ave o de un cerdo; y de nuevo, que este vino de Falerno no es más que un poco de zumo de uva, y esta túnica púrpura, algo de lana de oveja teñida con la sangre de un molusco: tales son estas impresiones, que llegan hasta las cosas mismas y las penetran, y así vemos qué clase de cosas son. Exactamente de la misma manera debemos actuar a lo largo de toda la vida, y cuando haya cosas que parezcan de la mayor dignidad para nuestra aprobación, debemos desnudarlas, observar su insignificancia y despojarlas de todas las palabras con las que se ensalzan. Pues la apariencia exterior es una maravillosa pervertidora de la razón, y cuando estás más seguro de que te ocupas de cosas que valen la pena, es entonces cuando más te engaña. Considera, pues, lo que dice Crates del propio Jenócrates.
La mayor parte de las cosas que admira la multitud están referidas a objetos del género más general, aquellos que se mantienen unidos por la cohesión o por la organización natural, como las piedras, la madera, las higueras, las vides, los olivos.
Pero aquellas que son admiradas por los hombres un poco más razonables están referidas a las cosas que se mantienen unidas por un principio vital, como los rebaños, las vacadas.
Aquellas que son admiradas por los hombres todavía más instruidos son las cosas que se mantienen unidas por un alma racional, aunque no un alma universal, sino racional en cuanto es un alma experta en algún arte, o diestra en algún otro sentido, o simplemente racional en cuanto posee un número de esclavos.
Pero quien valora el alma racional, un alma universal y apta para la vida política, no estima ninguna otra cosa sino esta; y por encima de todo mantiene su alma en una condición y en una actividad conformes a la razón y a la vida social, y coopera para este fin con aquellos que son de su misma especie.