lamentarte?—¿Pero se interpone algún obstáculo insuperable?—No te aflijas entonces, pues la causa de que no se haga no depende de ti.—¿Pero no vale la pena vivir si esto no puede hacerse?—Parte entonces de la vida con contentamiento, exactamente igual que muere quien está en plena actividad, y además bien complacido con aquellas cosas que son obstáculos.
Recuerda que la facultad dirigente es invencible cuando, replegada sobre sí misma, se basta a sí misma, si no hace nada que no decida hacer, aun cuando se oponga por pura obstinación. ¿Qué será entonces cuando emita un juicio sobre cualquier cosa con la ayuda de la razón y de manera deliberada?
Por lo tanto, la mente libre de pasiones es una ciudadela, pues el hombre no tiene nada más seguro a lo que pueda huir en busca de refugio y resultar inexpugnable en el futuro. Quien no ha visto esto es un ignorante; pero quien lo ha visto y no huye a este refugio es un infeliz.
No te digas nada más a ti mismo que lo que informan las primeras apariencias.
Supón que se te ha informado que cierta persona habla mal de ti. Esto ha sido informado; pero que tú has sido injuriado, eso no ha sido informado.
Veo que mi hijo está enfermo. Lo veo, sí; pero que esté en peligro, no lo veo.
Así pues, quédate siempre con las primeras apariencias y no añadas nada tú mismo desde dentro, y entonces nada te sucederá. O más bien añade algo, como un hombre que conoce todo lo que sucede en el mundo.
Un pepino es amargo.—Tíralo.—Hay zarzas en el camino.—Apártate de ellas.—Esto basta. No añadas: ¿Y por qué existen tales cosas en el