo bufón, adiós!—El hombre ya no puede reír más. ¡Ay! Enumerar los adornos de la humanidad muestra, por lo que hemos perdido, cuán sumamente grande fue el hombre. Todo ha terminado ya. Él está solo; como nuestros primeros padres expulsados del Paraíso, mira hacia atrás, hacia la escena que ha abandonado. Los altos muros de la tumba, y la espada llameante de la peste, yacen entre ella y él. Semejante a nuestros primeros padres, toda la tierra está ante él, un ancho desierto. Sin apoyo y débil, que deambule por campos donde el trigo no cosechado se yergue en estéril abundancia, por bosquecillos plantados por sus padres, por pueblos construidos para su uso. La posteridad ya no existe; la fama, la ambición y el amor son palabras carentes de sentido; así como el ganado quepace en el campo, tú, oh ser desamparado, échate al atardecer, ignorante del pasado, despreocupado del futuro, ¡pues solo de semejante ignorancia entrañable puedes esperar el sosiego!
La alegría tiñe con sus propios colores cada acto y pensamiento. Los felices no sienten la pobreza; pues el deleite es como un vestido tejido de oro, y los corona con gemas incalculables. El gozo hace las veces de cocinero para su modesta comida, y mezcla la embriaguez con su bebida sencilla. La alegría esparce rosas sobre el lecho duro, y hace que el trabajo sea un alivio.
La pesadumbre duplica la carga en la espalda encorvada; planta espinas en la almohada inflexible; mezcla hiel con agua; añade sal al pan amargo; los viste de harapos y esparce ceniza sobre sus cabezas desnudas.
A nuestro irremediable sufrimiento, cada pequeño e insignificante inconveniente llegó con fuerza redoblada; habíamos templado nuestros cuerpos para soportar el peso atlante que se nos había impuesto; sucumbimos bajo la pluma adicional que el azar arrojó sobre nosotros; «la langosta era una carga».
Muchos de los supervivientes se habían criado en el lujo: sus sirvientes se habían ido, sus poderes de mando se desvanecieron como sombras irreales; los pobres incluso sufrieron diversas privaciones; y la idea de otro invierno como el pasado infundió pánico en nuestras mentes.
¿No bastaba con que tuviéramos que morir, sino que además debíamos trabajar? ¿Debíamos preparar nuestro banquete fúnebre con esfuerzo y, con indecorosa fatiga, amontonar leña en nuestros hogares abandonados? ¿Debíamos, con manos serviles, fabricar las vestiduras que pronto serían nuestro sudario?
¡No es así! Pronto hemos de morir, gocemos pues con pleno deleite del resto de nuestras vidas.
¡Cuidado sórdido, fuera!; las labores serviles y las penas, leves en sí mismas, pero demasiado gigantescas para nuestras fuerzas agotadas, no formarán parte de nuestras efímeras existencias.
En el principio de los tiempos, cuando, al igual que ahora, el hombre vivía por familias, y no por tribus o naciones, fueron colocados en un clima benigno, donde la tierra los alimentaba sin ser labrada, y el aire balsámico envolvía sus miembros en reposo con un calor más placentero que los lechos de plumón.
- El sur es el lugar natal de la raza humana;
- la tierra de frutos, más agradecida para el hombre que la sufrida Ceres del norte—de árboles cuyas ramas son como el techo de un palacio, de lechos de rosas y de la uva que calma la sed.
No necesitamos temer allí al frío y al hambre.
¡Mira a Inglaterra! La hierba brota alta en los prados; pero están húmedos y fríos, lecho poco apto para nosotros. Maíz no tenemos ninguno, y los frutos crudos no pueden alimentarnos. Debemos buscar combustible en las entrañas de la tierra, o la atmósfera hostil nos llenará de reumas y dolores. El trabajo de cientos de miles bastaría por sí solo para hacer de este rincón inclemente una morada apta para un solo hombre. ¡Al sur entonces, hacia el sol!—donde la naturaleza es benigna, donde Júpiter ha prodigado el contenido del cuerno de Amaltea, y la tierra es un jardín.
Inglaterra, tardía cuna de la excelencia y escuela de los sabios, ¡tus hijos se han ido, tu gloria se ha desvanecido!
¡Tú, Inglaterra, fuiste el triunfo del hombre! Poco favor te mostró tu Creador, oh isla del Norte; un lienzo des Hilvanado por naturaleza, pintado por el hombre con colores ajenos; pero los matices que le dio se han desvanecido, para no renovarse jamás.
¡Así que debemos dejarte, maravilla del mundo; debemos despedirnos para siempre de tus nubes, y de tu frío, y de tu escasez! ¡Tus viriles corazones están inertes; tu historia de poder y libertad ha llegado a su fin!
¡Despojada de hombres, oh pequeña isla! las olas del océano te golpearán, y el cuervo agitará sus alas sobre ti; tu suelo será cuna de malas hierbas, tu cielo cobijará la esterilidad.
No fuiste famosa por la rosa de Persia, ni por el plátano de oriente; ni por los ventarrones especiados de la India, ni por los cañaverales azucareros de América; ni por tus vides ni por tus dobles cosechas, ni por tus aires primaverales, ni por tu sol cenital, sino por tus hijos, su incansable labor y su elevada aspiración.
Se han ido, y tú te vas con ellos por el camino tantas veces transitado que conduce al olvido—
Adiós, triste Isla, adiós, tu gloria funesta se resume, se calcula y se cancela en esta historia.