Al día siguiente, el señor Farebrother, al despedirse de Lydgate en la calle, supuso que se verían en casa de los Vincy por la noche. Lydgate respondió secamente que no, que tenía trabajo que hacer; tenía que dejar de salir por las noches.
—¡Cómo! ¿Vas a hacer que te aten al mástil, eh, y te estás tapando los oídos? —dijo el vicario—. Bueno, si no pretendes dejarte seducir por las sirenas, haces bien en tomar precauciones a tiempo.
Pocos días antes, Lydgate no habría prestado atención a estas palabras como algo más que la forma habitual del vicario de decir las cosas. Le parecieron ahora portadoras de una insinuación que confirmaba la impresión de que había estado haciendo el tonto y comportándose de modo que se le malinterpretara: no, según creía, por parte de la propia Rosamond; ella, estaba seguro, se tomaba todo con la misma ligereza con la que él lo pretendía. Poseía un tacto y una perspicacia exquisitos en relación con todos los detalles de los modales; pero la gente entre la que vivía era torpe y metomentodo. Sea como fuere, el malentendido no iría más lejos. Decidió —y mantuvo su decisión— no ir a casa del señor Vincy salvo por motivos de trabajo.
Rosamond se sentía muy infeliz. La inquietud suscitada primero por las preguntas de su tía creció y creció hasta que, al cabo de diez días sin ver a Lydgate, se convirtió en terror ante el vacío que posiblemente pudiera sobrevenir, en presentimiento de esa esponja lista y fatal que borra tan baratamente las esperanzas de los mortales. El mundo adquiriría para ella una nueva desolación, como un desierto que los sortilegios de un mago hubieran convertido por un corto tiempo en un jardín. Sentía que empezaba a conocer la punzada del amor contrariado, y que ningún otro hombre podría ser la ocasión de tan deliciosas construcciones en el aire como las que había estado disfrutando durante los últimos seis meses.