—Que a menudo es casi tan ignorante como el forense mismo —dijo Lydgate—. Las cuestiones de medicina legal no deberían dejarse al azar de que un testigo médico posea unos conocimientos decentes, y el forense no debería ser un hombre dispuesto a creer que la estricnicina destruye las paredes del estómago si un profesional ignorante se lo afirma.
Lydgate había perdido de vista el hecho de que el señor Chichely era el forense de su Majestad, y terminó inocentemente con la pregunta: «¿No está de acuerdo conmigo, doctor Sprague?».
—Hasta cierto punto—en lo que se refiere a los distritos poblados y a la metrópoli—, dijo el Doctor. —Pero espero que pase mucho tiempo antes de que esta parte del país pierda los servicios de mi amigo Chichely, aun cuando viniera a sucederle el mejor hombre de nuestra profesión. Estoy seguro de que Vincy estará de acuerdo conmigo.
—Sí, sí, déjame a mí un juez de instrucción que sea un buen aficionado a la caza —dijo el señor Vincy con jovialidad—.
—Y, en mi opinión, lo más seguro es contar con un abogado. Nadie puede saberlo todo. La mayoría de las cosas son «visitas de Dios». Y en cuanto al envenenamiento, bueno, lo que uno necesita saber es la ley. Vamos, ¿nos reunimos con las señoras?
La opinión privada de Lydgate era que el señor Chichely podía ser el forense ideal e imparcial en lo que respecta a las membranas del estómago, pero no había querido ser personal. Esta era una dificultad de moverse en la buena sociedad de Middlemarch: resultaba peligroso insistir en el conocimiento como requisito para cualquier cargo remunerado. Fred Vincy había llamado pedante a Lydgate, y ahora el señor Chichely se inclinaba a tacharlo de impertinente; sobre todo cuando, en el salón, parecía estar resultándole sumamente agradable a Rosamond, a quien