A algunas personas les parece casi una paradoja afirmar que la inmoralidad no debe ser combatida con la fuerza física. Esas mismas personas admitirían de buen grado que es inútil derrotar a un ejército moderno con arcos y flechas, ni siquiera contando con el apoyo de una fanfarria de trompetas. Sin embargo, esa metáfora, como hemos visto, no representa en absoluto la insuficiencia de la ley ante la inmoralidad. Nos ocupamos de un método de lucha que no sólo es inadecuado, sino que, como se ha demostrado muchas veces durante los últimos dos mil años, fortifica e incluso ennoblece al enemigo al que pretende atacar. Pero el fracaso de la fuerza física para suprimir el mal espiritual de la inmoralidad no indica en modo alguno que un fracaso semejante acompañaría a las tácticas más racionales de oponer una fuerza espiritual a otra fuerza espiritual. La virilidad de nuestra moral no se prueba mediante ningún intento débil de invocar la ayuda del brazo secular de la ley o del brazo eclesiástico de la teología. Si una moral no puede, por su propia virtud, mantener a raya a la inmoralidad que se le opone, entonces hay algo que falla en esa moral. Corre el riesgo de encontrarse con un movimiento moral nuevo y más vigoroso. Los hombres empiezan a pensar que, si no toda la verdad, hay al menos un verdadero elemento de verdad en la afirmación de Nietzsche: «Creemos que el rigor, la violencia, la esclavitud, el peligro en la calle y en el corazón, el secreto, el estoicismo, el arte del tentador y la diablura de toda clase, todo lo malvado, tiránico, rapaz y serpentino en el hombre, sirve tanto para la elevación de la especie humana como su opuesto». Ignorar por completo la afirmación de esa moral opuesta, tal vez, equivaldría a criar una raza de debiluchos, fatalmente condenados a sucumbir indefensos al primer soplo de la tentación.
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Inmorality and the Law
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