materialista: es una cómoda disposición que nos lleva a esperar que la sabiduría de la providencia o la necedad de nuestros amigos, los misterios de la suerte o el misterio aún mayor de nuestro elevado valor individual en el universo, propicien desenlaces agradables, acordes con nuestro buen gusto en el vestir y nuestra general preferencia por el mejor estilo de vida. Fred estaba convencido de que recibiría un regalo de su tío, de que tendría una buena racha, de que a base de «trueques» transformaría gradualmente un caballo de cuarenta libras en uno que sacaría cien en cualquier momento —siendo el «criterio» siempre equivalente a una suma indeterminada en efectivo y sonante—. Y en cualquier caso, aun suponiendo negaciones que solo una desconfianza enfermiza podría imaginar, Fred contaba siempre (por entonces) con el bolsillo de su padre como último recurso, de modo que sus activos de esperanza poseían una especie de suntuosa superabundancia.
De cuál pudiera ser la capacidad del bolsillo de su padre, Fred solo tenía una idea vaga: ¿no era el comercio elástico? ¿Y no se compensarían las deficiencias de un año con el superávit de otro? Los Vincy vivían de una manera desahogada y pródiga, no con una ostentación novedosa, sino de acuerdo con los hábitos y tradiciones de la familia, de modo que los hijos no tenían ningún criterio de economía, y los mayores conservaban cierta noción infantil de que su padre podía pagar cualquier cosa si quería. El propio señor Vincy tenía costosos hábitos de Middlemarch: gastaba dinero en la caza con galgos, en su bodega y en dar banquetes, mientras que mamá mantenía esas cuentas corrientes con los tenderos que dan la alegre sensación de conseguir todo lo que uno quiere sin ninguna cuestión de pago.
Pero era de la naturaleza de los padres, lo sabía Fred, tiranizar a uno con los gastos: siempre se armaba una pequeña tormenta a causa de su