Pero su resistencia se mezclaba con un descontento consigo mismo que, si sabemos ser sinceros, confesaremos que compone más de la mitad de nuestra amargura ante las ofensas, ya se trate de la esposa o del marido. Siempre sigue siendo verdad que, si hubiéramos sido más grandes, las circunstancias habrían sido menos fuertes contra nosotros. Lydgate era consciente de que sus concesiones a Rosamond eran a menudo poco más que el deslizamiento de una determinación que se afloja, la parálisis progresiva que tiende a apoderarse de un entusiasmo desajustado con una porción constante de nuestra vida. Y sobre el entusiasmo de Lydgate pesaba constantemente no un simple fardo de dolor, sino la presencia mordaz de una preocupación mezquina y denigrante, de esas que arrojan la plaga de la ironía sobre cualquier esfuerzo superior.
Este era el cuidado de que hasta entonces se había abstenido de hablarle a Rosamond; y creía, con cierta sorpresa, que jamás se le había pasado por la cabeza, aunque ciertamente ninguna dificultad era menos misteriosa. Era una deducción con un asa muy visible, y los observadores indiferentes la habían sacado fácilmente: Lydgate estaba endeudado; y no conseguía apartar de su mente por mucho tiempo el hecho de que cada día se metía más en ese cenagal, que tienta a los hombres con una cubierta tan bonita de flores y verdor. Es maravilloso lo pronto que uno llega allí hasta la barbilla, en una situación en la que, a pesar de sí mismo, se ve obligado a pensar principalmente en la liberación, aunque tuviera un esquema del universo en el alma.
Dieciocho meses antes, Lydgate era pobre, pero jamás había conocido la avidez acuciante de las pequeñas sumas, y sentía un desprecio casi ardiente por cualquiera que descendiera un peldaño con tal de conseguirlas. Ahora experimentaba algo peor que un simple déficit: se veía acosado por las vulgares y odiosas pruebas de un hombre que ha comprado y usado