mejoramiento racial, aliándose así con uno de los movimientos más esperanzadores de nuestros días. Ciertamente, puede haber cierta dosis de celo sin conocimiento en las actividades del Consejo Nacional de Moralidad Pública, pero también hay mucho de genuinamente ilustrado, y el hecho mismo de que el Consejo incluya representantes de tantos campos de acción y de tantas escuelas de pensamiento lo salva en gran medida de caer en excesos prácticos. Su influencia en conjunto es beneficiosa, porque, aunque quizás no sea del todo reacia a la legislación moral, reconoce que el policía es un guía muy débil en estas cuestiones y que la manera fundamental y esencial de mejorar la moralidad pública consiste en ilustrar la conciencia privada.
En los Estados Unidos las condiciones han sido muy favorables, como hemos visto, para el intento de lograr la reforma social mediante la legislación moral, y en ninguna otra parte del mundo se ha demostrado tan claramente que tales intentos no sólo no logran curar los males a los que se dirigen, sino que tienden a propiciar otros males aún peores que aquellos contra los que se orientaban. Un famoso ejemplo lo proporciona la llamada "Ley Raines" de Nueva York. Esta ley fue aprobada en 1896 y tenía como propósito regular la venta de bebidas alcohólicas en todas sus fases en todo el Estado. Los motivos esgrimidos para presentarla fueron que el número de tabernas era excesivo, que no existía una tarifa fija de licencias, que se concedía demasiada discrecionalidad al comisionado local; mientras que, por encima de todo, los legisladores de veleidades puritanas deseaban suprimir en la medida de lo posible el consumo de bebidas alcohólicas en domingo. Para alcanzar estos objetivos, la tarifa de licencias se elevó a cuatro veces su cantidad habitual previa a esta promulgación; se establecieron severas penalizaciones, incluida la pérdida de una fuerte fianza, y, para prevenir con mayor seguridad el consumo de alcohol en domingo, únicamente a