alarmante no llegó a producirse, y por una razón muy de peso. Las premisas supuestas del argumento no eran sólidas. Nada continúa jamás al mismo ritmo, ni tampoco todas las demás condiciones permanecen jamás inalteradas. El mundo es un fuego vivo, como ya dijo hace mucho Heráclito. Todas las cosas están en perpetuo flujo. La vida es un proceso de perpetuo movimiento. Es vano ordenar al mundo que se detenga y, a continuación, discutir sobre las consecuencias. El mundo no se detendrá; gira eternamente, revelando por siempre alguna nueva faceta que no se había tenido en cuenta en el mecanismo pulcramente dispuesto del estadístico.
Es quizás innecesario detenerse en un punto que ahora por fin, cabe esperar, empieza a quedar claro para la mayoría de las personas inteligentes. Pero tal vez se me permita referirme de paso a un argumento que se ha esgrimido con esa fastidiosa reiteración que siempre caracteriza el avance de los débiles en la argumentación.
Las buenas estirpes de las clases sociales altas están disminuyendo en fertilidad, se dice; las malas estirpes de las clases sociales bajas no están disminuyendo; por lo tanto, las malas estirpes tienden a reemplazar a las buenas estirpes.
Debe, no obstante, señalarse que, aun suponiendo que los hechos sean tal como se exponen, resulta arriesgado asumir que los mejores linajes sean necesariamente los de las clases sociales altas. En lo fundamental esto es indudablemente así, pero los buenos linajes están, sin embargo, tan ampliamente repartidos por todas las clases —siendo los buenos linajes de las clases sociales inferiores probablemente