sala de estar y un dormitorio apenas más grande que esta mesa! ¡Y esos pobres Dagley, en su caserón medio derruido, donde viven en la cocina trasera y les dejan las demás habitaciones a las ratas! Esa es una razón por la que no me gustaban los cuadros de aquí, querido tío —sobre los cuales cree que soy una estúpida—. Solía venir del pueblo con toda esa suciedad y esa grosera fealdad como un dolor dentro de mí, y los cuadros almibarados del salón me parecían un intento perverso de hallar deleite en lo que es falso, mientras no nos importa cuán dura es la verdad para los vecinos que están fuera de nuestros muros. Pienso que no tenemos derecho a presentarnos y exigir cambios más amplios para bien, hasta que hayamos intentado enmendar los males que tenemos al alcance de las manos.
Dorothea había ido acumulando emoción a medida que avanzaba, y lo había olvidado todo excepto el desahogo de verter sus sentimientos sin freno: una experiencia que antaño le era habitual, pero casi nunca presente desde su matrimonio, el cual había sido una lucha perpetua de la energía contra el miedo.
Por el momento, la admiración de Will iba acompañada de una gélida sensación de distanciamiento. Un hombre rara vez se avergüenza de sentir que no puede amar tan bien a una mujer cuando ve en ella cierta grandeza: habiendo tenido la naturaleza la intención de destinar la grandeza a los hombres.
Pero la naturaleza a veces comete tristes descuidos al llevar a cabo su propósito; como en el caso del buen señor Brooke, cuya conciencia masculina se encontraba en este momento en un estado bastante titubeante ante la elocuencia de su sobrina. No pudo encontrar inmediatamente otro modo de expresarse que no fuera levantarse, ajustarse el monóculo y juguetear con los papeles que tenía delante.
Por fin dijo—