Nuestro guía había recibido instrucciones de preparar nuestra morada para pasar la noche en la posada, situada frente a la subida al Castillo. No podíamos volver a visitar los salones y las estancias familiares de nuestro hogar en una mera visita.
Ya habíamos abandonado para siempre los claros de Windsor, y todo el soto, el seto florido y el arroyo murmulloso que daban forma e intensidad al amor por nuestra patria y al apego casi supersticioso con el que considerábamos a nuestra nativa Inglaterra.
Habíamos tenido la intención de pasar por la casa de Lucy en Datchet y tranquilizarla con promesas de ayuda y protección antes de retirarnos a nuestros aposentos para pasar la noche.
Ahora, mientras la condesa de Windsor y yo descendíamos por la empinada colina que partía del Castillo, vimos a los niños, que acababan de detenerse con su carromato en la puerta de la posada. Habían pasado por Datchet sin detenerse.
Temía encontrarme con ellos y ser el portador de mi trágica historia, así que, mientras aún estaban ocupados en el bullicio de la llegada, los dejé de repente y, a través de la nieve y el aire claro de la luz de la luna, me apresuré por el conocido camino hacia Datchet.
Bien conocido era, en efecto. Cada cabaña se alzaba en su emplazamiento habitual, cada árbol lucía su aspecto familiar. La costumbre había grabado indeleblemente en mi memoria cada curva y cambio de objeto en el camino. A corta distancia más allá del Pequeño Parque, había un olmo medio derribado por una tormenta, hacía unos diez años; y aún, con sus ramas desnudas y cargadas de nieve, se extendía a través del sendero, que serpenteaba por un prado, junto a un arroyo poco profundo cuyo rumor había silenciado la helada; aquel tranco, aquella puerta blanca, aquel roble hueco que sin duda perteneció antaño al bosque y que ahora mostraba a la luz de la luna su brecha abierta; a cuyo aspecto fantasioso, abigarrado por la penumbra hasta asemejarse a la figura humana, los niños habían dado el nombre de Falstaff; todos estos objetos me eran tan conocidos como el hogar frío de mi hogar abandonado, y cada muro cubierto de musgo y parcela de huerto, iguales como corderos mellizos a los ojos de un extraño, sin embargo, ante mi mirada acostumbrada presentaban diferencias, distinción y un nombre. Inglaterra seguía allí, aunque Inglaterra estaba muerta; era el fantasma de la alegre Inglaterra lo que contemplaba, bajo aquellas sombras del bosque donde las generaciones pasadas se habían divertido con seguridad y tranquilidad. A este doloroso reconocimiento de lugares familiares se añadía un sentimiento experimentado por todos, comprendido por ninguno: la sensación de que en algún estado, menos ilusorio que un sueño, en alguna existencia pasada y real, había visto todo lo que veía, con exactamente los mismos sentimientos con los que ahora lo contemplaba; como si todas mis sensaciones fueran un espejo doble de una revelación anterior. Para librarme de esta opresiva sensación, me esforcé por imaginar un cambio en este lugar tranquilo; esto acrecentó mi estado de ánimo, al llevarme a prestar más atención a los objetos que me causaban dolor.
Llegué a Datchet y a la humilde morada de Lucy, que antaño bullía de juerguistas los sábados por la noche, o bien, pulcra y ordenada los domingos por la mañana, había dado testimonio de las fatigas y los hábitos metódicos de la ama de casa. La nieve se amontonaba alta junto a la puerta, como si esta hubiera permanecido abierta de par en par durante muchos días.
“What scene of death hath Roscius now to act?”
Murmuré para mí mientras miraba los oscuros ventanales. Al principio creí ver una luz en uno de ellos, pero resultó ser meramente la refracción de los rayos lunares, mientras que el único sonido era el crujir de las ramas cuando la brisa sacudía los copos de nieve de ellas—la luna navegaba alta y sin nubes en el éter interminable, mientras que la sombra de la cabaña yacía negra sobre el jardín de atrás. Entré a este por la puertecilla abierta y examiné con ansiedad cada ventana. Al fin detecté un rayo de luz que se filtraba a través de una contraventana cerrada en una de las habitaciones de arriba—¡era un sentimiento nuevo, ay!, mirar cualquier casa y decir allí habita su morador habitual—la puerta de la casa estaba simplemente con el pestillo echado: así que entré y ascendí por la escalera iluminada por la luna. La puerta de la habitación habitada estaba entreabierta: al mirar dentro, vi a Lucy sentada como trabajando en la mesa sobre la cual se alzaba la luz; los utensilios de costura la rodeaban, pero su mano había caído sobre su regazo, y sus ojos, fijos en el suelo, mostraban por su vacuidad que sus pensamientos divagaban. Los rastros de la preocupación y la vigilia habían mermado sus antiguos atractivos—pero su sencillo vestido y cofia, su actitud desolada y la única vela que proyectaba su luz sobre ella otorgaban por un momento una agrupación pintoresca al conjunto. Una terrible realidad me devolvió del pensamiento—una figura yacía tendida sobre la cama cubierta por una sábana—su madre había muerto, y Lucy, apartada de todo el mundo, desamparada y sola, velaba junto al cadáver durante la fatídica noche. Entré en la habitación, y mi inesperada aparición arrancó al principio un grito a la única superviviente de una nación muerta; pero me reconoció y se repuso, con el rápido ejercicio de autocontrol habitual en ella. —¿No me esperabas? —pregunté, con esa voz baja que la presencia de los muertos hace que adoptemos como por instinto.
—Es usted muy amable —respondió ella— por haber venido en persona; nunca podré agradecerle lo suficiente; pero ya es demasiado tarde.
—Demasiado tarde —grité—, ¿qué quieres decir? No es demasiado tarde para sacarte de este lugar desolado y conducirte a...
Mi propia pérdida, que había olvidado al hablar, hizo ahora que me apartara, mientras un dolor sofocante impedía mis palabras. Abrí la ventana de par en par y contemplé el círculo frío, menguante, macabro y deforme allá en lo alto, y la tierra blanca y gélida debajo—¿surcaba el espíritu de la dulce Idris el aire cristalino congelado por la luna?—¡No, no, un ambiente más apacible, una morada más hermosa era sin duda la suya!
Me entregué a esta meditación por un momento, y luego me dirigí de nuevo a la doliente, que permanecía de pie, apoyada contra la cama con esa expresión de resignada desesperación, de completa miseria y de paciente sufrimiento que resulta mucho más conmovedora que cualquiera de los delirios frenéticos o las gestos salvajes de un dolor indomable. Quise apartarla de aquel lugar, pero se opuso a mi deseo. Esa clase de personas cuya imaginación y sensibilidad nunca han salido del estrecho círculo que tienen inmediatamente a la vista, si poseen tales cualidades en alguna medida, tienden a verter su influencia en las propias realidades que parecen destruirlas, y a aferrarse a ellas con doble tenacidad por ser incapaces de comprender nada más allá. Así Lucy, en la Inglaterra desierta, en un mundo muerto, deseaba cumplir con las ceremonias habituales de los difuntos, aquellas que eran costumbre entre la gente del campo inglés cuando la muerte era una visitante poco frecuente y nos daba tiempo para recibir su temida usurpación con pompa y circunstancia, saliendo en procesión para entregar las llaves de la tumba en su mano conquistadora. Ella ya había llevado a cabo algunas de ellas, sola como estaba, y la labor en la que la encontré ocupada era la mortaja de su madre. El corazón se me encogió ante semejante detalle de aflicción, que una mujer puede soportar, pero que resulta más doloroso para el espíritu masculino que la más mortal de las luchas o las convulsiones de una agonía indecible pero transitoria.
Esto no puede ser, le dije; y luego, como mayor incentivo, le comuniqué mi reciente pérdida, dándole a entender que debía venir conmigo para hacerse cargo de los niños huérfanos a quienes la muerte de Idris había privado de los cuidados de una madre.
Lucy nunca se resistía a la llamada del deber, de modo que cedió y, cerrando con cuidado los ventanales y las puertas, me acompañó de regreso a Windsor.
Mientras íbamos, me comunicó el motivo de la muerte de su madre. Ya fuera por algún contrasentido, había visto la carta de Lucy a Idris, o había oído su conversación con el paisano que la llevaba; fuera como fuese, llegó a enterarse de la espantosa situación en la que se encontraban ella y su hija; su anciano cuerpo no pudo soportar la angustia y el horror que este descubrimiento le infundió; ocultó su conocimiento a Lucy, pero le dio vueltas en noches de insomnio hasta que la fiebre y el delirio, veloces precursores de la muerte, revelaron el secreto.
Su vida, que llevaba tiempo pendiendo de un hilo, sucumbió de golpe a los efectos combinados de la miseria y la enfermedad, y esa misma mañana había muerto.
Tras las tumultuosas emociones del día, me alegró encontrar a mi llegada a la posada que mis compañeros se habían retirado a descansar. Dejé a Lucy al cuidado de la asistenta de la condesa, y luego busqué el reposo de mis diversas luchas y mis impacientes pesares.
Durante unos momentos, los acontecimientos del día desfilaron en un cortejo funesto por mi cerebro, hasta que el sueño lo bañó en el olvido; cuando amaneció y desperté, me pareció que mi letargo había durado años.
Mis compañeros no habían compartido mi olvido. Los ojos hinchados de Clara delataban que se había pasado la noche llorando. La condesa lucía demacrada y pálida. Su espíritu firme no había hallado alivio en las lágrimas, y sufría tanto más por todo el doloroso pasado y el angustioso remordimiento que ahora la abrumaban.
Partimos de Windsor tan pronto como se cumplieron los ritos fúnebres para la madre de Lucy, y, urgidos por un deseo impaciente de cambiar de aires, avanzamos hacia Dover con rapidez, pues nuestra escolta se nos había adelantado para conseguir caballos; los encontramos ya en los establos cálidos que buscaban por instinto durante el tiempo frío, ya de pie y temblando en los campos desolados, listos para entregar su libertad a cambio del maíz ofrecido.
Durante nuestro trayecto, la Condesa me relató las extraordinarias circunstancias que la habían llevado de manera tan extraña a mi lado en el presbiterio de la capilla de San Jorge.
La última vez que se había despedido de Idris, al contemplar con ansiedad su aspecto marchito y su rostro pálido, le había sobrevenido de repente la convicción de que la veía por última vez. Le resultó difícil separarse de ella bajo el dominio de este sentimiento y, por última vez, intentó persuadir a su hija para que se confiara a sus cuidados, permitiéndome a mí unirme a Adrian. Idris se negó amablemente y así se separaron.
La idea de que jamás volverían a encontrarse se afianzó en la mente de la Condesa y la atormentó sin cesar; mil veces había decidido dar media vuelta y unirse a nosotros, y una y otra vez se vio contenida por el orgullo y la ira de los que era esclava. Por muy orgullosa de corazón que fuera, empapaba su almohada con lágrimas nocturnas, y durante el día se veía doblegada por la agitación nerviosa y la expectativa del temido acontecimiento, que era totalmente incapaz de refrenar.
Confesó que en aquel período su odio hacia mí no conocía límites, ya que me consideraba el único obstáculo para la realización de su deseo más querido: atender a su hija en sus últimos momentos. Deseaba expresar sus temores a su hijo y buscar consuelo en su compasión o valor en su rechazo de sus augurios.
El primer día de su llegada a Dover, ella paseó con él por la playa y, con la timidez característica de los sentimientos apasionados y exagerados, fue llevando poco a poco la conversación hacia el punto deseado, en el que pudiera comunicarle sus temores, cuando el mensajero que traía mi carta, anunciando nuestro regreso temporal a Windsor, vino a caballo hacia ellos.
Él dio algunas explicaciones verbales de cómo nos había dejado y añadió que, a pesar de la alegría y el buen ánimo de Lady Idris, temía que apenas llegara con vida a Windsor.
«Es cierto —dijo la condesa—, vuestros temores están fundados, ¡está a punto de expirar!».
Mientras hablaba, tenía los ojos fijos en una hondonada en forma de tumba en el acantilado, y vio —me lo aseguró con solemnidad— a Idris caminando lentamente hacia esta cueva. Estaba de espaldas a ella, con la cabeza gacha, su vestido blanco era el que solía llevar, excepto que un velo fino parecido al crespón cubría sus cabellos dorados y la ocultaba como una neblina tenue y transparente. Parecía abatida, como si cediera dócilmente a un poder dominante; entró sumisamente y se perdió en el oscuro receso.
—Si yo fuera dada a estados visionarios —dijo la venerable dama, mientras continuaba su relato—, podría dudar de mis ojos y condenar mi credulidad; pero la realidad es el mundo en el que vivo, y no dudo de que lo que vi tuviera existencia más allá de mí misma.
Desde ese momento no pude descansar; valía la pena la vida entera verla una vez más antes de que muriera; sabía que no lograría hacerlo, pero aun así tenía que intentarlo.
Partí de inmediato hacia Windsor; y, aunque me aseguraban que viajábamos con rapidez, a mí me parecía que nuestro avance era lento como el de un caracol y que los retrasos se creaban únicamente para molestarme. A pesar de todo te acusaba, y arrojaba sobre tu cabeza las cenizas ardientes de mi impaciencia abrasadora.
No fue una desilusión, aunque sí una punzada agonizante, cuando señalaste su última morada; y las palabras expresarían mal la abominación que en ese momento sentí hacia ti, el obstáculo triunfante para mis más caros deseos.
La vi, y la ira, el odio y la injusticia murieron ante su féretro, cediendo su lugar al partir a un remordimiento (¡Gran Dios, que tenga que sentirlo!) que debe durar mientras la memoria y el sentimiento perduren.
Para aplicar un remedio a tal remordimiento, para evitar que el amor naciente y la recién estrenada mansedumbre produjeran el mismo fruto amargo que habían dado el odio y la dureza, dediqué todos mis esfuerzos a calmar al venerable penitente.
Nuestro grupo era melancólico; cada cual estaba dominado por el arrepentimiento de lo irremediable; pues la ausencia de su madre ensombrecía incluso la alegría infantil de Evelyn. A esto se sumaba la perspectiva de un futuro incierto.
Antes de que se consume finalmente cualquier gran cambio voluntario, la mente vacila: ora se consuela con una ferviente esperanza, ora retrocede ante obstáculos que jamás parecieron presentarse con un aspecto tan espantoso. Un temblor involuntario me recorrió cuando pensé que al día siguiente podríamos haber cruzado la barrera de agua y habernos puesto en marcha en ese deambular desesperado, interminable y triste que, poco antes, yo consideraba el único alivio para el dolor que nuestra situación ofrecía.
Nuestro acercamiento a Dover fue anunciado por los fuertes bramidos del mar invernal. Eran transportados millas tierra adentro por la ráfaga cargada de sonidos y, con su inaccutumbrado estruendo, infundían una sensación de inseguridad y peligro a nuestra sólida morada.
Al principio apenas nos permitimos pensar que alguna erupción inusual de la naturaleza causaba esta tremenda guerra de aire y agua, sino que más bien imaginamos que simplemente escuchábamos lo que habíamos oído mil veces antes, cuando habíamos visto a los rebaños de olas con coronas de lana, impulsadas por los vientos, venir a lamentarse y morir sobre las arenas estériles y las rocas puntiagudas.
Pero al avanzar más, descubrimos que Dover estaba inundada; muchas de las casas habían sido derribadas por las olas que llenaban las calles y que, con hideous risas y disputas / con horrible algarabía / con horribles estrépitos, a veces se retiraban dejando al descubierto el pavimento de la ciudad, hasta que, nuevamente impelidas por la marea, regresaban con sonido de trueno a su puesto usurpado.
Apenas menos perturbada que el tempestuoso mundo de las aguas estaba la asamblea de seres humanos que, desde el acantilado, observaba con temor sus furias.
En la mañana de la llegada de los emigrantes bajo la dirección de Adrian, el mar había estado sereno y cristalino, las ligeras ondas refractaban los rayos del sol, que proyectaban su resplandor a través del aire claro, azul y gélido. Esta plácida apariencia de la naturaleza fue saludada como un buen augurio para el viaje, y el líder se dirigió inmediatamente al puerto para examinar dos barcos de vapor que estaban amarrados allí.
A la medianoche siguiente, cuando todos descansaban, una espeluznante tormenta de viento, lluvia ruidosa y granizo los sobresaltó por primera vez, y la voz de alguien que gritaba en las calles que los durmientes debían despertar o se ahogarían; y cuando salieron corriendo, medio vestidos, para descubrir el significado de esta alarma, descubrieron que la marea, superando todas las marcas, estaba irrumpiendo en la ciudad. Ascendieron por el acantilado, pero la oscuridad solo permitía ver las crestas blancas de las olas, mientras el viento rugiente mezclaba sus aullidos en funesto acorde con las salvajes marejadas. La pavorosa hora de la noche, la total inexperiencia de muchos que nunca antes habían visto el mar, el lamento de las mujeres y los gritos de los niños añadieron horror al tumulto.
Durante todo el día siguiente continuó el mismo escenario. Cuando la marea bajaba, la ciudad quedaba seca; pero al subir, ascendía incluso más alto que la noche anterior. Los vastos barcos que yacían pudriéndose en la rada fueron arrancados de sus fondeaderos, arrastrados y empotrados contra el acantilado, y las naves del puerto fueron arrojadas a tierra como algas marinas, y allí hechas pedazos por los rompientes. Las olas embestían contra el acantilado, el cual, si en algún lugar ya se había aflojado antes, ahora cedía, y la multitud aterrorizada veía vastos fragmentos de la tierra cercana caer con estrépito y rugido en las profundidades.
Este espectáculo afectó de manera distinta a diferentes personas. La mayor parte lo consideró un juicio de Dios, para impedir o castigar nuestra emigración de nuestra tierra natal. Muchos estaban doblemente ansiosos por abandonar un rincón de tierra convertido ahora en su prisión, que parecía incapaz de resistir las incursiones de las olas gigantescas del océano.
Cuando llegamos a Dover, tras una jornada de viaje agotadora, todos necesitábamos descanso y sueño; pero el espectáculo que se desarrollaba a nuestro alrededor tardó poco en disipar tales ideas.
Nos vimos arrastrados, junto con la mayor parte de nuestros compañeros, hasta el borde del acantilado, para escuchar allí y hacer mil conjeturas. Una niebla reducía nuestro horizonte a una distancia de aproximadamente un cuarto de milla, y el velo brumoso, frío y denso, envolvía cielo y mar en una oscuridad idéntica.
Lo que acrecentaba nuestra inquietud era la circunstancia de que dos terceras partes de nuestro número original nos esperaban ahora en París, y aferrándonos, como lo hacíamos entonces con gran dolor, a cualquier adición a nuestro melancólico resto, esta división, con el océano indomable e intransitable de por medio, nos llenó de pánico.
Al fin, tras deambular durante varias horas por el acantilado, nos retiramos al castillo de Dover, cuyo techo cobijaba a todos los que respiraban el aire inglés, y buscamos el sueño necesario para devolver la fuerza y el valor a nuestros cuerpos fatigados y a nuestros espíritus desmayados.
Temprano por la mañana, Adrián me trajo la bienvenida noticia de que el viento había cambiado: había soplado del suroeste; ahora soplaba del noreste. El cielo había quedado despojado de nubes por el creciente vendaval, mientras que la marea, en su reflujo, se retiraba por completo de la ciudad. El cambio de viento aumentó un tanto la furia del mar, pero mudó su reciente tono oscuro a un verde brillante; y a pesar de su clamor incesante, su aspecto más alegre infundía esperanza y placer. Todo el día contemplamos el avance de las olas montañosas y, hacia la puesta del sol, el deseo de descifrar la promesa para el día de mañana en su ocaso nos hizo reunirnos a todos unánimemente al borde del acantilado. Cuando el poderoso astro se aproximó a unos pocos grados del horizonte azotado por la tempestad, ¡de repente, un prodigio! otros tres soles, igualmente ardientes y brillantes, se precipitaron desde diversos puntos del cielo hacia el gran orbe; giraron a su alrededor. El destello de luz era intenso para nuestros ojos deslumbrados; el sol mismo pareció unirse a la danza, mientras el mar ardía como un horno, como el Vesuvio entero encendido, con lava fluida en su interior. Los caballos se soltaron de sus establos aterrorizados; una manada de ganado, presa del pánico, corrió hacia el borde del acantilado y, cegada por la luz, se precipitó con alaridos espantosos a las olas de abajo. El tiempo que duró la aparición de estos meteoros fue comparativamente corto; de repente, los tres falsos soles se unieron en uno y se sumergieron en el mar. Pocos segundos después, un estruendo acuático ensordecedor surgió con un trueno aterrador desde el lugar donde habían desaparecido.
Mientras tanto el sol, despojado de sus extraños satélites, marchaba con su majestad acostumbrada hacia su hogar occidental. Cuando —no nos atrevíamos a fiarnos de nuestros ojos recientemente deslumbrados, pero parecía que— el mar se alzó a su encuentro; subió más y más, hasta que el globo de fuego quedó oscurecido, y la muralla de agua seguía ascendiendo por el horizonte; parecía como si de repente se nos revelara el movimiento de la tierra, como si ya no nos gobernaran leyes antiguas, sino que fuéramos abandonados a la deriva en una región desconocida del espacio. Muchos gritaron a grandes voces que aquellos no eran meteoros, sino globos de materia ardiente que habían prendido fuego a la tierra y hacían hervir el vasto caldero a nuestros pies con sus olas imensurables; aseguraban que el día del juicio había llegado y que en pocos momentos seríamos transportados ante el temible semblante del juez omnipotente; mientras que aquellos menos dados a los terrores visionales declaraban que dos vendavales en conflicto habían ocasionado el último fenómeno. En apoyo de esta opinión señalaban el hecho de que el viento del este se apagaba, mientras que la acometida del oeste que se aproximaba mezclaba su aullido salvaje con el rugido de las aguas avanzadas. ¿Resistió el acantilado esta nueva batería? ¿No era la ola gigante mucho más alta que el precipicio? ¿No quedaría nuestra pequeña isla inundada por su cercanía? La muchedumbre de espectadores huyó. Se dispersaron por los campos, deteniéndose de vez en vez y mirando hacia atrás con terror. Un sentimiento sublime de asombro calmó las rápidas pulsaciones de mi corazón; aguardé la aproximación de la destrucción amenazada con esa solemne resignación que infunde una necesidad inevitable. El océano adoptaba a cada momento un aspecto más terrorífico, mientras el crepúsculo se oscurecía por los jirones de nubes que el viento del oeste extendía sobre el cielo. Sin embargo, poco a poco, a medida que la ola avanzaba, adquirió un aspecto más apacible; alguna corriente submarina, o algún obstáculo en el lecho de las aguas, frenó su progreso, y descendió gradualmente, mientras la superficie del mar se elevaba de manera uniforme al disolverse en él. Este cambio nos quitó el miedo a una catástrofe inmediata, aunque seguíamos inquietos ante el resultado final. Continuamos durante toda la noche observando la furia del mar y el paso de las nubes veloces, a través de cuyas aberturas las escasas estrellas corrían impetuosas; el trueno de los elementos en conflicto nos privó de toda posibilidad de dormir.
Esto continuó sin cesar durante tres días y tres noches. Los corazones más firmes temblaron ante la salvaje enemistad de la naturaleza; las provisiones comenzaron a escasear, a pesar de que todos los días se enviaban partidas de expolio a los pueblos cercanos.
En vano nos convencimos de que no había nada fuera del orden común de la naturaleza en la lucha que presenciábamos; nuestro desastroso y abrumador destino convirtió a los mejores de nosotros en cobardes.
La muerte nos había perseguido a lo largo de muchos meses, hasta llegar a la estrecha franja de tiempo en la que ahora nos encontrábamos; estrecho en verdad, y azotado por las tormentas, era nuestro sendero suspendido sobre el gran mar de la calamidad—
Como una desprotegida orilla norte es sacudida por la ola invernal— y frecuentes tormentas por siempre jamás, (mientras desde el oeste braman los fuertes vientos, o desde el este, o de las montañas canosas) lavan el golpeado y tambaleante banco de arena.
Se necesitaba más que energía humana para soportar las amenazas de destrucción que por doquier nos rodeaban.
Tras el transcurso de tres días, el vendaval amainó, la gaviota planeó sobre el seno tranquilo de la atmósfera sin viento, y la última hoja amarilla en la rama más alta del roble pendía sin movimiento. El mar ya no rompía con furia; pero una marejada que se dirigía firmemente hacia la costa, con un vaivén largo y un estallido taciturno, reemplazó el rugido de las rompientes. Sin embargo, obtuvimos esperanza del cambio, y no dudábamos de que, tras el intervalo de unos pocos días, el mar recuperaría su tranquilidad. La puesta de sol del cuarto día favoreció esta idea; fue clara y dorada. Mientras contemplábamos el mar púrpura, radiante allá abajo, nos atrajo un espectáculo novedoso; una mota oscura —que, al acercarse, se vio claramente que era un barquito— cabalgaba en la cresta de las olas, perdiéndose de vez en cuando en los empinados valles entre ellas. Seguimos su curso con preguntas impacientes; y, al ver que se dirigía evidentemente hacia la costa, descendimos al único desembarcadero practicable y izamos una señal para guiarles. Con la ayuda de anteojos distinguimos a su tripulación; constaba de nueve hombres, ingleses, pertenecientes en verdad a las dos facciones de nuestra gente que nos habían precedido y llevaban varias semanas en París. Como solía el compatriota encontrarse con el compatriota en tierras lejanas, así saludamos a nuestros visitantes al desembarcar, con las manos extendidas y una alegre bienvenida. Tardaron en corresponder a nuestras felicitaciones. Parecían airados y resentidos; no menos que el mar alterado que habían atravesado con peligro inminente, aunque aparentemente más disgustados unos con otros que con nosotros. Era extraño ver a estos seres humanos, que parecían brotar de la tierra como plantas raras e inestimables, llenos de una pasión altanera y del espíritu de una lucha airada. Su primera exigencia fue ser conducidos ante el Lord Protector de Inglaterra, pues así llamaban a Adrián, aunque él hacía tiempo que había descartado ese título vacío, como una amarga burla de la sombra a la que se había reducido el Protectorado. Fueron conducidos rápidamente al castillo de Dover, desde cuya torre del homenaje Adrián había observado los movimientos del bote. Los recibió con el interés y el asombro que una visita tan extraña suscitaba. En la confusión ocasionada por sus airadas demandas de precedencia, pasó mucho tiempo antes de que pudiéramos descubrir el significado secreto de esta extraña escena. Poco a poco, a partir de las furiosas declamaciones de uno, las fieras interrupciones de otro y las amargas burlas de un tercero, descubrimos que eran diputados de nuestra colonia en París, de tres partidos allí formados que, cada uno con una rivalidad airada, intentaban alcanzar la superioridad sobre los otros dos. Estos diputados habían sido enviados por ellos a Adrián, quien había sido elegido árbitro; y habían viajado desde París hasta Calais, a través de las ciudades vacías y el país desolado, cindiéndose mientras tanto un odio violento los unos hacia los otros; y ahora exponían sus diversas causas con un espíritu de partido sin mitigación.
Examinando a los diputados por separado, y tras mucha investigación, conocimos el verdadero estado de las cosas en París.
Desde que el parlamento lo había elegido lugarteniente de Ryland, todos los ingleses supervivientes se habían sometido a Adrián. Él era nuestro capitán para guiarnos desde nuestra tierra natal hacia tierras desconocidas, nuestro legislador y nuestro salvador.
En la disposición inicial de nuestro plan de emigración, no se había contemplado una separación continuada de nuestros miembros, y el mando de todo el cuerpo, en un ascenso gradual de poder, tenía su cúspide en el conde de Windsor.
Pero circunstancias imprevistas cambiaron nuestros planes y provocaron que la mayor parte de nuestro número estuviera separada del jefe supremo durante un espacio de casi dos meses. Habían cruzado en dos grupos distintos y, a su llegada a París, surgieron disensiones entre ellos.
Habían encontrado París convertido en un desierto.
Cuando la peste apareció por primera vez, el regreso de viajeros y mercaderes, y las comunicaciones por carta, nos informaron con regularidad de los estragos causados por la enfermedad en el continente. Pero con el aumento de la mortalidad este intercambio decayó y cesó. Incluso en la propia Inglaterra, la comunicación de una parte a otra de la isla se volvió lenta y escasa.
Ninguna embarcación surcó las aguas que separaban Calais de Dover; o si algún melancólico viajero, deseoso de asegurarse de la vida o la muerte de sus parientes, zarpaba de la costa francesa para regresar con nosotros, a menudo el codicioso océano se tragaba su pequeña embarcación, o al cabo de un día o dos se contagiaba del mal y moría antes de poder contar la historia de la desolación de Francia.
Por consiguiente, ignorábamos en gran medida el estado de las cosas en el continente y no carecíamos de cierta vaga esperanza de hallar numerosos compañeros en su amplio recorrido. Pero las mismas causas que tan temiblemente habían disminuido a la nación inglesa habían tenido un margen aún mayor para causar estragos en la tierra hermana. Francia era un páramo; a lo largo de la extensa carretera de Calais a París no se encontró a un solo ser humano.
En París había unos pocos, quizá un centenar, que, resignados a su inminente destino, deambulaban por las calles de la capital y se reunían para conversar sobre tiempos pasados, con esa vivacidad e incluso alegría que rara vez abandona a los individuos de esta nación.
Los ingleses tomaron posesión indiscutida de París. Sus altas casas y estrechas calles carecían de vida. Se distinguían unas cuantas figuras pálidas en el habitual paraje de las Tullerías; se preguntaban por qué motivo los isleños se acercaban a su desdichada ciudad —pues en el exceso de la miseria, los que sufren siempre se imaginan que su parte de la calamidad es la más amarga, tal como, al padecer un dolor intenso, cambiaríamos el suplicio específico bajo el que nos retorcemos por cualquier otro que afectara a una parte distinta del cuerpo—. Escuchaban con un encogimiento de hombros casi desdeñoso el relato que los emigrantes daban de los motivos que tenían para abandonar su tierra natal: «Volved —decían—, volved a vuestra isla, cuyas brisas marinas y su separación del continente ofrecen cierta promesa de salud; si entre vosotros la Pestilencia ha matado a cientos, entre nosotros ha matado a millares. ¿No sois acaso aun ahora más numerosos que nosotros? Hace un año habríais hallado solo a los enfermos enterrando a los muertos; ahora somos más felices, pues la punzada de la lucha ha desaparecido, y los pocos que halláis aquí esperan pacientemente el golpe final. Pero vosotros, que no os conformáis con morir, no respiréis más el aire de Francia, o pronto seréis solo una parte de su suelo».
Así, mediante amenazas de espada, habrían hecho retroceder a quienes habían escapado del fuego. Pero el peligro que quedaba atrás era considerado inminente por mis compatriotas; el que tenían ante ellos, dudoso y lejano; y pronto surgieron otros sentimientos para borrar el miedo, o para reemplazarlo por pasiones que no debieron tener cabida entre una hermandad de infelices sobrevivientes del mundo moribundo.
La más numerosa división de emigrados, que llegó primero a París, asumió una superioridad de rango y poder; el segundo grupo afirmó su independencia.
Una tercera fue formada por un sectario, un profeta autoproclamado que, si bien atribuía todo poder y gobierno a Dios, se esforzaba por obtener el mando real de sus camaradas en sus propias manos. Esta tercera división constaba de los individuos menos numerosos, pero su propósito era más unitario, su obediencia a su líder más entera, su fortaleza y valor más inquebrantables y activos.
Durante todo el avance de la peste, los ministros de la religión detentaron un gran poder; un poder para el bien, si se encauzaba correctamente, o de un daño incalculable, si el fanatismo o la intolerancia guiaban sus esfuerzos.
En el presente caso, un sentimiento peor que cualquiera de estos movía al líder. Era un impostor en el sentido más absoluto de la palabra. Un hombre que en su juventud había perdido, a causa de la indulgencia con propensiones viciosas, todo sentido de rectitud o de autoestima; y que, cuando la ambición despertó en él, se entregó a su influencia sin freno alguno por parte de ningún escrúpulo.
Su padre había sido un predicador metodista, un hombre entusiasta de intenciones sencillas; pero cuyas perniciosas doctrinas de la predestinación y la gracia especial habían contribuido a destruir todo sentimiento de conciencia en su hijo.
Durante el avance de la pestilencia, se había embarcado en varios planes con los que adquirir adeptos y poder. Adrian había descubierto y frustrado estos intentos; pero Adrian estaba ausente; el lobo asumió el atuendo de pastor, y el rebaño admitió el engaño: había formado un partido durante las pocas semanas que llevaba en París, que propagaba con celo el credo de su misión divina, y creía que la seguridad y la salvación solo se concederían a aquellos que pusieran su confianza en él.
Cuando una vez hubo surgido el espíritu de disensión, las causas más frívolas le dieron actividad.
El primer partido, al llegar a París, se habíapoderado de las Tullerías; el azar y un sentimiento de amistad habían inducido al segundo a alojarse cerca de ellos. Surgió una disputa a propósito de la distribución del botín; los jefes de la primera división exigieron que todo fuera puesto a su disposición; con esta pretensión la parte opuesta se negó a cumplir.
Cuando los segundos fueron a forrajear a continuación, las puertas de París les fueron cerradas. Tras superar esta dificultad, marcharon en tropel hacia las Tullerías. Descubrieron que sus enemigos ya habían sido expulsados de allí por los Elegidos, como se denominaba a sí misma la facción fanática, que se negaba a admitir en el palacio a cualquiera que no abjurara primero de la obediencia a todos excepto a Dios y a su delegado en la tierra, su jefe.
Tal fue el principio de la lucha, que a la postre llegó tan lejos que las tres divisiones, armadas, se encontraron en la plaza Vendôme, cada una resuelta a someter por la fuerza la resistencia de sus adversarios. Se congregaron, sus mosquetes estaban cargados, e incluso apuntaban a los pechos de sus autodenominados enemigos. Una sola palabra habría bastado; y allí los últimos de la humanidad habrían gravado sus almas con el crimen de asesinato y se habrían manchado las manos con la sangre de los otros.
Un sentimiento de vergüenza, el recuerdo de que no solo su causa, sino la existencia de toda la raza humana estaba en juego, penetró en el pecho del líder del bando más numeroso. Era consciente de que, si las filas se diezmaban, ningún otro recluta podría llenarlas; de que cada hombre era como una gema inestimable en la corona de un rey, que, si fuera destruida, las entrañas profundas de la tierra no podrían producir parangón alguno. Era un joven, y se había dejado arrastrar por la presunción y por la noción de su alto rango y su superioridad sobre todos los demás pretendientes; ahora se arrepentía de su obra, sentía que toda la sangre a punto de ser derramada caería sobre su cabeza; por tanto, con un impulso repentino, espoleó su caballo entre los bandos y, tras fijar un pañuelo blanco en la punta de su espada en alto, exigió así parlamento; los líderes opuestos obedecieron la señal.
Habló con fervor; les recordó el juramento que todos los jefes habían hecho de someterse al Lord Protector; declaró que su actual encuentro era un acto de traición y amotinamiento; admitió que se había dejado arrastrar por la pasión, pero que había llegado un momento de mayor serenidad; y propuso que cada partido enviara diputados al conde de Windsor, invitando su intervención y ofreciendo someterse a su decisión.
Su oferta fue aceptada en la medida en que cada líder consintió en ordenar una retirada y, además, acordó que, tras consultar la aprobación de sus respectivos partidos, se reunirían esa noche en algún lugar neutral para ratificar la tregua. En la reunión de los jefes, este plan quedó finalmente concluido. El líder de los fanáticos, en verdad, se negó a admitir el arbitraje de Adrian; envió embajadores, más bien que diputados, para hacer valer su derecho, no para alegar su causa.
La tregua debía prolongarse hasta el primero de febrero, fecha en que las bandas debían reunirse de nuevo en la Place Vendôme; era, por consiguiente, de la mayor importancia que Adrián llegase a París para ese día, ya que un cabello podía inclinar la balanza, y la paz, espantada por las discordias intestinas, tal vez solo regresara para velar junto a los muertos silenciosos.
Corría ya el veintiocho de enero; todas las embarcaciones apostadas cerca de Dover habían quedado reducidas a añicos y destruidas por las furiosas tormentas que he mencionado. Nuestro viaje, sin embargo, no admitía demora alguna. Esa misma noche, Adrián, yo y otros doce, entre amigos y sirvientes, zarpamos de la costa inglesa en el bote que había traído a los diputados.
Todos nos turnamos en los remos; y el motivo inmediato de nuestra partida, al brindarnos abundante materia para conjeturas y charlas, evitó que la sensación de que abandonábamos nuestra tierra natal, la Inglaterra despoblada, por última vez, penetrase hondo en la mente de la mayor parte de nuestro grupo.
Era una noche serena y estrellada, y la oscura línea de la costa inglesa siguió visible por un tiempo, a intervalos, mientras nos elevábamos sobre el ancho lomo de las olas. Me esforcé con mi remo largo para imprimir un rápido impulso a nuestro esquife; y, mientras las aguas salpicaban con un sonido melancólico contra sus costados, miré con triste afecto este último vistazo de la Inglaterra ceñida por el mar, y esforcé la vista para no perder demasiado pronto de vista el acantilado coronado de castillos, que se alzaba para proteger la tierra del heroísmo y de la belleza contra las incursiones del océano, el cual, por turbulento que lo hubiera visto poco antes, exigía murallas tan ciclópeas para ser repelido.
Una solitaria gaviota cruzó el aire batiendo las alas sobre nuestras cabezas en busca de su nido en una hendidura del precipicio. Sí, tú volverás a visitar la tierra de tu nacimiento —pensué, mientras miraba con envidia al aéreo viajero—, ¡pero nosotros, nunca jamás!
Tumba de Idris, ¡adiós! Tumba en la que yace sepultado mi corazón, ¡adiós para siempre!
Estuvimos doce horas en el mar, y el fuerte oleaje nos obligó a emplear todas nuestras fuerzas. Por fin, a fuerza de remar, alcanzamos la costa francesa. Las estrellas se desvanecieron y la gris mañana arrojó un tenue velo sobre los cuernos plateados de la menguante luna; el sol se alzó ancho y rojo desde el mar, mientras caminábamos por la arena hacia Calais. Nuestro primer cuidado fue conseguir caballos, y aunque cansados por nuestra noche de vigilia y fatiga, algunos de los nuestros fueron inmediatamente en su busca por los amplios campos de la llanura abierta y ahora estéril que rodea Calais. Nos dividimos, como marineros, en turnos, y unos descansaron mientras otros preparaban la comida de la mañana. Nuestros forrajeadores regresaron al mediodía con solo seis caballos; en ellos, Adrián y yo, y otros cuatro, continuamos nuestro viaje hacia la gran ciudad que sus habitantes habían bautizado con afecto como la capital del mundo civilizado. Nuestos caballos se habían vuelto casi salvajes debido a su larga pausa, y cruzamos la llanura alrededor de Calais con impetuosa velocidad. Desde la altura cerca de Boulogne, me volví de nuevo para mirar a Inglaterra; la naturaleza había arrojado un neblinoso sudario sobre ella, su acantilado estaba oculto; allí se extendía la barrera acuosa que nos separaba, para no ser cruzada jamás; yacía sobre la llanura oceánica,
En el gran estanque, el nido de un cisne.
¡Destruido el nido, ay!, los cisnes de Albión se habían marchado para siempre; una roca deshabitada en el ancho Pacífico, que había permanecido desde la creación deshabitada, sin nombre, sin señalar, tendría tanta importancia en la historia futura del mundo como la Inglaterra desierta.
Nuestro viaje se vio impedido por mil obstáculos. A medida que nuestros caballos se cansaban, teníamos que buscar otros; y se perdían horas mientras agotábamos nuestras artimañas para atraer a algunos de estos esclavos emancipados del hombre para que volvieran a aceptar el yugo; o mientras íbamos de establo en establo por las ciudades, con la esperanza de hallar alguno que no hubiera olvidado el cobijo de sus pesebreras natales.
Nuestro poco éxito en conseguirlos nos obligaba continuamente a dejar atrás a alguno de nuestros compañeros; y el primero de febrero, Adrián y yo entramos en París, completamente solos.
Amanecía una mañana serena cuando llegamos a Saint Denis, y el sol ya estaba alto cuando el clamor de las voces y el choque, según temíamos, de las armas, nos guio hasta el lugar donde nuestros compatriotas se habían reunido en la Place Vendôme.
Pasamos junto a un grupo de franceses que hablaban con fervor de la locura de los invasores insulares y luego, al doblar de repente hacia la plaza, vimos el sol brillar sobre espadas desenvainadas y bayonetas caladas, mientras gritos y algarabías rasgaban el aire. Era una escena de insólita confusión en estos días de despoblación.
Incitados por agravios imaginarios e insultantes burlas, los bandos opuestos se habían lanzado a atacarse mutuamente; mientras que los Elegidos, formados aparte, parecía que aguardaban la oportunidad para caer con mayor ventaja sobre sus enemigos, una vez que estos se hubieran debilitado mutuamente.
Un poder piadoso intervino y no se derramó sangre; porque, en el preciso instante en que la turba insensata se disponía a atacar, las mujeres, esposas, madres e hijas, se interpusieron corriendo; agarraron las bridas; abrazaron las rodillas de los jinetes y se colgaron de los cuellos o de los brazos armados de sus enfurecidos parientes; el agudo grito femenino se mezclaba con el alarido varonil y formaba el indómito clamor que nos dio la bienvenida a nuestra llegada.
Nuestras voces no podían oírse en el tumulto; Adrian, sin embargo, sobresalía por el corcel blanco que montaba; espoleándolo, se lanzó en medio de la muchedumbre: fue reconocido, y se alzó un fuerte grito por Inglaterra y el Protector.
Los antiguos adversarios, conmovidos hasta el afecto al verle, se unieron en desatenta confusión y lo rodearon; las mujeres besaban sus manos y los bordes de sus ropas; es más, su caballo recibió el tributo de sus abrazos; algunos lloraban su bienvenida; él parecía un ángel de paz descendido entre ellos; y el único peligro era que su naturaleza mortal quedara demostrada al morir sofocado por la bondad de sus amigos.
Su voz fue por fin oída y obedecida; la multitud retrocedió; los jefes tan solo se agruparon a su alrededor.
Yo había visto a lord Raymond cabalgar por sus líneas; su mirada de victoria y su porte majestuoso obtenían el respeto y la obediencia de todos: tal no era el aspecto ni la influencia de Adrian. Su esbelta figura, su mirada ferviente, su gesto, más de súplica que de mando, eran pruebas de que el amor, sin mezcla de temor, le otorgaba dominio sobre los corazones de una multitud que sabía que él jamás eludía el peligro, ni se movía por otros motivos que la preocupación por el bienestar general.
Ninguna distinción era ya visible entre los dos bandos, que poco antes estaban listos para derramar la sangre del otro, pues, aunque ninguno se sometería al otro, ambos rindieron obediencia inmediata al conde de Windsor.
Un partido, sin embargo, permanecía aislado del resto, el cual no simpatizaba con la alegría mostrada ante la llegada de Adrian, ni se empapaba del espíritu de paz que caía como rocío sobre los ablandados corazones de sus compatriotas.
Al frente de esta asamblea se encontraba un hombre pesado y de aspecto sombrío, cuya mirada maligna observaba con deleite morboso los rostros severos de sus seguidores. Hasta entonces habían permanecido inactivos, pero ahora, al percibirse olvidados en el jubileo universal, avanzaron con gestos amenazantes: nuestros amigos se habían atacado mutuamente, por decirlo así, en una disputa caprichosa; les bastaba con que se les dijera que su causa era una sola para que así fuera: su ira mutua había sido un fuego de paja en comparación con el odio de combustión lenta que ambos albergan hacia estos desertores, quienes se apropiaban de una porción del mundo venidero, para allí atrincherarse y fortificarse, y lanzarse con salidas temibles y denuncias espantosas sobre los simples y comunes hijos de la tierra.
El primer avance del pequeño ejército de los Elegidos reavivó su furia; empuñaron sus armas y aguardaron tan solo la señal de su líder para comenzar el ataque, cuando se escucharon los claros tonos de la voz de Adrian, ordenándoles retroceder; con murmullo confuso y retirada apresurada, tal como la ola se retira clamorosamente de la arena que poco antes cubría, nuestros amigos obedecieron.
Adrian cabalgó en solitario hacia el espacio entre los bandos opuestos; se acercó al líder hostil como pidiéndole que imitara su ejemplo, pero su mirada no fue obedecida, y el jefe avanzó, seguido por toda su tropa. Había muchas mujeres entre ellos, las cuales parecían más ávidas y resueltas que sus compañeros varones. Se apretujaban en torno a su líder, como para escudarlo, mientras le otorgaban a voces cada denominación sagrada y epíteto de culto.
Adrian salió a su encuentro a mitad de camino; se detuvieron: —¿Qué —dijo— buscáis? ¿Requerís de nosotros algo que nos neguemos a dar, y que os veáis forzados a adquirir mediante las armas y la guerra?
Sus preguntas fueron contestadas por un grito general, en el que únicamente se alcanzaban a distinguir las palabras elección, pecado y el brazo derecho y rojo de Dios.
Adrian looked expressly at their leader, saying, “Can you not silence your followers? Mine, you perceive, obey me.”
El sujeto respondió con un ceño fruncido; y luego, temeroso quizás de que los suyos se convirtieran en oyentes del debate que preveía, les ordenó retroceder y avanzó solo.
—¿Qué, vuelvo a preguntar —dijo Adrián—, exigen de nosotros?
—Arrepentimiento —respondió el hombre, cuyas cejas siniestras se nublaron mientras hablaba—. Obediencia a la voluntad del Altísimo, manifestada a este, su Pueblo Elegido. ¿Acaso no morimos todos por vuestros pecados, oh generación de incredulidad, y no tenemos acaso el derecho de exigiros arrepentimiento y obediencia?
—Y si se los negamos, ¿qué pasa entonces? —inquirió su oponente con suavidad.
«¡Advertidos estáis —gritó el hombre—, Dios os oye y castigará vuestro corazón de piedra en su cólera; sus flechas envenenadas vuelan, ¡sus perros de la muerte están desatados! No pereceremos sin venganza, y poderoso será nuestro vengador cuando descienda en majestad visible y siembre la destrucción entre vosotros».
—Buen hombre —dijo Adrian con tranquila altanería—, ojalá fueras solo un ignorante, y creo que no me sería difícil demostrarte que hablas de lo que no entiendes. Sin embargo, en esta ocasión basta con que sepa que tú no buscas nada de nosotros; y Dios es nuestro testigo, nosotros no buscamos nada de ti.
Sentiría amargar con disputas los pocos días que cualquiera de nosotros pueda tener de vida aquí; cuando allí —señaló hacia abajo— no podremos contender, mientras que aquí no es necesario. Vete a casa o quédate; reza a tu Dios a tu manera; tus amigos pueden hacer lo mismo. Mis oraciones consisten en la paz y la buena voluntad, en la resignación y la esperanza. ¡Adiós!
Hizo una ligera reverencia al colérico contendiente que se disponía a replicar; y, girando su caballo hacia la rue Saint-Honoré, pidió a sus amigos que lo siguieran.
Cabalgó despacio para dar tiempo a que todos se le unieran en la Barrera, y luego dio orden de que aquellos que le obedecían se reunieran en Versalles.
Mientras tanto, permaneció dentro de los muros de París hasta haber asegurado la retirada a salvo de todos. Al cabo de unas dos semanas, el resto de los emigrados llegó desde Inglaterra, y todos se dirigieron a Versalles; se prepararon aposentos para la familia del Protector en el Gran Trianón y allí, tras la agitación de estos acontecimientos, descansamos en medio de los lujos de los Borbones difuntos.