a tiempo que no había tenido el trato personal del poeta augusto—: Iba a decir, el pobre Stoddart, ya sabéis. Eso era lo que él decía. Vosotras, las damas, siempre estáis en contra de una actitud independiente—de que a un hombre no le importe otra cosa que la verdad, y esa clase de cosas. Y no hay ninguna parte del condado donde la opinión sea más estrecha que aquí—no es mi intención tirar piedras, ya sabéis, pero se necesita a alguien que adopte la línea independiente; y si no la adopto yo, ¿quién lo hará?
—¿Quién? Pues cualquier advenedizo que no tiene ni alcurnia ni posición. La gente respetable debería consumirse sus necedades independientes en casa, no andar pregonándolas por ahí. ¡Y usted! Que va a casar a su sobrina, que es como su hija, con uno de los nuestros. A sir James le molestaría cruentamente: será demasiado duro para él si ahora se da la vuelta y se convierte en un cartel publicitario whig.
Mr. Brooke volvió a estremecerse por dentro, pues el compromiso de Dorothea apenas se había decidido, cuando ya había pensado en las futuras burlas de la señora Cadwallader. Para los observadores ignorantes habría sido fácil decir: «Peleaos con la señora Cadwallader»; pero ¿adónde va un caballero rural que se pelea con sus vecinos más antiguos? ¿Quién podría saborear el buen gusto del apellido Brooke si este se pronunciara con ligereza, como un vino sin etiqueta? Ciertamente, un hombre solo puede ser cosmopolita hasta cierto punto.
—Espero que Chettam y yo seamos siempre buenos amigos; pero siento decir que no hay ninguna perspectiva de que se case con mi sobrina —dijo el señor Brooke, muy aliviado al ver por la ventana que Celia iba entrando.
—¿Por qué no? —dijo la señora Cadwallader, con un tono agudo de sorpresa—. No hace ni quince días que usted y yo hablábamos de ello.