En los Estados Unidos observamos otra actitud más hacia la inmoralidad. Está, en verdad, relacionada con la actitud inglesa, y necesariamente ha de ser así, puesto que el elemento más antiguo y fundamental de la misma fue llevado a América por los puritanos ingleses, quienes atesoraban en su forma más extrema tanto la pasión inglesa por el individualismo como el fervor inglés por el idealismo religioso.
Estos gérmenes han sido demasiado potentes para ser destruidos, incluso bajo todas las nuevas influencias de la vida estadounidense. Pero no están del todo en armonía con dichas influencias, y el resultado ha sido que la actitud estadounidense hacia la inmoralidad a veces se ha parecido bastante a una caricatura del método inglés.
La afluencia de una población vasta y racialmente heterogénea, junto con el desarrollo desmedidamente rápido de la urbanización que necesariamente le ha seguido, abre un campo inmenso para que el individualismo idealista intente reformas. Pero este individualismo no se ha visto frenado por el espíritu inglés de transacción, el cual no forma parte del puritanismo, y por ello ha tendido tanto al exceso como a la impotencia.
Este resultado es provocado, en parte, por las facilidades para una legislación individualista que no expresa las tendencias de toda la población y que, por lo tanto, está fatalmente condenada a la esterilidad; y en parte, por el hecho de que en una civilización nueva y de rápido desarrollo es imposible reclutar un ejército de funcionarios en quienes se pueda confiar para abordar la regulación de cuestiones morales delicadas y complejas acerca de las cuales la comunidad no está verdaderamente de acuerdo.
Por lo general, se admite que la policía estadounidense es especialmente proclive a las acusaciones de ineficacia y venalidad. No se comprende tan a menudo que estos defectos son fomentados por la naturaleza imposible de las tareas que se le imponen a la policía estadounidense.