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El nuevo aspecto del movimiento de las mujeres

Que la cuestión del sufragio femenino se resuelva en Inglaterra en un plazo razonable es muy de desear por el bien del movimiento de las mujeres en el sentido más amplio, el cual no tiene nada que ver con la política y se ve hoy entorpecido por esta lucha.

El ensoberbecimiento de las mujeres —rectius, el enfranquecimiento—, declaró miss Frances Cobbe hace treinta años, es «la corona y la culminación» de todo el progreso en el movimiento de las mujeres. «Votos para las mujeres», exclama, con más juventud pero no con menos insensatez, miss Christabel Pankhurst, «significa un nuevo Cielo y una nueva Tierra».

Pero el sufragio femenino no significa un nuevo Cielo ni tampoco una nueva Tierra, como tampoco significa, según otros temen, un nuevo Purgatorio y un nuevo Infierno. Podemos comprobar esto con toda claridad en Australasia. Los votos de las mujeres ayudan a impulsar la legislación social y contribuyen a la aprobación de leyes que tienen su lado bueno y, sin duda, como todo lo demás, su lado malo.

Como declaró Elizabeth Cady Stanton, quien dedicó su vida a la emancipación política de las mujeres, la boleta electoral es, a lo sumo, solo el vestíbulo de la emancipación de la mujer. El sufragio de los hombres no ha introducido el milenio, y es necio suponer que el de las mujeres pueda hacerlo.

Es meramente un acto de justicia y una condición razonable de higiene social.

La conquista del sufragio, si es un comienzo y no un fin, tendrá así un valor real y positivo al liberar al movimiento de la mujer de una fase estrecha y esterilizante de su trayectoria. En Inglaterra, especialmente, el movimiento de la mujer se ha limitado en el pasado en gran medida a imitar a los hombres y a obtener el mismo trabajo y los mismos derechos que los hombres. Dicho de manera más amplia, puede afirmarse que el

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