himself, writing some of his works in Latin and others in French, was yet all his life more or less occupied with the question of a universal language. Other men of the highest distinction—Pascal, Condillac, Voltaire, Diderot, Ampère, Jacob Grimm—have sought or desired a solution to this problem.1 None of these great men, however, succeeded even in beginning an attempt to solve the problem they were concerned with.
Hace unos cuarenta años, sin embargo, la dificultad comenzó a sentirse de nuevo, esta vez de forma mucho más aguda y generalizada que antes. La expansión del comercio, la facilidad de los viajes, las ramificaciones del servicio postal, el desarrollo de nuevas nacionalidades y nuevas literaturas han impuesto a los pueblos civilizados un sentimiento de carga y restricción que jamás podrían haber experimentado sus antepasados en el siglo anterior. A esto se sumaba el hecho de que un nuevo sentido de solidaridad había ido gestándose en el mundo: la solidaridad financiera y comercial, por la cual cualquier desastre o perturbación en un país provoca una ola de desastres o perturbaciones que se extiende por todo el globo civilizado, se veía complementada por un sentimiento de solidaridad espiritual. Los hombres empezaron a comprender que las tareas de la civilización no pueden llevarse a cabo sino mediante el entendimiento mutuo y la simpatía recíproca entre las naciones más civilizadas, que cada nación tiene algo que aprender de las demás y que los lazos del intercambio internacional deben, por tanto, estrecharse. Este sentimiento de la necesidad de un idioma internacional condujo en América a varios intentos serios de lograr un consenso de opinión entre los hombres de ciencia respecto a una lengua internacional. Así, en 1888, la Sociedad Filosófica de Filadelfia, la más antigua de las sociedades científicas estadounidenses, resolvió por unanimidad, a iniciativa de Brinton, dirigir una carta a las sociedades científicas de todo el mundo